31 marzo, 2008

Repetición

Una idea que se expone dos veces en una obra, sobre todo a poca distancia, decía M., me causa el mismo efecto que esa gente que, después de haberse despedido, regresa en busca de su espada o su sombrero.~


Nicolas de Chamfort (1741 - 1794): Maximes, caractères et anecdotes. (Traducción de Eduardo Berti)

30 marzo, 2008

Un sueño de Freud

La noche del veintidós de septiembre de 1939, el día antes de morir, el doctor Sigmund Freud, intérprete de los sueños ajenos, tuvo un sueño.

Soñó que se había convertido en Dora y que estaba cruzando una Viena bombardeada. (…) ¿Cómo es posible que esta ciudad haya sido destruida?, se preguntaba el doctor Freud, e intentaba sujetarse los senos, que eran postizos. Pero en aquel momento se cruzó, en la Rathausstrasse, con Frau Marta, que avanzaba con el Neue Frei Presse abierto ante sí.

Oh, querida Dora, dijo Frau Marta, acabo de leer precisamente ahora que el doctor Freud ha vuelto a Viena desde París y vive justo aquí, en el número siete de la Rathausstrasse, quizá le sentaría bien que lo visitara. Y mientras lo decía, apartó con el pie el cadáver de un soldado.

El doctor Freud sintió una gran vergüenza y se bajó el velo del sombrero. No sé por qué, dijo tímidamente.

Porque tiene usted muchos problemas, querida Dora, dijo Frau Marta, tiene usted muchos problemas, como todos nosotros, necesita confiarse a alguien, y, créame, nadie mejor que el doctor Freud para las confidencias, él lo comprende todo acerca de las mujeres, a veces parece incluso una mujer, de tanto como se ensimisma en su papel.

El doctor Freud se despidió con amabilidad pero con rapidez y retomó su camino. Un poco más adelante se cruzó con el mozo del carnicero, que la miró con insistencia y le soltó un piropo grosero.

El doctor Freud se detuvo, porque hubiera querido darle un puñetazo, pero el mozo del carnicero le miró las piernas y le dijo: Dora, a ti te hace falta un hombre de verdad, para que dejes de estar enamorada de tus fantasías.

El doctor Freud se detuvo irritado. Y tú ¿cómo lo sabes?, le preguntó.

Lo sabe toda Viena, dijo el mozo del carnicero, tú tienes demasiadas fantasías sexuales, lo ha descubierto el doctor Freud.~


Fragmento del “Sueño del doctor Sigmund Freud, intérprete de los sueños ajenos”, texto que integra el libro “Sueños de sueños” (Anagrama), donde Antonio Tabucchi imagina los sueños de diversos personajes célebres: Toulouse-Lautrec, Goya, Stevenson, Rimbaud, Ovidio, Rabelais y el infaltable Pessoa, entre otros.
(Traducción de Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira.)

28 marzo, 2008

Era una noche tormentosa...

Hablábamos ayer de grandes comienzos de obras literarias y de algunos ejemplos notables.

En contrapartida, el estereotipo de comienzo flojo, convencional o poco logrado de novela es la frase: “Era una noche oscura y tormentosa”.

La frase existe realmente ("It was a dark and stormy night…”) y fue escrita, en inglés, por el escritor victoriano Edward Bulwer-Lytton, en el inicio de su novela “Paul Clifford”, publicada alrededor de 1830.


En una de sus últimas novelas ("Let's All Kill Constance", 2003), Ray Bradbury se permite comenzar con esta misma frase, y la elección es un claro guiño irónico. El gesto se parece al de Claude Mauriac cuando bautizó “La marquesa salió a las cinco” a una novela suya publicada en los años sesenta, citando una frase que Paul Valéry acostumbraba dar como ejemplo de lo que no toleraba de las novelas realistas. También Cortazar parafraseó “la marquesa salió a las cinco” en el exacto inicio de su novela “Los premios”.~

27 marzo, 2008

Famosas primeras palabras


A propósito de Amos Oz y las primeras líneas de las obras literarias (ver mi entrada del lunes pasado), todos los escritores solemos tener nuestros inicios de novela (o de relato) favoritos.

Algunos de mis preferidos son: “¿Encontraría a La Maga?” ("Rayuela", Julio Cortázar); “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro” ("La invención de Morel", Adolfo Bioy Casares), además de otros tanto o más famosos como el de "El buen soldado" de Ford Madox Ford ("Esta es la historia más triste que jamás he leído") y el de "Anna Karenina" de Tolstoi ("Todas la familias felices se parecen"), u otros acaso menos conocidos, como el de " The Go-Between » de L. P. Hartley: « El pasado es un país extranjero donde las cosas se hacen de modo diferente ».

Los editores del "American Book Review", entre tanto, confeccionaron hace ya tiempo una especie de ranking con los 100 mejores inicios de novelas. Estos rankings suelen ser algo irritantes, por lo común, pero en este caso la iniciativa permite recordar algunas primeras frases realmente interesantes.

