30 enero, 2008

Frases de Publio


En mi entrada del miércoles 23 de enero aludí a “Las noches áticas” de Aulo Gelio y a los diferentes autores y libros que esta obra monumental salvó del olvido o de la indiferencia de generaciones posteriores.

En un pasaje de “Las noches…”, Gelius se ocupa de destacar las “mejores frases y reflexiones” de las comedias de Publius, poeta dramático nacido en Siria en el siglo I antes de Cristo y también conocido como Publio Siro o Pubilius Syrus. Muchas de estas frases deslumbran por su agudeza:

Malo es el plan que no se puede modificar.

Vale más un compañero de viaje que cuenta buenas historias que un buen coche.

Las lágrimas de un heredero son risas bajo una máscara.

No es justo acusar a Naptuno cuando se naufraga por segunda vez.

De tanto discutir por la verdad, ésta se pierde.


Además de las frases recopiladas por Gelio, también se le adjudican a Publio diversos dichos que han perdurado hasta volverse poco menos que refranes populares. Entre ellos: “Ningún hombre es feliz a menos que crea serlo” y “Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”.~

29 enero, 2008

El fin



Entre las propuestas de Ana María Shua en torno a la microficción (ver mi entrada de ayer) se destaca su invitación a trabajar con la propia materialidad del texto.


Me he quedado pensando en otros minicuentos que puedan ilustrar esta noción de “materialidad” y ninguno me pareció tan claro y tan ingenioso como “El fin”, de Fredric Brown: toda una demostración de que incluso a partir de una de las situaciones más tópicas de la ciencia ficción (la máquina del tiempo y los posibles accidentes que suscitaría su empleo) se puede escribir un cuento original. Para ello, claro está, hace falta una idea formal que sea novedosa:


El fin (Fredric Brown)

El profesor Jones trabajó en la teoría del tiempo, durante muchos años.

- Y he encontrado la ecuación clave -informó a su hija, un día-. El tiempo es un campo. Esta máquina que he diseñado puede manipular, e incluso invertir, ese campo.

Oprimiendo un botón al hablar, prosiguió:

- Esto debe hacer correr el tiempo hacia tiempo el correr hacer debe esto.

Prosiguió, hablar al botón un oprimiendo.

- Campo ese, invertir incluso e, manipular puede diseñado he que maquina esta. Campo un es tiempo el. -Dia un, hija su a informó- clave ecuación la encontrado he y.

Años muchos durante, tiempo del teoría la en trabajó Jones profesor el.

Fin el.


Otra traducción del mismo cuento:

El final (Fredric Brown)

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.

—Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija—. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.

Apretando un botón mientras hablaba, dijo:

—Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.

—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabrica–do he que máquina la. Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.

Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

Final el.~

28 enero, 2008

Shua y lo breve


Quisiera detenerme un poco más en Ana María Shua y, sobre todo, en su obra como autora de microrrelatos (“La sueñera”, “Casa de Geishas”, “Botánica del caos” y “Temporada de fantasmas”), género en el que se destaca como brillante exponente.

Personalmente, son muchos los minicuentos de Shua que me agradan. Entre ellos está, por citar apenas un ejemplo, "Malos consejos":

Por consejo del hechicero, talló una figura de madera con la forma exacta de su enemigo. La quemó en el campo, de noche, bajo la luna. Atraído por el resplandor de la hoguera, su enemigo lo descubrió y lo mató de un lanzazo.

En un reportaje concedido hace algún tiempo a la también escritora Angella Pradelli, Shua dijo: “La única limitación del microrrelato es que no permite el desarrollo de personajes. Por lo demás, un cosmos de quince líneas puede contenerlo todo. Eso sí, es preferible que los muebles sean pequeños. Por otra parte el cuento brevísimo exige una escritura impecable. En ese tamaño, la más mínima falla adopta proporciones gigantescas. Pero esa no es una limitación, sino una ventaja para el lector. Para el escritor se reserva un gran goce: la posibilidad de llegar desde el mineral en bruto hasta una talla perfecta de una sola vez.”

En otra oportunidad, plasmó un texto al que tituló “Diez consejos para escritores de Cuentos Brevísimos”. He aquí sus diez consejos:

1. Tomar una o varias porciones de caos (muy pequeñas) y transformarlas en un pequeño universo.

2. Trabajar con los conocimientos de lector, que sabe más de lo que cree.

3. Trabajar con la materialidad del texto. Por ejemplo, en este hiperbrevísimo "Huyamos, los cazadores de letras est-n aqu-"

4. Azotar las palabras hasta conseguir que se agrupen en un rebaño ordenado. Tener el corral preparado de antemano.

5. Tejer lo fantástico y lo cotidiano en una sola trama. O no. Cortar lo que sobra

6. Trabajar la primera versión como una piedra en bruto a la que hay que tallar hasta obtener un diamante facetado. Si no es posible librarse incluso de la más mínima imperfección, tirar la piedra a la basura, sin piedad.

