28 abril, 2008

Hermeto y Borges


-Recuerdo siempre algo que dice Hermeto Pascoal, que músico no es sólo el que puede tocar un instrumento, sino la persona que sabe oír...

-Y yo recuerdo una frase de Borges: "Muchas personas se enorgullecen de aquello que han escrito, yo me enorgullezco de aquello que he leído". Es muy parecido.


(De una entrevista a Arnaldo Antunes)

25 abril, 2008

Los celos


"El hombre es celoso si ama; la mujer también, aunque no ame."
(Emmanuel Kant)

FRANCOIS DE LA ROCHEFOUCAULD


"En los celos hay más amor propio que amor. "
(La Rochefoucauld)

22 abril, 2008

Lazos de familia

Comentario de mi última novela, "La sombra del púgil" (Norma/La otra orilla), publicado el domingo pasado en el suplemento "Radar Libros" (Buenos Aires, Argentina)

Lazos de familia

Tías, relojes y boxeadores se entrecruzan en una novela llena de misterios. Eduardo Berti contó la historia de una familia que de tan particular, se vuelve universal.

Por Juan Pablo Bertazza

Henry James consideraba a "Lo que Maisie sabía" como “otro caso de crecimiento del gran roble a partir de una pequeña nuez”. Algo similar podría salir a decir Eduardo Berti sobre esta prolija enredadera narrativa que es su última novela, "La sombra del púgil". Tan así es que hasta podría afirmarse que el título sólo viene a hacer referencia a una de las ramas narrativas del libro en detrimento de las demás.

Durante las cenas de una familia tipo, se despliegan una serie de historias y anécdotas que tienen al padre como gran narrador y al resto de la familia como activo público. Si al principio son de índole fantástica, al estilo de los cuentos infantiles de los hermanos Grimm, la historia que cautiva definitivamente al auditorio es la de la endogámica y asfixiante familia de la esposa del narrador y madre de la familia, en un período que va desde la última dictadura militar hasta la crisis del 2001, aunque toda referencia política, como los mundiales, no son aquí sino meros mojones: dos tías más oscuras que Patty y Selma, un reloj imponente que dejó de funcionar y, entre muchos otros avatares, la historia de Justino, un boxeador con un único logro de carácter retroactivo, ya que su única victoria la obtuvo durante una dudosa pelea contra un púgil debutante que, con los años se convertiría en campeón nacional casi invicto.

Herencias, símbolos, simetrías, muñecas, obsesiones, mentiras piadosas y de las otras, regalos de boda, peleas y rencores se van entretejiendo con un sospechoso enduido, fruto de numerosas omisiones, blancos, comparaciones forzosas y vaguedades temporales que, lejos de obstaculizar el relato, van dibujando en el tapiz una sugestiva figura. A partir de lo que los franceses llaman mîse en abîme, "La sombra del púgil" hace engranar una interminable serie de cajitas chinas narrativas que levanta la cabeza de la ficción y se proyecta hacia otras posibilidades, con la propia dedicatoria de Berti (“A la memoria de mis tías: Nelly y Sara”).

El padre de la familia va recolectando la preciosa y escueta información de los personajes secundarios, todo lo cual es contado a su vez por un extrañísimo narrador conformado por los tres hijos de la familia nuclear, que es los tres hermanos al mismo tiempo, en un homenaje al número por excelencia de los cuentos infantiles –Los tres chanchitos, sin ir más lejos–.

Con una inteligencia emocional exenta de golpes bajos, "La sombra del púgil" trae entre colores sepias y postales de tiempos más felices, tanto las obsesiones más miserables como el irreemplazable amor de la familia. Pero además, ubicado entre "El gran pez" de Tim Burton y "Los adioses" de Onetti, este libro muestra una fascinación pragmática por lo más atávico de la literatura: el tramposo y mágico arte de narrar. Y así como dicen que un solo libro bien leído puede llevar –intertextualidad mediante– a toda una biblioteca, Berti lleva a la práctica la idea de que los acontecimientos de una sola familia bien contados pueden rozar todas las anécdotas que caben en el mundo.~

20 abril, 2008

Recuerdos en blanco y negro

En el diario Página/12 de ayer, sábado 19 de abril, se publica un largo reportaje titulado "Recuerdos en blanco y negro", dedicado sobre todo a mi última novela: "La sombra del púgil", recién editada por Norma/La otra orilla. Algunos fragmentos de la entrevista.
Por Silvina Friera