En primer lugar, los editores de la revista colocaron a “Pueden llamarme Ismael” o “Llámenme Ismael” o "Llamádme Ismael" (Herman Melville, “Moby Dick”) y en segundo lugar figura “"Es una verdad reconocida universalmente que un hombre soltero, en posesión de una buena fortuna, debe estar en busca de una esposa" (Jane Austen, “Orgullo y prejuicio”).

Tercer puesto: "Llega un grito a través del cielo" (Thomas Pynchon: "El arco iris de gravedad"). Cuarto: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo" (Gabriel García Márquez: “Cien años de soledad”). Quinto: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas” (Vladimir Nabokov: “Lolita”)

Otros comienzos famosos nutren la lista. Por ejemplo: “Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino: Si una noche de invierno un viajero” (obviamente “Si una noche de invierno un viajero”, de Italo Calvino) ocupa el puesto catorce (con todo lo arbitrario y absurdo de estos listados). Y “Hoy murió mamá” o en su defecto “Hoy ha muerto mamá” (Albert Camus, “El extranjero”) figura en el puesto vigésimo octavo.~

26 marzo, 2008

En compañía de Goyen


En su sección "Libros en agenda", que publica en el diario "La Nación" de Buenos Aires, Silvia Hopenhayn consagra el texto de hoy, 26 de marzo de 2008, a "La misma sangre y otros cuentos", del norteamericano William Goyen, libro traducido por Esther Cross y publicado por la editorial La Compañía.


Por Silvia Hopenhayn


En tiempos en que toda expresión parece haber agotado su originalidad, muchos artistas revuelven el baúl del ingenio para extraer alguna fórmula que incida en el consumo o afecte a la crítica. Pero ciertos escritores juegan con los estereotipos de la realidad o aplanan el lenguaje bajo el postulado de la transgresión, para aliviarse así de la exigencia.

No hace falta tener experiencias extravagantes para ponerse a escribir, ni tampoco subsumir la escritura a lo más chabacano de la existencia. Lo genuino se gesta sin intención. Una buena novela resuena por la proximidad que tienen las palabras con las cosas. De allí, la oportuna iniciativa del escritor Eduardo Berti de crear una cuidada editorial en busca de aquellos textos que vibran por su fuerza narrativa, para poner especial esmero en la traducción (no es fácil trasladar el secreto de una lengua a otra). La primera entrega de La Compañía (nombre de la editorial) renueva la lectura de Jane Austen con una breve novela epistolar, Lady Susan, en la que a través de cartas cada vez más incisivas aparecen los temas recurrentes de la escritora inglesa, como las inconveniencias de los matrimonios por conveniencia y el cotilleo de la burguesía. El otro título que da comienzo a esta iniciativa es "La misma sangre y otros cuentos", del oscuro y excepcional escritor texano William Goyen. Me detengo en este último. Su difusión es escasa y merece mayor atención. Sus cuentos generan un clima expectante, a través de personajes ásperos sureños. Es raro que sean felices, pero no son quejumbrosos: hay una suerte de orgullo en lo que callan, como si le rindieran culto al dolor de la pérdida. Según Esther Cross, autora del lúcido posfacio y de la impecable traducción, Goyen es “un profanador de historias silenciadas”. Los personajes –Arthur Bond–, el del gusano en un muslo, o los primos de “La misma sangre” o el increíble Leander de “Si tuviera cien bocas”, se muestran descarnados. Sus respiraciones parecen oírse como un rezo ajeno. De allí, quizás, el tono salmódico que se le atribuye a Goyen, cuando se intenta explicar el carácter hipnótico de su escritura. El decía que no había nada mejor que un elegante grito de desesperación, y es lo que irrumpe en sus relatos. Un grito tan agudo y sofocado como el de muchos personajes abismales de su compatriota Flannery O’Connor.

También el paisaje es una bolsa de sonidos. Cross señala que para Goyen el lugar de origen determina la vida de un escritor. Es lo que queda de lo vivido. Cuando en “Preciada puerta” se describen los árboles caídos, azotados por el tornado de Oklahoma de 1918, de esos restos surge el recuerdo “del amor que una persona puede tener por alguien a quien no conoció”, en el medio de una tragedia. Goyen rescata lo humano de las experiencias más tremendas. Su búsqueda parece agotar a sus propios personajes, a quienes les pregunta permanentemente hasta dónde pueden llegar. Cross escribe: “Goyen era un antropólogo forense, un escritor convencido de que lo que pervive a la muerte de una persona es su misterio, la pregunta que plantea”.