7. Si conseguiste atraparlo, es que está mal. Un buen microrrelato resulta tan inasible y resbaladizo como cualquier pez o cualquier buen texto literario.

8. A veces no hace falta inventarlos, basta con descubrirlos, incrustados en otros textos, brillando.

9. Prueba de calidad: si es realmente bueno, muerde.

10. Ser breve. Y, preferiblemente, también genial.~

26 enero, 2008

Cinco libros: Ana María Shua


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Ana María Shua:

Es imposible pescar cinco libros en el océano de las letras sin red, es decir, sin inventarse límites. Mi red, entonces: cinco libros de escritores argentinos que leí ultimamente, que me gustaron mucho y que habrían merecido más atención.


La profesora de español, de Inés Fernández Moreno.

Una novela que explora en forma minuciosa y exquisita las penas del exilio, haciendo hincapié en el destierro de la lengua.




Amor propio, de Carlos Chernov.

Cuentos extraños, originales, poderosos, perfectos. Uno de los mejores libros de cuentos publicados en Argentina en los últimos años.




Formas transitorias, de Gabriel Bellomo.

Cuentos que nos introducen en un mundo hecho de climas, una literatura refinada y exquisita, sutileza pura y que sin embargo no excluye la anécdota.





El año del desierto, de Pedro Mairal.

Adoro las historias del fin del mundo y sus sobrevivientes. Este minucioso recuento de la destrucción nacional es de los mejores que he leído.






Posternak, de Liliana Aleman.

El relato seco, duro, de la relación de una hija con su padre. Un ahorro de adjetivos que produce la mejor prosa y prueba cómo extraer la esencia literaria de los hechos cotidianos.



Ana María Shua, escritora argentina, es autora de varias novelas: “Soy paciente”, “Los amores de Laurita”, “El libro de los recuerdos”, “La muerte como efecto secundario” y “El peso de la tentación”. Ha escrito también libros de cuentos (“Los días de pesca”, “Viajando se conoce gente” y “Como una buena madre”) y de microrrelatos: “La sueñera”, “Casa de Geishas”, “Botánica del caos” y “Temporada de fantasmas”.

Su sitio oficial:

www.anamariashua.com.ar

25 enero, 2008

El “spleen” según Leopardi


El desarrollo del sentimiento y de la melancolía se ha producido sobre todo como consecuencia del progreso de la filosofía, y del conocimiento del hombre, y del mundo, y de la vanidad de las cosas, y de la infelicidad humana, conocimiento que provoca precisamente esa infelicidad, que en la naturaleza misma nunca hubiésemos podido conocer.


El tedio es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. […] Me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana. Por eso el tedio es poco conocido por los hombres de escasa importancia y poquísimo o nada por los otros animales.~


Giacomo Leopardi, "Zibaldone de pensamientos".

24 enero, 2008

Los orígenes del "spleen"

Por Eduardo Berti




Cuando Charles Baudelaire empezó a escribir alrededor de 1857 Le Spleen de Paris, obra que acabaría instalando la poesía en prosa, la palabra spleen llevaba más de un siglo de uso corriente en Francia. El diccionario Le Robert, con su acostumbrado puntillismo, indica que el arribo del término, proveniente de Inglaterra, data de 1745 y que el adjetivo spleenétique o splénétique se propagó algo después, exactamente en 1776.

A pesar de su origen inglés, la palabra tiene raíces antiguas. Los griegos hablaban de splên para nombrar el bazo, de allí que spleen también designe en inglés a la víscera opuesta al hígado; en bajo latín se decía splen y spleneticus como sinónimo de rata y de hipocondría, y es que por aquellos tiempos se solía adjudicar a las ratas la causa de la melancolía o de la bilis negra.

Quienes fijan 1745 para indicar la llegada a Francia del término spleen señalan un texto del abad Jean-Bernard Leblanc, Lettres d'un François, en el que se halla la expresión "splene". La palabra vuelve a aparecer en 1748, pero en femenino, como "la spleen", en un documento escrito por la condesa de Denbigh. Dos años más tarde, Prévost es el primer lexicógrafo francés en citar la palabra en su Manuel Lexique (París, 1750). Pronto el término parece querer cambiar de ortografía: Voltaire habla de splin y Diderot de spline en una carta que, en octubre de 1760, dirige a Sophie Volland.

"¿Sabe usted lo que es el spline, lo que son los vapores ingleses? Yo tampoco", escribe Diderot. "Le pregunté a nuestro escocés (el padre Hoop) durante nuestro último paseo y he aquí lo que me respondió: 'Desde hace veinte años siento un malestar general, más o menos desagradable . Nunca tengo la cabeza libre. (...) Tengo ideas negras, siento tristeza y aburrimiento. Me encuentro mal; no deseo nada (...) La vida me desagrada' ".