Cuando las ideas golpean las puertas, el escritor las deja entrar, aunque lo sorprendan y lo descoloquen un poco. Todo empezó con el esbozo de un relato sobre la última pelea de un boxeador, en la época en que Eduardo Berti estaba escribiendo los cuentos de “La vida imposible”. Pronto se dio cuenta de que esa punta que asomaba se entretejía con otras historias que estaba maquinando y como “daba para más”, guardó la idea, dejó reposar esa pieza que después formaría un tríptico con dos tías solteronas inolvidables, Berta y Aurelia, enfrentadas por el amor de un boxeador retirado, que atesoran un fabuloso reloj catedral, y un padre que todas las noches, después de la cena, cautiva a sus hijos contando historias inventadas o reales para preservar a su familia de “los horrores de afuera”. A la dictadura no se la nombra, pero los personajes la sienten y la viven con un temor solapado –“mejor no saber ni repetir”–, replegados en sus casas.

Adictiva de principio a fin, “La sombra del púgil” (Norma) propone un giro geográfico y de estrategia narrativa en la obra de Berti. Es la primera novela que transcurre en Argentina, en una Buenos Aires apenas insinuada y descripta. Además, es la primera vez que el escritor apela a una voz narradora en primera persona del plural, especie de “monstruo de tres cabezas”, que circula entre los tres hermanos (el mayor, historiador; el del medio, biólogo, y el tercero, periodista), cuando en sus anteriores novelas, la perspectiva adoptada era la mirada en tercera persona.

Esta voz colectiva, lejos de manejarse con certezas, se modula a partir de las indagaciones, revisiones y reconstrucciones de los episodios narrados por el padre –archivista y bibliotecario de la Biblioteca del Congreso, un hombre que tuvo la fantasía de ser escritor– con los aportes de una madre que oficia de traductora entre sus hermanas, pero también entre el padre y los hijos. La historia de Justino comienza con la última pelea. Aunque lo justo hubiera sido un empate, el jurado decidió que el ganador fuera el veterano, en detrimento del otro boxeador, que sería el futuro campeón. “El mundo del boxeo vuelve mucho más explícito el tema de las limitaciones físicas concretas llegado el momento del retiro”, dice Berti en la entrevista con Página/12. “El boxeo es un deporte que ha marcado una época y que hoy está en retroceso en el gusto masivo; no digo que ya no guste, pero el boxeo en algún momento ocupó un lugar destacado en la trilogía fútbol -boxeo- automovilismo. El momento de oro del boxeo pasó, aunque siga habiendo figuras carismáticas como La Hiena Barrios o Locomotora Castro.”

–¿De dónde le viene su pasión por el boxeo? ¿Se la trasmitió su padre, como ocurre en la novela?

–No, para nada, a mi viejo no le gustaba mucho el deporte. Encima a mi viejo le molestaba tremendamente la cosa nacionalista que había detrás de Monzón, la selección nacional y la Copa Davis. En cambio, a mí siempre me interesó el deporte, pero más las historias o la mística que el resultado en sí. Me acuerdo de algunos resultados porque fueron determinantes, pero en otros casos sólo recuerdo las historias alrededor de los deportistas, sobre todo las historias de retiro, que siempre me impactaron.

–¿Qué le interesa de esas historias de retiro?

–Hay deportistas que se retiran muy temprano, a los treinta y pico, y aunque tienen su pasión puesta en una actividad, van a vivir más tiempo como ex de algo que fue central en sus vidas. Yo amo escribir, y si me dicen que desde los 35 hasta los 80 tengo que ser un ex escritor, me muero de angustia con la idea (se ríe). Bueno, Rulfo lo hizo, pero son muy pocos. El deporte es tremendo y debe ser muy duro el retiro, y más en el boxeo, donde es otro el que dice: “Basta, te van a matar”. En un deporte individual todo se vuelve mucho más claro; en el fútbol siempre hay uno en la cancha que toma aire mientras los otros corren. El boxeo y el tenis son como los unipersonales para los actores: no te podés apoyar en nadie, no hay tregua, no hay mucho disimulo.


–Ese boxeador retirado de la novela es funcional al telón de fondo de la trama: durante la dictadura el espacio público está cancelado, replegado, todo transcurre en las casas, del padre o de las tías, o en el café del club.