Y esto es precisamente lo que perdura de un texto. La pregunta al lector.~


www.editoriallacompania.com

25 marzo, 2008

Elmyr, maestro falsario


Por Eduardo Berti

Hace poco más de medio siglo, un pintor ignoto le mostró a una multimillonaria un dibujo hecho en minutos. La mujer creyó que era un Picasso y ofreció mucho dinero. El pintor, llamado Elmyr de Hory, no se esforzó en aclarar el equívoco. Embolsó el dinero y comprendió que acababa de encontrar una forma –para él sencilla– de ganarse de vida.

En los años siguientes, Elmyr se convirtió en el mayor falsificador de obras de arte del siglo XX o, por lo menos, en uno de los mayores al lado de Eric Hebborn, Hans van Meegeren y Alceo Dossena. Experto en imitar a Matisse, Modigliani o Picasso, llegó a pintar unos mil cuadros cuyo valor –antes de que se descubriese su falsedad– rondó los 100 millones de dólares.

Nacido en 1905 en una familia de aristócratas judíos, criado en Budapest y París, Elmyr fue capturado en los cuarenta por la Gestapo y llevado a Alemania. En un interrogatorio le fracturaron una pierna; lo internaron en un hospital de Berlín del que logró huir gracias a que olvidaron echar llave. Tras la guerra se radicó en los Estados Unidos. Los expertos tomaban sus cuadros por originales, hasta que un par fueron puestos en duda y, perseguido por el FBI, debió refugiarse en México y después en Ibiza. Puede no sorprender que un magnate del petróleo llegara a comprar como auténticos 45 cuadros de Elmyr, entre ellos quince Duffy y siete Modigliani; lo asombroso es que no sólo embaucaba a nuevos ricos, sino a importantes museos nacionales como el de Tokio.

Las vanguardias de este siglo nos enseñaron a desconfiar de las nociones de original y copia. Duchamp le puso el cascabel –o el bigote– a la Mona Lisa; Pierre Menard ni siquiera se molestó en añadir algún detalle cuando reescribió su Quijote. La intención de Elmyr era sin dudas más mercantil que artística, pero iluminó a otros maestros del fraude creativo como Orson Welles. Una de las mejores películas de Welles, el semidocumental “F for Fake” (“F de fraude”, 1974), tiene a Elmyr como personaje. “Si los abogados lo permitieran”, dice allí Welles, “podríamos dar el nombre de un respetadísimo museo con una vasta colección de obras impresionistas, todas ellas pintadas por De Hory”.

Welles se interesó en Elmyr tras leer la biografía “Fake”, escrita por Clifford Irving, y ya avanzaba en una primera versión de su película cuando ocurrió una ironía perfecta: el biógrafo del falsificador, Irving, dio a conocer otro libro –dedicado al magnate Howard Hughes– que resultó ser tan falso como un falso Modigliani de Elmyr. Entonces Welles, que en su juventud había sembrado el pánico con la transmisión radial de una falsa invasión extraterrestre, sintió la irresistible tentación de jugar a la verdad y la mentira.

En un documental más reciente, Knut Jorfald quiso reconstruir la “verdadera” vida de Elmyr entrevistando a conocidos como la actriz Ursula Andress o el contrabandista Anthony Hugo. La sensación es que Elmyr falsificó con igual habilidad su biografía. Se comenta que en el registro civil húngaro aparece como Dory. Se sabe que estuvo fugazmente preso en Ibiza, en 1968, por “carecer de medios demostrables de subsistencia”. Se afirma que era homosexual. Se sospecha que en su vejez perdió el don de la copia perfecta y se retiró de la falsificación. Se sabe que en diciembre de 1976, mientras la justicia francesa lo requería bajo graves cargos, fue hallado muerto en su casa de Ibiza; se habló entonces de suicidio, pero aún hoy se especula acerca de ello. ¿Y si Elmyr falsificó hasta su muerte, para burlar la inevitable condena?

Un año antes de esta muerte, se inauguró en Madrid una muestra de cuadros “al estilo de” aunque firmados, no sin orgullo, “Elmyr”. Hace poco, una galería suiza puso en venta falsificaciones de Elmyr a precios importantes: un espurio Chagall por 7 mil dólares, un Modigliani por 8 mil. Se cuenta que Picasso no firmaba cheques inferiores a cierto importe, porque su sola firma valía más que el cheque. A Elmyr le habría divertido saber que, en la actualidad, una copia suya de un pintor de poca monta valdría más que el cuadro original.~

Publicado hoy, martes 25 de marzo, en el diario Crítica de Buenos Aires:

www.criticadigital.com

24 marzo, 2008

La historia comienza


Por fin se traduce al castellano “La historia comienza” (Fondo de Cultura Económica/Siruela), libro en el que el escritor israelí Amos Oz analiza la importancia de las primeras líneas de toda obra literaria y afirman que en ellas se funda en pacto con el lector:


Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chejov en "La dama del perrito"? Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: "No muerde", y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chejov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega.

