30 junio, 2008

Historia de un reloj

El siguiente comentario de mi nueva novela “La sombra del púgil”, a cargo de Juan David Correa Ulloa, apareció hace pocos días en “El espectador” de Colombia.


Por Juan David Correa Ulloa


Más allá de su especificidad, lo que importa, en verdad, es la carga emocional y simbólica de quienes lo conservan o lo desean. En este caso, la historia de un reloj es el motivo por el cual tres hermanos, en voz plural, han decidido contarnos la vida de su familia.

“La sombra del púgil”, de Eduardo Berti (La Otra Orilla, 2008), recoge la vida de dos tías solteronas, de un padre empleado e inventor de historias, de una madre rebelde pero juiciosa ama de casa y de un boxeador que perdió, con los años, la gracia del ring, durante los años setenta en Argentina.


Lo interesante es que no se trata de una novela más sobre el fracaso de un ídolo deportivo, ni de una manera de construir metáforas desde el deporte para aplicárselas a la vida. No. La novela es una muestra de destreza narrativa. Berti, quien ya había demostrado su talento en “Todos los Funes” (finalista del Premio Herralde de Novela 2004) o con “Los pájaros” (un libro de cuentos memorable), ha sabido escribir una historia un tanto extraña que recuerda por momentos la escritura del Cortázar cuentista o del Onetti novelista.


Con esto quiero decir que a partir de un estilo casi oral, con comas que llevan a más comas y digresiones que recuerdan a los dos escritores mencionados, Berti nos convierte en testigos del mundo interior de una familia de clase media cuyos conflictos son banales y cotidianos, pero que, con el discurrir del relato, configuran un universo en el que, poco a poco, comprendemos que lo que se va evidenciando es la verdadera vida.


Por ello, quien comience esta novela se sentará en la sala de las solteronas Hernández y las verá discutir por años hasta quedarse en el silencio tenso de las relaciones que se estropean por los secretos familiares. Verá a los tres narradores contemplar alelados un viejo reloj en forma de catedral que es símbolo de la familia. Verá al padre sentarse noche tras noche para contar la historia del relojero, que en el pasado fue boxeador, y verá a una madre que decide cómo y hasta dónde se cuenta la historia del boxeador o de sus hermanas.


Y los verá como muchos asistimos a la sala de nuestra casa en donde todos hablan al tiempo, en donde se atropellan las conversaciones, o a partir de un comentario cualquiera se disparan los recuerdos. Y hasta allí sentirá que el norte no está claro, que las tías Aurelia y Berta pelean por algo que no nos han revelado, que la madre de los narradores se fue de casa sin que sepamos muy bien por qué, y que Justino, un viejo púgil hijo de un relojero, no tiene mucha razón de ser en el relato pues apenas ha aparecido un par de veces para intentar arreglar el reloj (que sí, que guarda todos los secretos del mundo); ese reloj que los mira a todos como testigo mudo y que nosotros, como lectores, no terminamos de encajar en la historia.


Así, dando pasos de ciego, avanzando a tientas con los personajes, de repente Berti descorre las cortinas y cada pieza suelta, cada piñón, cada segundo y minuto de la vida de esta familia, encuentra lugar en este mecanismo que suponíamos averiado, detenido, sin tiempo. Y conocemos de primera mano una turbia historia de amor, un combate aplazado, y sentimos que este es uno de esos encuentros que los lectores siempre merecemos.

27 junio, 2008

La verdad sobre Mestra


El griego Palaifatos, que al parecer vivió en la segunda mitad del siglo IV antes de Cristo, escribió un curioso libro llamado “Peri Apiston” (algo así como “Historias increíbles”, según dicen los entendidos). En este libro, Palaifatos se dedicaba a dar explicaciones racionales a todos los mitos que corrían en su tierra desde tiempos inmemoriales.

Como bien afirma Ugo Bratelli en un prólogo al “Peri Apiston”, el procedimiento de Palaifatos es casi siempre el mismo: primero presenta la leyenda o el mito que todo el mundo conoce, después declara que esa historia es absurda e inverosímil, y por último propone su propia version o interpretación, que pretende ser la historia tal como ocurrió realmente.