–Sí, es cierto y suena lógico. La verdad es que no lo pensé de este modo, no pensé que un boxeador retirado metaforiza a una sociedad replegada. Pero el deporte plantea una cuestión interesante en la época de la dictadura, porque quebró la prohibición de reunirse. La célebre pelea de Galíndez con Kates aparece mencionada en la novela como una historia contenida dentro de las historias más grandes. Después de esa pelea, que Galíndez gana por guapeza y casi de milagro, la gente lo acompaña por Buenos Aires, y dicen los historiadores que fue el primer acto masivo durante la dictadura. Esto plantea un problema: por un lado, a los milicos les venía muy bien el deporte como válvula de escape, pero también los primeros silbidos a Viola fueron en una cancha de fútbol. El deporte se les volvía un arma de doble filo. Pero es verdad que todo en la novela está en retirada y que esas historias que se cuentan en la mesa de la familia son un modo de tapar, de disimular o de sublimar. Yo tengo recuerdos en blanco y negro de la época de los milicos.

–Sin embargo, a pesar de ese contraste, ¿por qué optó por mostrar lo gris como posición ideológica, pero también como color de un período?

–Hay un juego bastante adrede y consciente en la novela con la televisión en blanco y negro, con un mundo en blanco y negro, pero que incluye toda la gama de grises. Primo Levi decía que no se puede entender lo que ocurrió en momentos tan intensos como el nazismo si no se trabaja los matices de lo gris. Yo era menor de edad, tenía doce años, pero veía cómo mis padres hacían un enorme esfuerzo para que nosotros no supiéramos ciertas cosas, por el riesgo que significaba a esa edad hablar en el colegio. Saber y callar, callar sabiendo por qué estás callando, todo eso está jugado en una historia inventada, en la figura de ese padre que condensa también la impotencia de saber que tampoco se podía ayudar mucho. La actitud del padre en Brasil, ante el encuentro casual con una pareja de exiliados que busca averiguar el paradero de tres personas desaparecidas, está lejos de ser la que uno esperaría, pero por otra parte tampoco sé cuánto hubiera podido hacer... tal vez podría haber averiguado un poquito. Esto no quiere decir que los hijos acusen al padre de ser culpable, pero en esa zona de los grises, la actitud del padre no fue la ideal, y por eso uno de los hijos reescribe esa anécdota en Brasil. A su vez, el padre también cambia muchas historias. Las verdades que se cuentan en la novela son parciales; hay vueltas de tuerca, reescrituras que tienen que ver con deseos, con miedos, con malentendidos, con rumores familiares. Es interesante que las cosas se muevan en una novela, que el mundo de las primeras páginas se haya desplazado o se haya movido un poco la mirada. Si no, no sé si vale la pena tantas páginas leídas para que todo siga igual.~

19 abril, 2008

El agua según Isidoro

En mi entrada de ayer hablaba de las “Etimologías (Origen de algunas cosas)” del escritor, teólogo e historiador Isidoro de Sevilla (560-636), y de una selección de esta obra publicada recientemente por la editorial Cencerro. Quisiera citar otro pasaje, esta vez cuando Isidoro explica la etimología de la palabra “agua”:


“El agua se llama así porque su superficie es igual, ‘aequalis’. De ahí que se le diga ‘aequor’, porque es su superficie toda igual y plana. Dos son los elementos indispensables para la vida humana, el fuego y el agua, por lo que se le hace un grave daño a quien se le niegan. El agua impera entre todos los elementos. Las agues suavizan el cielo, fecundan la tierra, se incorporan al aire con sus evaporaciones, suben a lo más alto y se apoderan del cielo”.~

18 abril, 2008

Isidoro de Sevilla



Una pequeña editorial independiente de Argentina (editorial Cencerro) publicó hace pocos meses una verdadera perla: una selección de pasajes de las “Etimologías (Origen de algunas cosas)” del escritor, teólogo e historiador Isidoro de Sevilla (560-636), con un magnífico prólogo a cargo de Silvia Magnavacca, en el que puede leerse, por ejemplo, que el autor se propuso con esta obra “sintetizar, muchas veces añadiendo elaboraciones propias, los hitos fundamentales de la erudición alcanzada en su tiempo, comienzos del siglo VI, en la España visigoda”.

En la selección que José Fraguas hizo para Cencerro, Isidoro de Sevilla se ocupa ante todo de la música, de la poesía, de las piedras preciosas y del origen de algunos nombres.