El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama.~


La versión completa del prólogo de Oz fue publicada el sábado pasado en ADN Cultura (La Nación, Argentina). Ver:

http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=996725

16 marzo, 2008

Seis palabras


Las revistas “Smith” y “Found” están organizando "The Six-Word Caption Contest",
un concurso de microtextos de seis palabras. En este caso, los textos tienen que escribirse a partir de una fotografía en particular que ellos exponen en sus sitios web.

Un ejemplo:

Dad died. Mom did it alone.
Papá murió. Mamá lo hizo sola.
(Anonimo)

Tweety, i bet you don't fly.
Tweety, te apuesto que no vuelas.
(Cristina)

Bored, as papa went to Iraq!
Aburrido, porque papá está en Irak.
(Nicolas)

Ya tengo la cara que merezco.
(Jorge Elías, originalmente en español)

Future Vice-President of America.
Futuro vice presidente de Estados Unidos.
(Shel Scjipper)

Say what again...I dare you.
Dilo una vez más… Te desafío.
(Kenny Clarke)

Chapman's bird kept whistling Beatles tunes.
El pájaro de Chaptman silbaba canciones de los Beatles
(Keith)

I said, play it again sam!
He dicho: ¡tócala de nuevo, Sam!
(Chearl DeMain)

Relax! It's only a water pistol.
Tranquilo, es una pistola de agua.
(Anónimo)


Más en:

http://www.smithmag.net/sixword-found/

http://www.foundmagazine.com/

15 marzo, 2008

Escritores contra escritores



En su libro "Escritores contra escritores", Albert Angelo se encarga de recopilar algunos improperios y ataques memorables.


“¿No te das cuenta, Dwight, de que no tienes nada que decir, sólo que añadir?” (Gore Vidal contra Dwight MacDonald).

“Tenía una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla” (T.S. Eliot contra Henry James).

“Goethe es el genio más grande que ha existido en un siglo, y el imbécil más grande que ha existido en tres” (Carlyle contra Goethe).

“Inaguantable” (Valle-Inclán contra Góngora).

“Aprecio mucho a Freud como autor cómico” (Nabokov contra Freud).

“Azorín escribe cobarde” (Francisco Umbral).

“Si me fuera de copas con Isabel Allende no cambiaría mi opinión sobre ella porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio” (Roberto Bolaño)

“Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no” (Sánchez Ferlosio contra Cela).

“Su conversación es demasiado anecdótica; se parece demasiado poco al pensamiento” (Borges contra Ernesto Sábato).

“Italia no tiene escritores sino escribanos, como el imbécil del tal Petigrelli, el tonto furibundo de Marinetti y el tonto estético de D’Annunzio, con su cortejo de frases con miriñaques y crinolinas” (Vicente Huidobro contra los escritores italianos).

“Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él” (Coleridge contra Gibbon).~


Extractos del libro de Albert Angelo: "Escritores contra escritores" (El Aleph, 2006)

14 marzo, 2008

Una mujer imperfecta


Bajo el título de "Una mujer imperfecta", el diario Perfil de Buenos Aires, Argentina, publicó el pasado domingo 9 de marzo la siguiente reseña de la novela "Lady Susan", de Jane Austen, editada por La Compañía con traducción y posfacio de Eduardo Berti.



Por Hernán Arias

“Lady Susan” es una novela epistolar escrita por Jane Austen en 1795, cuando tenía veinte años. No la publicó en vida, sino que se dio a conocer como apéndice en “Memoir of Jane Austen”, un libro escrito por un sobrino de la autora. Según Eduardo Berti, quien tradujo la obra y es autor del posfacio que acompaña esta edición, Austen tomó como modelos “Pamela o la virtud recompensada” de Samuel Richardson y “Las amistades peligrosas” de Pierre Choderlos de Laclos. Que tomara estos dos clásicos del género como modelo, la brevedad de “Lady Susan” y la corta edad de Austen al momento de escribirla hicieron que la crítica la ubicara entre sus obras de aprendizaje.

Susan es una viuda joven, inteligente y atractiva que despierta a la vez admiración y recelo entre quienes la rodean. Un viaje de Susan a la casa de su hermana desencadena un intercambio de cartas entre amigos y parientes, quienes sospechan de los motivos que la llevan a hacer ese viaje. En el tiempo que Susan pasa en esa casa mantiene una ambigua relación con un joven adinerado que también se encuentra de visita en el lugar, lo que es censurado por su hermana y otras personas, quienes, al mismo tiempo, no dejan de sucumbir ante lo encantos de esta mujer.

Con una admirable capacidad para trazar el perfil psicológico de los personajes –quienes en cada carta recrean, con sus diferentes enfoques y observaciones, el ámbito doméstico de una familia rural de medianos recursos- y un sorprendente manejo del género epistolar, “Lady Susan” muestra de qué manera la sociedad se resiente cuando se cuestionan ciertas convenciones y el modo en el que se sancionan esos comportamientos. Como escriba la propia protagonista: “No tienen perdón estas mujeres que olvidan qué se espera de ellas y no toman en cuenta la opinion del resto de la gente”.~

11 marzo, 2008

Más Montaigne


Otros pasajes de los “Ensayos” de Montaigne:

Todos somos más ricos de lo que pensamos, pero se nos educa en el préstamo y la búsqueda: se nos acostumbra a servirnos más de lo ajeno que de lo propio.