El barón de Besenval

Si algo contribuyó a fijar la ortografía inglesa original fue una novela del barón Pierre Victor de Besenval (1721-1794), Le spleen, publicada en 1757. En la novela, un hombre que recorre los jardines de Les Tuileries tropieza con un desconocido que le cuenta su historia de marido engañado, de amante traicionado, de padre entregado a la justicia por su hijo y de militar mal recompensado por sus servicios. Se trata, según indica Pierre Testud en el prólogo a la última reedición del libro, de "una obra de total desencanto, no de desesperanza". Ahora bien, ¿la historia del desconocido se trata realmente de un caso de spleen semejante al que describe Diderot? A primera vista alguien podría decir que no, admite Testud, "porque el personaje de Besenval se siente desgraciado por motivos bien precisos", es decir que está lejos de ser víctima de un ataque de melancolía o de "enfermedad imaginaria" y siente más disgusto ante la vida social que ante la vida misma. Sin embargo, Testud cree que "su condición es muy próxima al estado esplenético" porque el desconocido siente, a un mismo tiempo, "el desagrado por el mundo y el horror de la soledad", porque --en suma-- podría describírselo aplicando las palabras de Voltaire al final de su Candide: presa de "las convulsiones de la inquietud o del letargo del tedio".

El tedio salvaje

Los diccionarios franceses no terminan de ponerse de acuerdo llegado el momento de definir qué es el spleen, pero así y todo consiguen ser convincentes. "Nombre inglés dado algunas veces a una forma de hipocondría consistente en un tedio sin causa, en un desinterés por la vida", dice el Littré. "Melancolía pasajera, sin causa aparente, caracterizada por un desinterés hacia todas las cosas", dice el Robert.

Si se comparan estas definiciones francesas con el flemático "malhumor" que propone el Oxford inglés se verá que el término llegó a cobrar en Francia un significado independiente del que se le daba en un principio en Gran Bretaña.

Por su parte, el diccionario español de María Moliner define esplín como el "estado de ánimo del que no tiene ilusiones, ni interés por la vida". La castellanización de spleen puede ser tildada de fea pero no de inexacta, ya que toma en cuenta la misma raíz "esplen-" (del griego splen y splenos) palpable en palabras técnicas como esplenitis: inflamación del bazo.

El problema se revela mayor a la hora de los sinónimos. Desde ennui o chagrin (tedio o pesar) hasta melancolía, neurastenia o nostalgia, todo parece bien orientado pero insuficiente. De todos ellos, el más próximo parece ser ennui, aun cuando algunos teóricos como Frantz Antoine Leconte (La Tradition de l'ennuui splénétique en France) prefieren distinguir entre el tedio salvaje y el tedio "más dulce o pasivo": el primero se asemejaría al spleen, a la inquietud o a la obsesión, mientras que el segundo equivaldría a la apatía, la ataraxia o la melancolía. El "ennui sauvage", que para Leconte es el tedio esplenético por excelencia, constituiría una sensación, una manifestación física tangible, mientras que el tedio pasivo es percibido como un sentimiento o como un fenómeno más cerebral.

Que el concepto de spleen haya suscitado a través de la historia un sinnúmero de nombres no hace sino corroborar lo arduo del caso. Los romanos hablaban de taedium vitae. Séneca hablaba de fastiduum, nausea, horror loci, supervacuum y delectatio morosa. Los místicos hablaban de tristitia. Los contemporáneos de Baudelaire hablaban de "mal du siécle". Rubén Darío habla de indeferentismo y de "anquilosis social" en su libro Los raros: "no se piensa con ardor en nada, no se aspira con alma y vida a ideal alguno". Y Vladimir Yankelevitch, en L'Aventure, l'ennui et le serieux, enumera una serie de epítetos como "enfermedad invisible", "herida ilusoria", "malestar de lujo" o "enfermedad impalpable".

No sólo es posible aburrirse por falta de problemas, por falta de aventuras o peligros, explica Yankelevitch. "Ocurre también que alguien llega a aburrirse por falta de angustias: un porvenir sin riesgos, una carrera en total reposo, una cotidianidad exenta de toda tensión son algunas de las causas más ordinarias del tedio (...), ese monstruo delicado que obsesiona a los pesimistas, a Leopardi, a Schopenhauer, a Baudelaire".~

22 enero, 2008

Calendario íntimo



Cada familia, cada individuo tiene su propia agenda religiosa donde figuran los días en los que se honra algo incomprensible e inalcanzable: los aniversarios de los familiares fallecidos, los días de ayuno voluntario, las fiestas íntimas.



Sandor Marai, “Divorcio en Buda” (traducción de Judit Xantus Szarvas)

21 enero, 2008

Frases para abanicos


Entre junio de 1926 y enero de 1927 el poeta francés Paul Claudel (1868-1955) escribió un curioso libro de haikus llamado “Cent phrases pour éventails” (“Cien frases para abanicos”).

El libro tiene su origen en obras similares en las que Claudel se propuso trabajar estrechamente con pintores del Japón. Con Tomita Keisen (1879-1936), por ejemplo, creó a mediados de los años veinte un poema llamado “La muralla interior de Tokio” y otro llamado “Souffle”.