Citando a Tranquillus, Isidoro narra los orígenes de la poesía: “Cuando los hombres, perdida ya la fiereza, comenzaron a ordenar su vida y a conocerse unos a otros y a sus dioses, pensaron que era necesario un culto especial y un lenguaje conveniente a la magnificencia y religión de sus dioses. Y así como edificaron para ellos unos templos más bellos que sus propios hogares e hicieron estatuas de mayor tamaño que ellos, así también juzgaron que debían de honrarlos con un hablar más augusto y emplear en sus alabanzas palabras más brillantes. Esta manera de expresarse, porque se hace con cierta forma que en griego se dice “poiotes”, recibió el nombre de poema”. ~


Más información sobre editorial Cencerro:

www.editorialcencerro.com.ar

17 abril, 2008

Las piedras de la novela

Le preguntaron al novelista Karel Capek por qué no escribía poesía. Su respuesta: “Porque detesto hablar de mí mismo”. Hermann Broch refiriéndose a sí mismo, a Musil, a Kafka: “Ninguno de nosotros tres tiene una verdadera biografía”. Esto no quiere decir que su vida fuera pobre en acontecimientos, sino que no estaba destinada a ser distinguida, a ser pública, a convertirse en auténtica biografía. (…) Y Faulkner deseaba “ser anulado en tanto que hombre, suprimido de la Historia, no dejar huella alguna, nada más que libros impresos”. (…) Una metáfora archiconocida: el novelista derriba la casa de su vida para, con las piedras, construir la casa de su novela. Los biógrafos de un novelista deshacen, por tanto, lo que hizo el novelista, rehacen lo que él ha deshecho.

Milan Kundera, “El arte de la novela

15 abril, 2008

Memoria y deslumbramiento

Una vez, sentada casualmente junto a Bergson en una cena, le confié mi apuro y me perplejidad ante los peculiares fallos de mi memoria. ¿Por qué sería, le pregunté, que recordaba yo –con exasperante precisión, incluso- las cosas más inútiles e insignificantes, como las señas de todas las personas que conocía o el autor del libreto de todas las operas que había presenciado, mientras que cuando se trataba de poesía, mi principal pasión y mi mayor tesoro, la memoria verbal me fallaba por completo y oía la cadencia interna pero apenas podía recordar las palabras exactas?

Tuve la impresión, antes de terminar, que mi problema no le interesaba demasiado a mi eminente vecino de mesa; y su réplica me pareció frustrante: “Mais c’est précisement parce que vous êtes éblouie” (“Es precisamente porque está usted deslumbrada”), me respondió con calma, observando la bandeja que le presentaban y sin hacer el menor esfuerzo por ahondar en el asunto. Sólo después comprendí que había dicho cuanto había para decir: que el don de la precisión en estado de éxtasis (la mejor definición que se me ocurre para la suprema poesía) es probablemente tan raro en quien aprecia como en quien crea, y que mis años de soledad intelectual me habían hecho tan hipersensible al placer del discurso de auténtica altura que me era imposible registrarlo con precisión en mi memoria.~

Edith Wharton, “Una mirada atrás” (memorias)

14 abril, 2008

Escribir según Karl Kraus

Hay dos clases de escritores: los que lo son y los que no lo son. En el caso de los primeros, el fondo y la forma van de la mano como el cuerpo y el alma; en el caso de los segundos, el fondo y la forma van de la mano como el cuerpo y un traje.


Imposible imitar o plagiar a un escritor cuyo arte reside en las palabras. Habría que tomarse el trabajo de copiar su obra entera.


Hay que leer dos veces a todos los escritores, a los buenos y a los malos. A unos se los reconoce de este modo; a los otros se los desenmascara.


La suma de las ideas de un texto literario debe ser el fruto de una multiplicación, no de una adición.


Un signo de falta de talento literario es decir todas las cosas con la misma entonación y la misma distancia.


Entre los que ya no se entienden y los que se entienden demasiado por ser obvios, raros son los viejos libros que conservan un contenido vital.


Habría que escribir siempre como si fuese la primera y la última vez. Decir tanto como si uno se estuviera despidiendo, pero decirlo tan bien como si uno estuviera dando sus primeros pasos.

Extractos de los Aforismos de Karl Kraus (1874-1936).