Hoy hay más trabajo en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos más que entreglosarnos.~

10 marzo, 2008

Montaigne

Algunas muestras de la admirable vigencia del pensamiento de Montaigne (1533-1592): extractos de sus “Ensayos”, publicados por Tusquets con prólogo de André Gide.

El emborronamiento de hojas parece ser algún síntoma de un siglo desbordado: ¿cuándo escribimos tanto, sino desde qu estamos en disturbios?. ¿cuándo los romanos tanto, sino cuando su ruina?


No veo otros matrimonios que fallen y se perturben más rápido que los basados en la belleza y los deseos amorosos. Hacen falta fundamentos más sólidos y más constantes, es necesario proceder con precaución; esa burbujeante alegría no sirve de nada.


Me avergonzaría y odiaría que la miseria y el infortunio de la vejez se prefiriera a mis buenos años sanos, despiertos, vigorosos; y que se me tuviera que estimar no por aquello que fui, sino por aquello que dejé de ser.~

09 marzo, 2008

Hotel dulce hotel


Por Eduardo Berti

Así como para tejer hace falta que se crucen dos agujas, a las tramas literarias les son poco menos que indispensables los encuentros y, por ende, los territorios favorables a toda suerte de cruces. La novela rusa, en su edad de oro, supo servirse de los vagones de tren a fin de poner en marcha no pocas historias, desde "El idiota: (Fiodor Dostoievski) hasta la "Sonata Kreutzer" (Leon Tolstoi). Lo mismo ocurre con otros medios de transporte que pueden habitarse por un instante prolongado: los buques trasatlánticos, por ejemplo, tanto en "El jugador de ajedrez" (Stefan Zweig) como en "Novecento" (Alessandro Baricco).

Los hoteles y sus múltiples variantes (pensiones, albergues, hostales, inquilinatos) han sabido cumplir un papel similar. Los encuentros más "sorprendentes y deliciosos", afirma Guy de Maupassant al inicio de su cuento "La desconocida", suelen producirse "en un tren, en un hotel o en un lugar de vacaciones"; es decir, de viaje o fuera de lo cotidiano.

Dejando a un lado los encuentros que propician, los hoteles metaforizan asimismo un sinnúmero de cosas: desde cierto extrañamiento, que es también el del viajero, hasta nuestro efímero paso por el mundo.

No es exagerado pensar que cada escritor hace de su hotel un emblema personal. Recién llegado a Nueva York, Raymond Roussel siente placer con la idea de tomar un baño, pero descubre "que hay tres mil cuartos de baño en el hotel y que tres mil viajeros pueden bañarse al mismo tiempo", y en el acto todo placer "se derrumba". Solo en un hotel de Tokio, Richard Brautigan apunta ideas para matar el tedio:

Pienso seriamente en usar el teléfono interno para llamar a mi habitación 3003 y dejarlo sonar mucho tiempo. [ ] ¿Debería dejar un mensaje en recepción pidiendo que me avisen en cuanto esté de vuelta?

No hay dos visiones iguales de lo que encarna un hotel porque no hay dos formas iguales de viajar.


* * *

Un viejo chiste cuenta que un periodista llama a un hotel de lo más distinguido, digamos el Ritz de Nueva York, y pide hablar con el rey. "¿Con cuál de todos ellos?", replica el telefonista.

Solamente en sitios excepcionales puede existir más de un rey sin que esto desate una tormenta política. Y la literatura, se sabe, no se da el lujo de dilapidar tales oportunidades.

Desde "Hotel Savoy" de Joseph Roth hasta "Hotel du Lac" de Anita Brookner, desde "El hotel azul" de Stephen Crane hasta "Un día perfecto para el pez banana" de J. D. Salinger, muchísimos cuentos y novelas transcurren en hoteles, ya sean reales como el Pera Palas de Estambul, construido especialmente para los pasajeros del Orient Express y al que Marcel Proust se refiere en su "En busca del tiempo perdido" , o como el Hotel Hummums de Covent Garden donde Dickens conduce a Pip en "Grandes ilusiones" ; ya sean imaginarios pero no menos famosos como, entre otros, el "Grand Babylon Hotel" de Arnold Bennett.



Como escenario, los hoteles tientan no solo a los narradores. "El malentendido" (Albert Camus) o "En un bar de un hotel de Tokio" (Tennessee Williams) son apenas dos ejemplos teatrales, así como ocurrió en el cine con "Hôtel du Nord", de Marcel Carné, y "Room Service (El hotel de los líos)" de los Hermanos Marx, o con las más recientes "Cuatro habitaciones" , de Quentin Tarantino y otros, o "Perdidos en Tokio" de Sofia Coppola. Las posibilidades son vastísimas: la habitación de hotel como símbolo de refugio o de encierro, como lugar secreto para lo prohibido, como morada para lo excéntrico o para lo siniestro, como hogar fuera del hogar, como escenario para crímenes o infidelidades, como escondite para un prófugo, como marca o indicio social, etcétera.