“Cien frases para abanicos” (título en japonés: “Hyaku sen chô”) es una obra basada en el principio de la “emulación”, según ha escrito Philippe Postel, especialista en Claudel. “No se trata de fundir dos prácticas, pintura (japonesa) y poesía (francesa), sino de hacer lo mejor posible (en francés) lo que saben hacer los poetas-calígrafos japoneses o chinos”.

“Cien frases para abanicos” se compone, en rigor, no de 100 sino de 172 poemas. Para su gestación fueron fundamentales los años que Claudel pasó como embajador en Japón, desde fines de 1921 hasta inicios de 1927.


Phrases pour éventails
Frases para abanicos


Le
vieux
poète
sent

peu à peu
un vers
qui le gagne

comme
un éternuement


El
viejo
poeta
siente
poco a poco
un verso
que lo invade
como
un estornudo

Tu
m'appelles la Rose

dit la Rose
mais si tu savais

mon vrai nom
je m'effeuillerais

aussitôt


me llamas la Rosa
dice la Rosa
pero si supieras
mi verdadero nombre
yo me deshojaría
de inmediato


Je
suis
venu
du bout du monde
pour savoir ce qui s
ecache de rose au fond
des pivoines blanches
de Hasédéra

He
venido
aquí
del fin del mundo
para saber lo que s
eesconde de rosa en el fondo
de las peonias blancas
de Hacedera


Comment
vous
parler
de
l'
automne
quand j'ai encore

dans l'oreille cette

aigre flûte du printemps
qui me remplit la bouche

d'eau


Cómo
hablar
del
otoño
cuando aún tengo
en el oído esa
flauta agria de la primavera
que me llena la boca
de agua

(Traducción de Eduardo Berti)

20 enero, 2008

Abanicos caligrafiados



En 1942, la editorial francesa Gallimard lanzó una edición del libro de haikus "Cien frases para abanicos", de Paul Claudel, con caligrafías del pintor y escritor japonés Ikuma Arishima (有島生馬, 1882 - 1974).


Algunos ejemplos, con su respectiva traducción al castellano:



Sólo la rosa
es
tan frágil
que expresa
la eternidad



Un olor
que
para sentir
hace falta
cerrar
los ojo
s



N
osotros
cerramos los ojos
y la Rosa dice
soy
yo



Re
abrimos
los ojos
y la rosa ha de
saparecido ya
hemos respirado
todo


(Traducido del francés por Eduardo Berti)

19 enero, 2008

Cofre del tesoro

En la revista argentina « Noticias » aparece el siguiente comentario del escritor Elvio Gandolfo sobre los « Cuadernos norteamericanos » de Nathaniel Hawthorne (selección, traducción y prólogo de Eduardo Berti), publicados por editorial Norma.~



Cofre del tesoro
“Cuadernos norteamericanos”, de Nathaniel Hawthorne. Norma, 150 págs. (Puntuación : 5 estrellas sobre 5)


La complejidad laberíntica, la potencia expresiva y su lisa y llana originalidad hacen de este libro uno de los más sorprendentes de la literatura. Tal vez sólo haya otro que pueda ponerse a la misma altura: los “Aforismos”, de Georg Christophe Lichtenberg. El tono es lo que los diferencia: la capacidad de síntesis del alemán, fundador pionero del surrealismo, anticipador de la rareza lógica de Lewis Carroll, se acercaba a una mezcla de filósofo y científico. En cambio, el torturado Hawthorne prefiere la observación minuciosa de la rareza ética o monstruosa dentro de lo humano con mucho de moralista. Lo que deja atónito en estas páginas es su capacidad para pronosticar el tono de gran parte de la literatura “moderna” del siglo XX.

Estos cuentos breves o brevísimos, estas frases que desacomodan toda seguridad, ya eran atesorados por quienes habían leído selecciones mucho más breves. Ahora se ponen, al fin, al alcance en una condición ideal: bien traducidos y elegidos a partir de una suma de quinientas páginas de diarios por Eduardo Berti, que además los inicia con un prólogo extenso y ejemplar. Allí pone a Hawthorne en el contexto de la literatura de su época, entrega los datos biográficos esenciales del gran autor de “La letra escarlata”, y cita a influidos directos, o anotaciones semejantes de Albert Camus y Scott Fitzgerald.

Lo curioso es que muchos de estos textos se sostienen solos, sin necesidad de desarrollo. Un excelente “larguero”, como Stephen King (que rindió un gran homenaje a Hawthorne en su cuento “El hombre del traje negro”), es posible que arruinara, en caso de alargarlas, la sugestión potente de una microhistoria de terror como ésta:“La transformación de una alegre muchacha en anciana: los tristes hechos a su alrededor que, poco a poco, influyen en su carácter. Ella termina enamorada de los cuartos de enfermos; le gusta acoger últimos suspiros y amortajar a los muertos; su mente está repleta de recuerdos fúnebres y conoce a más personas bajo tierra que sobre ella”. Advertencia necesaria: no son los textos excepcionales, sino apenas algunos de los buenos en este delgado libro generador, inquietante, extraordinario. Su concentración y calidad invita a la lectura salteada en el tiempo. Su ritmo es el exacto opuesto de los grandes volúmenes de éxito.~

Elvio E. Gandolfo

18 enero, 2008

Cinco libros: Iván Thays


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Iván Thays:



Una lista de cinco libros que contiene igual número de mujeres literarias de las que me enamoré profundamente y sin esperanza, como debe ser.