13 abril, 2008

Una catástrofe


Hubo una época en que en la calle Florida estaba el McDonald’s más grande del mundo. No sé si esa época ya fue superada. Pero sé, en cambio, que un McDonald’s de Pekín ha superado con olímpica amplitud las dimensiones de esta sucursal argentina. Así como fueron batidas la avenida más ancha y la calle más larga del mundo, también hemos perdido la grandeza de nuestro McDonald’s. Sobrevive, el local, no exento del management universal que se les aplica a todos los miembros de la cadena, pero ya no impresiona casi nada entrar allí. Es cuestión, además, de ser justos. Resulta fácil decir, y creer, que un McDonald’s chino es más grande que el de la calle Florida en Buenos Aires (…). Nada impedirá que nuestros récords sigan derrumbándose y el día menos pensado asistiremos a la caída del Río de la Plata, que dejará de ser, de la noche a la mañana, el más ancho del mundo. Los recursos infinitos que la tecnología está poniendo en manos de países como Corea o Taiwan harán que un amanecer cualquiera un río de morondanga, el Bajo Tanshui, por ejemplo, se haya ensanchado hasta batir el récord argentino y pasar así a las páginas de oro del libro de los Guinness: una catástrofe.~

Juan Martini, “El autor intelectual”

11 abril, 2008

La emoción


Un hombre verdaderamente emocionado dice, sin darse cuenta, cosas encantadoras, habla un idioma que no sabe.~


Stendhal, “Del amor”

10 abril, 2008

Puro cuento


Tanto nos quejamos de la indiferencia y de cierto menosprecio que sufre el cuento, que es hora de festejar toda vez que ocurre lo contrario, máxime cuando se combina con una buena idea: en Madrid se inaugura hoy, 10 de abril de 2008, una librería consagrada exclusivamente al cuento y al relato. Estarán en la inaguración, entre otros, José María Merino (uno de los mejores cuentistas españoles de los últimos tiempos) y la argentina Clara Obligado, quien tuvo la gentileza de enviarme la noticia.

La librería se llama "Tres rosas amarillas" y queda en San Vicente Ferrer 34, Madrid.

¡Salud y suerte, Tres rosas amarillas!

09 abril, 2008

Pechersky


En una vieja entrada de este blog (lunes 17 de diciembre de 2007 ) hablé ya del motín y la fuga del campo de exterminio nazi de Sobibor, pero apenas me ocupé del verdadero instigador y líder de ese episodio: Alexander “Sasha” Pechersky. Mi contratapa de anteayer en el diario Crítica de Buenos Aires narra más a fondo la historia de Pechersky:



Por Eduardo Berti

En octubre de 1941 un joven oficial del ejército rojo, Alexander Aronowicz Pechersky, fue apresado por los nazis y conducido al ghetto de Minsk apenas se descubrió que era judío. De allí pasó, en septiembre del ‘43, al campo de Sobibor. Llegado a su nuevo destino --esta vez, un campo de exterminio-- lo intrigó una densa humareda más allá de un alambrado. Otro prisionero le dijo, mirándolo fijamente: “La gente que llega aquí, se va hecha humo”. Los días siguientes, Pechersky organizó y lideró la mayor revuelta en la historia de los campos nazis: en ella, una veintena de prisioneros judíos mataron a hachazos a 16 oficiales alemanes, cortaron la electricidad y permitieron la escapatoria de unos 300 hombres.

Nacido en 1909, antiguo estudiante de música y literatura, “Sasha” Pechersky --o Peczerski en los papeles polacos—sabía que dos motines ya habían fracasado en Sobibor, donde hoy se estima que fueron aniquiladas 250 mil personas. Su plan fue diferente: persuadir a los alemanes de que debía edificarse una nueva barraca para los carpinteros; de este modo, habría más hachas disponibles. Los alemanes aceptaron y el operativo se puso en marcha. Pechersky y compañía escogieron el 14 de octubre porque en esa fecha muchos oficiales estarían ausentes y sólo habría dieciséis guardias.

El episodio de la fuga se hizo masivamente conocido cuando Thomas 'Toivi' Blatt –sobreviviente del campo-- escribió el libro "From the Ashes of Sobibor", llevado a cine por Jack Gold en 1987. Más tarde, en 2001, el director francés Claude Lanzmann, célebre por “Shoah”, estrenó un documental basado en un extenso reportaje a uno de los principales secuaces de Pechersky: Yehuda Lerner.