En novelas como "Veinticuatro horas en la vida de una mujer" (Zweig), el hotel desde el que se narra la historia central es un lugar que hace posible la coexistencia de personajes de variadas nacionalidades; una suerte de atmósfera internacional que también plantean Henry James en "Daisy Miller" o E. M. Forster en "Una habitación con vistas", con su pensión Bertolini.

En "El Gran Hotel", novela de Ramón Gómez de la Serna que presenta a un abogado dedicado a vivir amores frívolos, saborear comidas exquisitas y cruzar personajes insólitos, el hotel de Ginebra funciona como metáfora de una aventura, de un momento excepcional en la vida de un individuo.

En "Mashenka", primera novela de Vladimir Nabokov, la pensión de Berlín es el marco realista que justifica cierto azar del que depende la trama: la muchacha que ama uno de los huéspedes (y cuyo inminente arribo atraviesa todo el libro, lleno de imágenes que remedan la figura de un tren) podría ser la misma muchacha que antaño amó su vecino de cuarto.

En la novela "Hotel Honolulu" de Paul Theroux, un escritor que sufre un bloqueo creativo emprende una nueva vida en Hawái al frente de un hotel. La situación podría hacer pensar en Nathaniel West, gerente del Sutton Hotel de Nueva York. En este caso, no obstante, se trata de un sórdido establecimiento devorado por las ratas, por cuyas habitaciones desfilan estrellas de cine, periodistas, pintores, suicidas, adúlteros, divorciados, recién casados, prostitutas... El hotel es epicentro y unidad de lugar para un auténtico mosaico narrativo.

En el cuento "La habitación diecinueve", de Doris Lessing, el hotel es como un oasis: una frustrada ama de casa necesita tomar distancia de la vida familiar y escapa repetidamente a un sombrío hotel en el suburbio de Londres, en el que acostumbra pasar un par de horas solitarias sin hacer absolutamente nada.

Algo no tan distinto a esto último solía hacer Proust toda vez que iba al Ritz de París para alejarse del bullicio, a veces para escribir pero, ante todo, porque "me dejan en paz y me siento como en casa". Lejos está su caso de ser singular: T. E. Lawrence borroneó parte de "Los siete pilares de la sabiduría" en el Mena House, de Guiza; Dostoievski terminó la ya aludida "El idiota" en una habitación del Hotel de Couronne, de Ginebra; James Joyce aprovechó cierta estadía en el Hotel Lutetia de París para avanzar con su "Finnegan s Wake"; Joseph Conrad escribió parte de "Tifón" en el Raffles Hotel de Singapur; Thomas Wolfe escribió casi toda su obra en el Chelsea Hotel de Nueva York, y la enumeración podría extenderse por decenas de páginas.

* * *

Estar levemente corrido del flujo de la vida común, fuera pero dentro, en una suerte de ascetismo contemplativo, es una postura habitual entre los escritores. El laboratorio literario suele situarse en una "habitación". El espacio de escritura surge como "ventana abierta": el "cuarto propio" de Virginia Woolf ("Una mujer, si quiere escribir ficción, debe tener dinero y una habitación para ella sola"), pero también la "habitación con vistas" de E. M. Forster.

El caso del escritor egipcio Albert Cossery, alojado desde 1945 y por más de sesenta años en el Hotel Louisiane de París (siempre en la misma habitación), resulta tan fascinante como insólito. "No poseo nada, soy totalmente libre", ha afirmado Cossery. Vivir en un hotel es, a su juicio, lo que lo mantuvo longevo y le ha permitido sobrepasar los noventa años. A tal punto que podría muy bien ser suya la frase de Léon-Paul Fargue en "Le piéton de Paris" (1939): "La vida de hotel es la única que se presta de verdad a las fantasías del hombre".~

(Fragmentos de la larga nota aparecida ayer, sábado 8 de marzo, en ADN Cultura, Diario la Nación, Buenos Aires, Argentina)

Versión completa en:

http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=992744

07 marzo, 2008

Lady Susan



Lo que sigue es una versión resumida del posfacio que escribí para la flamante edición de la novela “Lady Susan”, de Jane Austen, publicada por la editorial La Compañía.


Por Eduardo Berti

Se cree que Jane Austen escribió Lady Susan en algún período entre 1794 y 1805, año de la muerte de su padre. En cualquier caso, la breve novela no fue publicada en vida y recién se divulgó en 1870.

No es la única «obra de aprendizaje» de Austen que sobrevivió, pero sí la más interesante y madura.