“La verdadera vida de Sebastian Knight”, de Vladimir Nabokov.
Ahí está Claire, tan delicada, tan olvidadiza, tan frágil. ¿Cómo no amarla intensamente? ¿Cómo no desear recoger las cosas que ha olvidado y seguirla por las calles y los pasadizos para entregárselas? ¿Cómo evitar preguntarle si ya dejó de estar resfriada, si nos acompaña a beber algo en un café, si ya no de sufre por Sebastián? A Claire, además, le han dedicado –a través de una astucia literaria de Knight- la más hermosa y triste carta de final del amor. Pavese decía que cuando una mujer inteligente quiere arreglarte la vida lo consigue a veces; pero si quiere destruírtela lo consigue siempre. Claire era de las que te arreglaba la vida. Y estoy seguro de que ella lo conseguiría siempre.


“La segunda juventud”, de Luis Loayza.
Graciela es la protagonista de ese cuento final, mi favorito en la literatura peruana, del libro Otras tardes. Alguna vez Graciela correspondió con una pequeña pasión a aquel amor limeño, mortecino y desesperado como la garúa que antes le brindó el narrador. En el cuento ya no es una chica joven, aunque sigue siendo hermosa, y se acaba de separar de un marido que es un pelotudo que juega tenis y se blanquea los dientes. Graciela es una mujer crepuscular, apacible, lúcida, con un gran sentido del humor. Para ella no habrá una segunda juventud, felizmente. Ahora Graziela es más fuerte y más intensa, más sabia que antes. Aunque se ríe con dulzura y promete nuevos encuentros es obvio que está fuera del alcance del narrador. Y está fuera del alcance también, aunque nos duela aceptarlo, de sus lectores.


“El jardín de los Finzi-Contini”, de Giorgio Bassani.
Si se me concediese convertirme un personaje literario, al menos por unos instantes, me gustaría ser el chico que se levanta sobre la cerca en el jardín y descubre el rostro amadísimo de Micol Finzi Contini. Micol es la vecina perpetua, no por vecina menos imposible. Me gustaría jugar tenis con ella. Me gustaría ver de reojo sus piernas, acariciar de casualidad la voluminosa cascada de su cabello rubio, sorprenderme si la atrapo mirándome con curiosidad o afecto o gracia con aquellos ojos enormes. Me gustaría estar a su lado y descubrir esa soledad inmensa de ser Micol y durante ese lapso de gracia tentar la posibilidad, la minúscula posibilidad, de conseguir que una mujer como ella, en medio de aquel jardín familiar, se enamore de mí.


“Clea”, de Lawrence Durrell.
No la imagino bella. Es dulce, es generosa, quizá es seria. Pasamos demasiado tiempo enamorados de Justine, perdiéndonos en su exotismo, su sensualidad, el laberinto de sus pensamientos y justificaciones, como para comprender casi al final del último tomo de El cuarteto de Alejandría, durante un ridículo accidente en medio del mar que puede tener consecuencias fatales, que la mujer a quien jamás nos resignaríamos a perder es a Clea.


“Tokio blues”, de Haruki Murakami.
El mundo se divide en dos: los que se enamoran de Naoko y los que se enamoran de Midori. Y yo, a pesar de las apariencias y de esta misma lista, voy por Midori. El adolescente narrador de la novela no se da cuenta de eso, y aquello es su perdición. Por mirar cómo Naoko iba arrojando los lastres de su vida en aquel pozo espectral en mitad de un bosque, hasta terminar arrojándose a sí misma, se perdió el espectáculo luminoso de las piernas de Midori expuestas por una minifalda inolvidable; de la sonrisa de Midori en lo alto de una azotea; de las conversaciones pornográficas y los chistes tontos de Midori; de los ojos chispeantes de Midori que apenas ocultan sus lentes de sol; de la capacidad para superar el dolor, la pérdida y hasta la felicidad que tiene Midori; y sobre todo se perdió ese espléndido milagro de encontrar a una chica que es capaz de mirarte a los ojos y decirte, sin verdades veladas, escondrijos ni trucos: te amo. ~


Iván Thays, escritor peruano, es el autor de las novelas "El viaje interior" y "La disciplina de la vanidad". Dirige el programa literario de TV “Vano Oficio”. Su blog (Moleskine Literario) es uno de los más consultados.