Tras la fuga, en 1945, otro de los cabecillas, Leon Feldhandler, fue asesinado en Polonia, en la puerta de su domicilio, por una banda antisemita. En cuanto a Pechersky, se reincorporó al ejército rojo, sufrió una herida grave en una pierna, recibió una medalla por su valor y volvió a la vida civil. Bajo el régimen de Stalin, no obstante, fue acusado de colaborar con los nazis y hasta pasó un tiempo en un gulag soviético. Quienes lo condenaron se negaban a creer su versión de los hechos, y es coherente: los cobardes desconfían de los actos de valentía.

«Nunca supe por qué mis compañeros de Sobibor me aceptaron como líder. Tal vez porque seguía usando mi gorra de oficial », le dijo a «Toivi» Blatt la única vez que se volvieron a ver, allá por 1980 en la entonces declinante URSS. En esa entrevista «Toivi» le prometió a «Sasha» que le conseguiría una visa para los Estados Unidos, pero el primer pedido fue denegado. En 1987, fecha del estreno de la película de Jack Gold, las autoridades soviéticas fueron más permisivas. Sin embargo, Pechersky ya estaba muy enfermo para viajar. Murió en enero de 1990 en Rostov-on-Don, al sur de Rusia.

“Toivi” no obtuvo la visa pero pudo leer los diarios íntimos de “Sasha” y ahí descubrió múltiples mencionas a Luka, cierta chica holandesa de 18 años, prisionera como ellos en Sobibor. “Aunque la vi sólo dos semanas, fue mi musa inspiradora”, escribió Pechersky sobre su amor platónico. Para protegerla, le habló del plan minutos antes de su inicio. Al enterarse, ella le obsequió “una camisa de la buena suerte” y le pidió que se la pusiera. El obedeció y escapó a salvo. Luka, en cambio, se perdió de vista en el remolino del motín. Sasha nunca pudo averiguar su paradero.~

08 abril, 2008

Sueños realizados


Los sueños verdaderamente no se realizan, pero suele ocurrir que nosotros prevemos una cosa, pensamos bastante en ella y así la soñamos: después se realiza; a nosotros nos parece que es el sueño lo que se realiza, mientras que, en realidad, es una cosa que simplemente tenía que realizarse.~



Grazia Deledda: “Elias Portolu”

06 abril, 2008

La sombra del púgil


Versión reducida de la entrevista publicada ayer, sábado, en ADN Cultura (diario La Nación, Argentina) a propósito de la salida de mi nueva novela “La sombra del púgil”, editada por Norma.

Sólo porque es el intervalo pascual, la entrevista puede transcurrir afuera, en una mesa de bar de Palermo, sin riesgo de que los ruidos impidan oír todo lo dicho. Podría decirse que con esa misma cualidad -latente, pero sin énfasis-, la ciudad aparece en la novela que Eduardo Berti acaba de publicar, “La sombra del púgil” (Norma), en la cual varias historias se van entretejiendo y remiten a una Buenos Aires que no aparece nunca descrita pero en cambio sí invocada en su atmósfera, su ritmo, sus ritos, su espanto. Antes de esta novela, salvo por algunos cuentos de su primer libro, “Los pájaros”, y por algunos episodios de su novela “Todos los Funes”, la narrativa de Eduardo Berti no había tomado nunca como locación central la Argentina ni tampoco ninguna ciudad, país o territorio que pudiera tener, por la razón que fuera, la marca de lo muy familiar.

“El corazón de esta novela fue escrito en Europa, parte en Francia y parte en España. Acá sencillamente la revisé. Creo que haber estado casi ocho años viviendo afuera fue crucial. Si no hubiese tenido esa distancia, no podría haber ambientado la novela acá. Tengo tendencia a huir de la literatura muy mimética, en la que se reconocen cosas. Al contrario, me gusta que las cosas aparezcan extrañas, o en todo caso que se muestren con otra luz y otra perspectiva. No por eso hablo del extrañamiento clásico, el de un cuento de Julio Cortázar o de Dino Buzzati, por ejemplo; más bien me interesa que se genere el efecto de un pequeño corrimiento. La distancia geográfica facilitó eso por el inevitable extrañamiento que se produce con respecto a la propia lengua, lo que para mí fue fundamental para evitar clichés, formas reconocibles como actuales. Me interesaba trabajar con el concepto de oralidad pero no de naturalidad en el lenguaje. Por otra parte, ocurre que varias de las historias que se cruzan en esta novela son versiones de hechos que pasaron en mi familia y en la familia de mi mujer. Todo ese mundo, que era puro presente, pasó en muy pocos años, justamente en los que coincidieron con mi viaje, a formar parte del pasado: los personajes implicados en ellas ya están muertos. El país cambió, yo también, ellos también”.