En ella, Austen emplea el formato epistolar. Esto se debe, sin duda, a la influencia de Pamela o la virtud recompensada (1740), de Samuel Richardson, o incluso de Las amistades peligrosas (1782), de Pierre Choderlos de Laclos, dos clásicos del género.

Antes de Lady Susan, Austen ya había intentado escribir ficción usando una secuencia de cartas. El precedente más notable es un breve cuento titulado «Amelia Webster», que se limita a narrar el arreglo de tres bodas a partir de siete cartas muy escuetas. Hay quienes afirman, inclusive, que el primer manuscrito de Pride and Prejudice (cuyo título original era First Impressions) también fue plasmado en formato epistolar.


En las novelas de Austen (y Lady Susan no escapa a estas características), los conflictos suelen darse dentro de una familia o, por lo menos, dentro de un círculo cerrado, lejos de la escena pública. Las tramas suelen estructurarse en torno al matrimonio de la protagonista principal o en torno a la necesidad de celebrar una boda por conveniencia.

Paradójicamente, Jane y su hermana Cassandra nunca contrajeron matrimonio. En 1795, con veinte años de edad, Jane conoció a un tal Tom Lefroy y ésa es la única pasión amorosa que consignan sus biógrafos. Según parece, la tía de Tom se encargó de impedir que su sobrino se casara con una joven proveniente de una familia modesta. En otras palabras, Jane no era un «buen partido» y el joven Lefroy fue enviado de regreso a Dublin.

Escritores más o menos recientes, desde David Lodge hasta Somerset Maugham, desde Anthony Burgess hasta E.M. Forster, han reconocido los valores de los textos de Austen. De todos ellos, Maugham, supo dar una de las definiciones más gráficas: «En sus libros no pasa gran cosa y, sin embargo, cuando uno llega al final de la página, quiere seguir leyendo con avidez para saber qué va a ocurrir. Otra vez, no pasa casi nada, pero uno sigue leyendo con curiosidad. El novelista que logra esto posee el don más preciado de cuantos se pueden poseer».~

06 marzo, 2008

El paciente triste


Erase una vez un hombre triste que fue a ver al medico para que le curase su melancolía. El medico lo revisó a fondo y le dijo:

-No he podido encontrarle nada mal, pero voy a darle un consejo. Hay un circo en la ciudad: vaya esta misma noche. Verá un payaso tan divertido, que no podrá parar de reírse en una semana.

-Doctor –dijo el paciente triste-, ese payaso soy yo.~


Emery Kelen: “Mr. Nonsense. A Life of Edward Lear” (London, 1974).

(Citado por Antonio Fernández Ferrer en su antología “La mano de la hormiga”, Madrid, 1990)

04 marzo, 2008

William Goyen



El siguiente es un fragmento del texto que Esther Cross escribiera en Radar (Página 12, Buenos Aires) acerca de William Goyen y del libro "La misma sangre y otros cuentos", recientemente publicado por la editorial La Compañía.





Por Esther Cross


En Estados Unidos, en Texas, en una casa del pueblo de Trinity, un chico ensaya música en un teclado de cartón, bajo una frazada hecha de retazos tejidos por las mujeres “hipersexuadas” de la familia. Para su padre, un vendedor de leña, tocar el piano no es cosa de hombres. Su madre le compró, a escondidas, un curso de música por correo, para que ensaye en secreto. Mientras toca, el chico oye lo que hablan en la sala: una mujer vio un fantasma en la zapatería y dicen que el aserradero va a convertirse en una fábrica. Son los años ’20. El chico se llama William Goyen. En poco tiempo va a convertirse en escritor.

Las “artes calladas” son lo suyo y por eso empieza a escribir. “Nadie podía oír o saber lo que hacía al escribir, igual que con mi piano de cartón.” Tanta represión resultará, al desatarse, en un estallido. El escritor oculto se revela. Será un escritor incómodo para sus contemporáneos, otro norteamericano fuera de lugar en su país. Lo que le pasa de chico en el pueblo le pasará más tarde entre los suyos y a gran escala.

“¿Por qué estoy aquí, solo, en este cuarto, exiliado, aislado de ellos, que están ahí nomás, del otro lado de la puerta?”

Goyen se hacía preguntas todo el tiempo, aun en medio de una entrevista; él era así.

“Mi infancia transcurrió en ese mundo medieval de terror. Había un hombre que predicaba la salvación de mi alma en el camino, frente a casa. Pero en lo alto de la colina los chicos del Ku Klux encendían sus cruces. Los vi perseguir por la calle a unos negros que corrían mientras se quemaban vivos, untados de brea, con plumas pegadas al cuerpo. Los veíamos pasar. Nadie decía nada. Era como ser judío y que ellos fueran los nazis. Era el horror. Todo eso está relacionado con la brutalidad con que comencé a escribir, y con la salvación. Ese horror no es algo del pasado. Es algo que sigue. Los campos de concentración en Beirut, por ejemplo. Sin ir más lejos, Hollywood es un lugar totalmente violento.”