Link a su blog:

www.notasmoleskine.blogspot.com

11 enero, 2008

Traducirse



Una parte de mí es todo el mundo
otra parte es nadie: fondo sin fondo.

Una parte de mí es multitud
otra parte extrañeza y soledad.

Una parte de mí pesa, pondera
otra parte delira.

Una parte de mí almuerza y cena
otra parte se espanta.

Una parte de mí es permanente
otra parte se sabe de repente.

Una parte de mí es sólo vértigo
otra parte, lenguaje.

Traducir una parte en la otra parte
- que es una cuestión de vida o muerte–,
¿será arte?

"Traducirse", de Ferreira Gullar, traducción de José Carlos de Nóbrega.

Ferreira Gullar es el seudónimo de José Ribamar Ferreira, nacido en 1930 y reputado como el poeta brasileño cotemporáneo más leído por sus compatriotas. El poema acá incluido fue brillantemente musicalizado por Raimundo Fagner hace unos 25 años en un disco llamado, precisamente, “Traducirse”.~

08 enero, 2008

Más viager


Por Eduardo Berti


Hace un par de días publiqué en este mismo blog una entrada acerca de la venta de propiedades inmobiliarias en Francia y, en especial, acerca de una modalidad llamada “viager”.

Un amigo me escribió para añadir algunos datos jugosos al respecto. Entre las cosas que me ha contado, la historia más interesante es sin dudas la de una cierta señora Calment.

Allá por 1965, un notario apellidado Raffray compró en “viager” el departamento de esta mujer, Jeanne Calment, que por entonces tenía 90 años de edad. El departamento quedaba en la ciudad de Arles. El notario calculó que la anciana viviría unos 10 años más y que, al cabo de su muerte, él sería dueño del lugar tras haber desembolsado apenas unos 45 mil euros. Pero el pobre comprador pagó y pagó durante años a cambio de nada, ya que Madame Calment murió en 1997 a los 122 años, 5 meses y 14 días, lo que significa el record mundial de longevidad humana probada mediante documentos fehacientes. El comprador murió dos años antes que Madame Calment, quien siguió entonces cobrando los pagos mensuales que se vio obligados a hacer la viuda del notario Raffray.

Más vieja que la Torre Eiffel, la señora Calment contaba que había bailado en su juventud con el famoso pintor Vicent Van Gogh. Muchos años después, a poco de cumplir 114 años, actuó en una película titulada “Vincent et moi”, lo que la convirtió en la actriz más vieja de la historia del cine. Siete años más tarde, a la edad de 121, Madame Calment grabó un disco llamado “Maîtresse du temps”: el dinero recaudado por la venta de los ejemplares permitió comprar un nuevo ómnibus para el hogar geriátrico donde vivía. Es que la señora Calment pasó sus últimos 20 años en un geriátrico, mientras que el departamento (por el que recibió, finalmente, unos 100 mil euros) estaba vacío.

Para escribir el guión de la película Duplex, dirigida por Danny de Vito y protagonizada por Ben Stiller y Drew Barrymore, el escritor Larry Doyle (autor y productor de The Simpsons) se inspiró en el caso Calment.

Cuenta la leyenda que un periodista le preguntó a Madame Calment, un año antes de que ella muriese, si tenía ganas de seguir viviendo. “Un poquito más, todavía”, respondió la muy longeva.~

07 enero, 2008

Un pionero de la fotografía pornográfica

La mujer y el potrillo habían posado sobre un fondo de cortinajes de terciopelo atestados de globos, y estaban flanqueados por sendas columnas dóricas, ante una de las cuales había una palmera en un tiesto. La foto de Weary era de las más antiguas en la historia de la fotografía pornográfica. La palabra fotografía fue utilizada por primera vez en 1839, año en que Louis J. M. Daguerre reveló a la Academia Francesa que una imagen fijada sobre una placa de metal cubierta con una fina película de yoduro de plata podía revelarse en presencia de vapor de mercurio.

En 1841, sólo dos años después de eso, un ayudante de Daguerre, André Le Fèvre, era arrestado en los Jardines de las Tullerías —en el mismo lugar, precisamente, donde Weary compró su foto— por intentar vender a un caballero la fotografía de la mujer y el potrillo. Le Fèvre se defendió diciendo que la fotografía era arte puro y que su intención era hacer revivir la mitología griega. Argumentó que la columna y la palmera lo demostraban, y cuando le preguntaron qué mito intentaba representar, Le Fèvre replicó que había miles de mitos como ése de la mujer-mortal y el potrillo-dios...

Le condenaron a seis meses de prisión. Y murió allí, de pulmonía. Así fue.