Eduardo Berti parece escribir a contrapelo de Leon Tolstoi no solo en lo que concierne a la recomendación de pintar la propia aldea, sino también, en “La sombra del púgil”, respecto del célebre pasaje de “Anna Karenina” que implícitamente sugiere que la felicidad familiar no podrá ser nunca material narrativo interesante. Si bien la novela plantea una mirada crítica sobre la estrechez, "el radio reducido, endógeno" que proponen las familias, y aunque tiene también varias, más bien muchas líneas de lectura que remiten a las formas más disímiles de la infelicidad, en forma paralela La sombra del púgil logra conformar, alrededor del pequeño núcleo conformado por padre, madre y tres hermanos que todas las noches se reúne alrededor de la mesa, una atmósfera en la que se entrecruzan complicidad, curiosidad por los otros, ausencia de reproches. En la audacia para abordar los momentos felices y en la forma sutil en que está resuelto ese tema muchísimo más espinoso que otros con fama de riesgo, esas cenas recuerdan el poema narrativo de Drummond de Andrade, “La mesa”, donde los vínculos familiares están abordados como pocas veces en la historia de la literatura. Claro que en “La sombra del púgil” esos encuentros alumbrados por las historias que el padre va desplegando son destellos, instantes, incluso hasta pueden ser leídos como forma de acallar los horrores circundantes.

-¿Qué te planteaste al abordar el tal vez más complejo de esos horrores, los años de la última dictadura militar?

-En principio me pareció que, como el punto de vista narrativo corresponde a alguien de mi generación, nacido durante los años sesenta, el relato tenía que estar atravesado por el universo de los padres. Sus miedos, sus silencios, sus evasivas mediaron irremediablemente la forma en que mi generación vivió la dictadura. Y fundamentalmente me planteé hablar de lo gris. Como decía Primo Levi, hay millones de grados de gris, y si no se trabaja sobre esos matices, no se puede entender la historia. Porque, si no, el riesgo es pensar que todos los que no fueron ni víctimas ni victimarios fueron necesariamente cómplices de las víctimas o de los victimarios. No, no creo que haya sido así, creo que es mucho más complejo. Está ese padre testigo, que trabaja en la biblioteca y en el archivo del Congreso en una época tremenda y que no por eso es responsable de lo que ocurre, y que a la vez, en ese encuentro casual que tiene con una pareja de exiliados durante esas vacaciones en Brasil, se niega a hacer algo que, justamente desde su trabajo, podría haber ayudado a rastrear el paradero de tres personas desaparecidas. A mí me interesaba mostrarlo así, en toda su contradicción, y en todo caso mostrar que para los hijos es mucho más complicado tener que lidiar también con esa contradicción. Desde la perspectiva de los hijos, sería mucho más simple juzgarlo que, como ocurre en un momento con el hermano mayor, tergiversar esa anécdota del Brasil. Contarla de otro modo es su propia forma de decir que hubiese deseado que su padre no hubiera actuado así, de intentar sacarse de encima la incomodidad que también a él, como hijo, el recuerdo le provoca.

El recurso al que apela ese hermano mayor, que en un momento dado reescribe la historia familiar y al hacerlo dice mucho sobre sí mismo, es un mecanismo común a todos los personajes de esta novela: a los tres hermanos que llevan adelante la voz narradora, a sus padres, a sus dos tías enigmáticas y a Justino, el púgil. Este sistema fragmentario de narración hace de “La sombra del púgil” una novela que va conformando un lector adictivo, entregado a lo que esos microrrelatos van revelando, y a la vez activo, dispuesto a confiar menos en lo que cualquiera de los personajes asegura que en sus propias deducciones e hipótesis. Las otras versiones que complementan o contradicen lo dicho, las vueltas de tuerca y las relecturas no son nuevas en las novelas de Eduardo Berti: se hacen presentes a través de lo que se deja saber en el final de “Agua”, de las coincidencias onomásticas y fantasías de plagio que envuelven al personaje central de “Todos los Funes”, y en la complementariedad que “La mujer de Wakefield” establece respecto del célebre cuento "Wakefield" de Nathaniel Hawthorne.