El chico mira, hipnotizado, esa violencia. Sólo podrá redimirla e interrogarla al escribirla. “No me interesan las infidelidades de las amas de casa de los suburbios de Nueva York. Sus vidas, sus encuentros sexuales y sus divorcios me parecen triviales.”

El se dedica a otros temas. Escribe sobre fantasmas, encapuchados, incesto, violaciones, historias secretas del pueblo y el aserradero. Escribe sobre hermafroditas, sobre una hermana negra y otra blanca, sobre mujeres barbudas (¡que están felices con su barba!) y otros portentos “que cobran valor y se vuelven preciados en las ciudades mientras que en el campo son simples cuestiones de hecho”. Para hacerlo, no va a cantar bajito y suave. Todo lo contrario.

Va a contar esas historias al compás de la música que tocaba en la cama, con la fuerza de la postergación, con la cadencia de la voz de su madre. “Su tonada se convirtió en mi voz al escribir.” De grande, la llamará seguido por teléfono para tomar nota de sus dichos y afinar esa voz con la suya por escrito.

Los Goyen se mudan de Trinity a Houston cuando el chico tiene ocho años. Es, como en sus cuentos, la época del gran cambio en Texas. Familias enteras migran del campo a las ciudades, que generan sus metástasis de suburbios y pueblos movedizos. Las autopistas van a borrar lugares cargados de leyenda. Están los que se adaptan y los que se resisten. Goyen no está en ninguno de esos bandos. Goyen no tendrá opción. Su suerte ya está echada. No podrá huir de ese lugar encantado, maldito. Durante toda la vida, la memoria de ese lugar va a seguirlo a todos lados. Escribirá historias que pasan en el campo e historias que pasan en las ciudades pero las historias de las ciudades tienen personajes de su mundo especial –una princesa texana que vive en Venecia, por ejemplo–. Todos los caminos lo conducirán a Texas.~

02 marzo, 2008

Nace "La Compañía"

Mañana, lunes 3 de marzo de 2008, nace oficialmente la editorial independiente argentina “La Compañía” con la publicación de sus dos primeros títulos: “Lady Susan” (novela), de Jane Austen (con traducción y posfacio de Eduardo Berti) y “La misma sangre y otros cuentos”, de William Goyen (con traducción y posfacio de Esther Cross)

Fundada en Buenos Aires por Eduardo Berti (escritor), Eduardo Milewicz (director de cine) y David Fajn (psicoanalista), “La Compañía” va a consagrarse ante todo, en una primera fase, al rescate de libros y autores inmerecidamente olvidados, fuera de circulación o inéditos en castellano.



“Lady Susan” es una novela epistolar de la escritora inglesa Jane Austen (1775-1817), más breve y menos conocida que sus obras clásicas (“Mansfield Park”, “Emma”, “Orgullo y prejuicio”, etc), y que pone como nunca en escena dos temas recurrentes en la obra de Austen: el matrimonio por conveniencia y los vínculos de una familia de la burguesía rural.

En cuanto a “La misma sangre y otros cuentos”, se trata de una recopilación de algunos de los más destacados relatos del norteamericano William Goyen (1915-1983), oriundo de Texas y exponente del denominado “gótico sureño”, al igual que Carson Mc Cullers, Flannery O’Connor o William Faulkner. Autor de varios libros (por ejemplo, la novela “La casa de aliento”), Goyen llegó a ser considerado por “The New York Times” como “uno de los mejores cuentistas norteamericanos de todos los tiempos”. Su obra, sin embargo, es casi desconocida para los lectores de lengua española.

“La Compañía” desea recuperar el espíritu de excelencia de la traducción literaria realizada en Argentina. Para ello ha convocado a talentosos escritores y traductores como Leopoldo Brizuela, Edgardo Cozarinsky, Pedro B. Rey, Pablo de Santis, Guillermo Piro, Vlady Kociancich, Marcos Mayer y Luisa Borovsky, entre otros.

Algunos próximos títulos en 2008 y 2009: “Catálogo de juguetes”, de Sandra Petrignani; “Nabokov y su Lolita”, de Nina Berberova, y un segundo volumen de relatos de William Goyen.

Más información: www.editoriallacompania.com

01 marzo, 2008

El sol

Cuando yo era un niño de diez años, me dieron ganas de encerrar el sol en un vaso. Tomé el vaso, me acerqué furtivamente a la pared y, ¡zas!, lo estampé contra ella. Me corté la mano y me abofetearon. Después de que me castigaran, salí al patio y vi que el sol se reflejaba en un charco, de modo que empecé a chapotear en él con los pies. Me salpiqué todo de barro y me volvieron a pegar… ¿Qué hacer? Empecé a gritarle al sol: “No me duele, no me duele”, mientras le sacaba la lengua. Hacer eso me consoló.~

Máximo Gorki, “La madre”