Fragmento de « Matadero cinco » (o « La cruzada de los niños », de Kurt Vonnegut (traducción de Margarita García de Miró, editorial Anagrama, Barcelona, 1987)

05 enero, 2008

Saer, entre dos aguas


En un libro de circulación algo restringida (« Les Bonheurs de Babel », Meet, 2004), Juan José Saer publicó un texto poco conocido: «Entre dos aguas». Algunos fragmentos:


Mi destino (pido disculpas por usar esta palabra), nada calculado por cierto, me condujo, al promediar mi vida, a vivir entre dos ciudades, dos países, dos continentes, dos idiomas, dos culturas. Aunque muchos pretenden, y tal vez sea parcialmente correcto, que la Argentina es el país más europeizado o europeizante de América Latina, resulta difícil imaginar el choque que representa para un hombre de treinta y un años, que nunca he dejado la pequeña ciudad de provincias donde vive desde su infancia, trasladarse de golpe a París, a Francia, a Europa, sumergirse en ese mundo desconocido como en un populoso, colorido, incomprensible y amenzador fondo marino del que, olvidando los datos sin valor práctico de la historia o de la literatura que ha recogido a través de múltiples y a veces engañosas lecturas, debe deducir sobre la marcha las leyes que rigen para el comportamiento o incluso la supervivencia.

(…)

En tanto que escritor, me vi personalmente confrontado a problemas específicos de mi trabajo. El primero, por supuesto, es el idioma. Inmerso en la lengua materna, el escritor no tendría, por así decirlo, más que inclinarse a recoger los frutos frescos del habla para vivificar su literatura. La lengua extranjera en cambio, que ejerce una presión constante para sustituir a la primera, sería como una fuerza invasora que interfiere en todo momento contra la voluntad del escritor. Pero esta versión es demasiado clara, demasiado simple. Cuando escribe en el ámbito de su lengua materna, el escritor, para respetar las cláusulas del contrato consigo mismo que nadie, aparte de sus convicciones sobre el estilo o la lengua literaria, lo obligó a firmar, no ignora el cuidado y la labor que exige la elección de cada palabra, en las antípodas del espontaneísmo o del naturalismo lingüístico. Y si es verdad que el nuevo entorno idiomático presiona constantemente y exige una constante vigilancia, esa disciplina el escritor ya está obligado a ejercerla cuando trabaja con su lengua materna. ~

04 enero, 2008

Las vigilias y los sueños de Hawthorne



La última edición del suplemento ADN Cultura del diario La Nación de Buenos Aires trae la siguiente reseña de mi edición y traducción de los “Cuadernos norteamericanos”, de Nathaniel Hawthorne, que ha publicado la editorial Norma en Argentina, Colombia y España.



Por Pablo Gianera


Pocas veces en la historia de la literatura pudo un escritor resolver con tanta serenidad las sordas tensiones vitales que lo dominaban. Nathaniel Hawthorne (Massachussets, 1804-New Hampshire, 1864) era un hombre que se debatía, como afirmó Henry James en su notable estudio sobre el autor, entre la timidez y el deseo -siempre defraudado- de conocer la vida, entre la inclinación evasiva y la ambición inquisidora.

Acaso más que en sus cuentos y novelas, las anotaciones de Cuadernos norteamericanos , inéditos en español y de los que se publica ahora una selección a cargo de Eduardo Berti (también responsable de la traducción), permiten seguir esa paradojal vacilación interior, a mitad de camino entre la espiritualidad religiosa y el desencanto, del autor de La letra escarlata . O, tal como se lee en sus propias palabras, en una entrada de 1837: "El diario íntimo de un corazón humano, describiendo una jornada de las más comunes. Las luces y sombras que lo atraviesan; sus hondas vicisitudes".

En su minucioso prólogo (en verdad, todo un estudio crítico y biográfico), Berti señala que el bien y el mal, la sombra del pecado y la preocupación ética son palpables en estos cuadernos. Realmente, no hay aquí embrión de relato -como ocurre asimismo con las historias recogidas en su volumen Cuentos contados dos veces - que no tienda a la alegoría o a la enseñanza moral. "Un hombre posee el objeto más perfecto que un mortal podría desear; al tratar de mejorarlo, lo estropea". En otros casos, se trata de observaciones impresionistas en las que Hawthorne se revela poseedor de una percepción cuya lucidez rondan lo intolerable: "Un claro indicio de muerte es cuando el enfermo pierde su propio aspecto para adquirir los rasgos de su familia, oculto tras su rostro en tiempos de salud", anota hacia 1840. Y también: "Los que usan una peluca u otra clase de postizo suponen que van a engañar así a la muerte, ya que esta no advertirá que les ha llegado la hora".