En “La sombra del púgil”, esa mirada fragmentaria y múltiple se destaca aún más al ser la primera de las novelas de Eduardo Berti que abandona la perspectiva exterior, la mirada en tercera persona, para optar por una voz narradora en primera persona del plural que va circulando entre los tres hermanos. Por momentos parece pertenecerle a uno de los tres; por momentos, a otro. Al final, cada lector hará su apuesta. El mayor de los hermanos es historiador; el del medio, biólogo; el tercero, periodista: profesiones que, aseguran, tienen todas la matriz del afán investigativo que el padre les inculcó en aquellas cenas familiares repletas de relatos y versiones sin completar. Tres que comparten, que agregan, que construyen. Más o menos así trabajaba Eduardo Berti en su adolescencia, dice, cuando con dos amigos fundó una revista subte directamente relacionada con un tema que, al igual que el punto de vista narrativo y la locación argentina, sorprende en esta última novela suya: el boxeo, el cual da lugar a una de las historias más apasionantes que el padre de “La sombra del púgil” tiene para contar.

-¿Cómo fue que aquella experiencia se transformó hoy en material narrativo? ¿Siguió siendo asidua tu relación con el boxeo?

-Hoy, cuando las peleas se ven tan bien que no hay nada que reponer en la transmisión, ese interés se ha ido desdibujando, pero en mi adolescencia seguí muy de cerca el universo del boxeo. En aquella época de la revista estábamos totalmente interesados -en algunos casos, subyugados- por personajes como Bonavena, Galíndez, Monzón, Pascual Pérez; y también por Accavallo, el payaso boxeador, o Sergio Víctor Palma, el boxeador intelectual, o Nicolino Locche, que ganó el título del mundo esquivando más que golpeando. No era tanto quién iba a ganar o perder lo que nos interesaba sino esas voces que rodeaban las peleas, los partidos, las historias que estaban detrás del deporte. Creo que a su manera es algo parecido a lo que les ocurre en esta novela a los tres hermanos con el reloj familiar, que juega un papel clave a lo largo del relato. Mientras que la generación previa estaba obsesionada por que el reloj diera la hora o no, a ellos este les interesa únicamente como portador de las claves, de las piezas que les permitirán completar la versión tripartita de la historia que ellos arman.~

Por María Sonia Cristoff

Para LA NACION



Versión completa de este artículo:

http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1000483

Ver también:

www.lasombradelpugil.blogspot.com

04 abril, 2008

"Ulises" según Connolly

“Ulises” no es un gran novela en el sentido de “A la recherche du temps perdu”. Los personajes no se desarrollan. No tiene una grandeza trágica sólida y se hunde en varios ejercicios estilísticos que nada tienen que ver con la novela misma; sin embargo, las primeras secciones de Dedalus, las partes intermedias de Bloom, la orgía de Nightown y el ensueño final de Molly destacan como la catedral inconclusa de Gaudí. Todo el esquema fracasa debido a la preferencia intelectual de Joyce por el lenguaje y no por la gente –no obstante, de algún modo logra la grandeza de un templo en ruinas que suge en la selva-, y quizá deba ser juzgado como un poema, como un festival de la imaginación.~


Cyril Connolly: “Cien libros clave del movimiento moderno, 1880-1950”

03 abril, 2008

Noche tormentosa

Un lector de este blog, que firma como Jose F, ha tenido el muy buen tino de hacerme acordar que la frase "Era una noche oscura y tormentosa..." (ver mi entrada del 28 de marzo) aparece también en la tira "Peanuts" cuando Snoopy, en un arrebato creativo, se pone a escribir a máquina lo que parece el inicio de una novela o de un cuento. Gracias Jose F. por refrescarnos la memoria y por esta viñeta a la que conduce el link de tu comentario:


02 abril, 2008

La amistad

M. solía decirme: “He renunciado a la amistad de dos hombres: uno, porque nunca me hablaba de él; otro, porque nunca hablaba de mí”.~


(Otra vez Chamfort y sus Maximes, caractères et anecdotes.)

01 abril, 2008

Igualdades



Es necesario proclamar la igualdad de los hombres respecto del tiempo como respecto de las clases sociales. Sentirse infinitamente superior a un burgués del siglo XII es también dar una prueba de vanidad ridícula.~


G.K. Chesterton: “Notas sobre el porvenir de Dickens”.