Pero la fascinación que deparan tanto los diarios íntimos como los cuadernos de apuntes implica también un modo distinto de entender la literatura, un giro en el que importan menos las historias que cuentan los escritores que los escritores que cuentan esas historias. Ese salto a la intimidad, a las figuraciones de la imagen del hombre que escribe, resulta aquí la más poderosa variedad de la imaginación. El final de estos cuadernos es más bien melancólico. Cuenta Hawthorne que decide quemar un centenar de cartas de Sophia, la mujer con quien estuvo casado toda su vida. Y agrega: "El fuego es el máximo guardián de nuestros secretos. ¿Qué haríamos sin el fuego y sin la muerte?". Así concluyen la entrada y el libro. Podría pensarse que buena parte de las tramas insinuadas en Cuadernos son una especie de cornucopia de relatos no escritos por Hawthorne, en completa disponibilidad para su despliegue. Sin embargo, cualquiera de los fragmentos, aun aquellos de entonación más eminentemente narrativa, están cerrados sobre sí mismos y contienen un enigma irreductible. Son los registros de un insomne que anota las intermitencias de las vigilias y los sueños.~

03 enero, 2008

Viager


Por Eduardo Berti


El problema de la vivienda es mundial, más en las grandes ciudades. Vivir en París significa (salvo para los millonarios) enfrentarse a un problema que miles ya enfrentaron antes: la demanda es por lo menos dos veces mayor que la oferta, los precios por lo tanto resultan inaccesibles. Alquilar un estudio de tan sólo nueve metros cuadrados (lo mínimo que exige la ley, no siempre cumplida a la letra) puede costar, según el barrio, cuatrocientos o quinientos euros mensuales, si no más. Y en los rincones más burgueses cada metros cuadrado en venta llega a cotizarse a diez mil euros o más.

A los adolescentes de hoy les cuesta repetir la historia de sus mayores que partían pronto del hogar paterno silbando quizá "She's Leaving Home". Una película algo reciente ("Tanguy") pinta la pesadilla de unos padres cuyo hijo grandulón se eterniza bajo su ala. El envejecimiento de la población (lejos del "baby-boom" de los años cincuenta) se debe, en parte, a que todo hijo obliga a una onerosa ampliación o, en muchos casos, a una mudanza del centro a la periferia.


Entre los posibles rebusques para afrontar este dilema del precio de las propiedades se destaca uno con elementos de juego de azar y, sin embargo, legal: la transacción "viager". Ni alquiler ni venta pura, un "viager" es una propiedad que una o varias personas de mucha edad ponen en venta por anticipado, antes de morir, a un precio inferior al normal. Mejor explicado: una mujer de, pongamos, setenta y nueve años ofrece un departamento de tres ambientes y a cambio pide en contado el pago de un tercio del valor real y, luego, el pago de una cuota mensual y vitalicia (viager) de equis cantidad de euros hasta el día de su muerte. El comprador sólo puede acceder a la vivienda cuando ha muerto el vendedor. Lo peor que le puede pasar al comprador es haber dado con un vendedor longevo.

Los avisos clasificados de "viager" son obras de arte de involuntario humor negro. Púdica e impersonalmente (dos rasgos muy parisinos, al fin y al cabo), una especie de metonomia lleva a escribir, como si se tratara de ganado: "Dos cabezas ("deux têtes") de 81 y 84 años ofrecen un departamento...". Los profesionales del viager (que los hay) toman en cuenta la edad del o de los vendedores a la hora de establecer proyecciones. Cualquier cálculo es, desde luego, arbitrario. A los imponderables del caso se suma que los compradores no tienen modo fehaciente de conocer el estado de salud del vendedor, dato más que fundamental.

Los años que pasé en París no conocí a nadie que suscribiera un "viager". Ni directa ni indirectamente. Ni comprador ni vendedor. Ante mis preguntas curiosas me contaron, eso sí, varias anécdotas que sospecho inventadas: desde el vendedor que logró falsear su edad y agregarse años para así subir el precio de su propiedad, hasta el previsible caso del comprador sospechado porque su "tête" falleció a escasos días de haberse firmado el contrato.

Siempre es osado aventurar lo que uno haría de ser otro. Algo me dice, sin embargo, que no me gustaría ser un vendedor "viager". Pese a las claras ventajas de recibir mes a mes un cheque abultado, dudo que se pueda vivir realmente en paz sabiendo que un desconocido, en algún lado, espera ansioso nuestra muerte.~


(Texto publicado originalmente en la revista "La Mano", Buenos Aires, 2005)

02 enero, 2008

La luciérnaga



Completamente silenciosa
Y brillante de deseo
La luciérnaga
Más digna de piedad
Que cualquier otro insecto


Matsudaira Sadanobu, poeta japonés (1759-1829) más conocido por su labor como político.

(Poema incluido en "Breve antología de la poesía japonesa", de Osvaldo Svanascini. Instituto argentino-japonés de cultura, Buenos Aires, 1983)

01 enero, 2008

Parte de su cuerpo


Le voy a contar una historia interesante... Una vez, cuando vivía en una pensión, llegué a criar a un perro callejero. Tenía un pelaje tupido que no se le caía ni en verano... Me daba lástima verlo tan sofocado y un día decidí cortarle el pelo. Pero cuando me disponía a tirar el pelaje, el perro, no sé qué habrá creído, rompió a ladrar en forma lastimera y, tomando un manojo de pelo con la boca, se refugió en su casucha... Posiblemente sintió que ese pelo era parte de su cuerpo y no quiso separarse de él.~


Kobo Abe, "La mujer de la arena" (Siruela, Barcelona, 1993)