He aquí un ejemplo de la “narrativa demitificadora” de Palaifatos:


Se asegura que Mestra, hija de Eresictón, cambiaba de aspecto cuando así lo deseaba. La historia causa gracia. ¿Quién puede juzgar verosímil que una muchacha se vuelva vaca y después perro o pájaro? La verdad es otra. Un hombre, Eresictón, se hallaba en plena miseria por haber dilapidado sus bienes. No obstante, tenía una hija de enorme belleza. Se llamaba Mestra. Quien la veía, caía enamorado de ella. En esos tiempos, los hombres que deseaban casarse no proponían dinero sino objetos: un caballo, un cordero, una vaca, en fin, todo cuanto Mestra y su padre deseaban. Es así como se originó el mito.


(Traducido del francés por Eduardo Berti)

24 junio, 2008

La cabeza

El laconio Cleómenes escogió de entre sus amigos a Arcónides para convertirlo en compañero de sus empresas. Y así juró que, si tomaba el poder, todo lo haría contando con la cabeza de su amigo. En efecto, cuando se hizo con el poder, mató a su compañero, le cortó la cabeza y la metió en un vaso con miel. Siempre que debía pasar a la acción se dirigía al recipiente y le informaba de cuanto estaba tramando. Afirmaba que así no traicionaba la fe jurada ni incurría en perjurio, puesto que consultaba con la cabeza de Arcónides.


Claudio Eliano, “Historias Curiosas”

23 junio, 2008

Nueva vida


SIDNEY (AFP) - Para iniciar una nueva vida, un hombre puso el domingo a subasta en internet todos sus bienes y sus relaciones, consiguiendo numerosas ofertas de personas interesadas por su casa, su trabajo o sus amigos.

Ian Usher, un británico de 44 años de edad que vive en Australia, tuvo esta idea tras separarse de su mujer, y esperaba conseguir cerca de 500.000 dólares australianos (477.000 dólares estadounidenses).

Poco después del inicio el domingo de la subasta, que preveía que durase siete días, una primera oferta de 300.100 dólares le llegó a través de eBay. Al final de la tarde, tenía unas 40 ofertas, alcanzando la última 650.000 dólares australianos.

"Descorché champán cuando el límite de 400.000 dólares fue pasado", declaró Usher a la agencia de prensa australiana AAP.

Usher, que reside en Perth, ha prometido a quien gane la subasta que le presentará a sus amigos, le dará su casa, por valor de 420.000 dólares australianos, y compartirá con él sus aficiones. El ganador tendrá también su puesto de trabajo en una tienda de alfombras, por dos semanas en principio y más si el dueño de la tienda acepta.

De su vida pasada, solamente quiere conservar su pasaporte, su cartera y la ropa que lleva. El hombre no ha especificado qué hará después de la venta de 'su vida' en la subasta.

20 junio, 2008

Maxime Du Camp


Por Eduardo Berti

Gustave Flaubert tuvo dos grandes amigos (Louis Bouilhet y Maxime Du Camp) que ejercieron una influencia decisiva en su vida y en su obra. Es célebre la anécdota de la larguísima sesión de lectura en torno a la primera novela adulta de Flaubert: "La tentación de San Antonio". La lectura duró cuatro días de 1849. El fallo de Bouilhet y Du Camp fue desfavorable: en el libro había demasiada retórica y un lirismo excesivo; mejor hablar de temas menos rebuscados, de algo “más terrenal”. De este veredicto parece haber surgido "Madame Bovary".

Según escribió Du Camp en sus memorias ("Souvenirs litteraires"), Gustave y él se conocieron en mayo de 1843. Estando en casa de Ernest Le Marié, Du Camp oyó que llamaban a la puerta de modo “violento, imperioso” y enseguida vio entrar a un muchacho corpulento con una larga barba rubia y un sombrero que no llegaba a cubrirle las orejas. Le Marié dijo: “Te presento a uno de mis amigos de infancia”. Al decir de los historiadores, Du Camp ignoró durante algunos meses que Flaubert escribía; él, en cambio, lo proclamó de inmediato: había publicado tres o cuatro cuentos en revistas de la época.

Hay quienes quisieron ver en la dupla protagónica de "La educación sentimental" ecos de la amistad Flaubert-Du Camp: Gustave sería Fréderic, Maxime sería Deslauriers. «Mil diferencias de personalidad y de origen los separaban», puede leerse en la novela. No fue el caso en la vida real: aunque podría establecerse entre ambos la dicotomía ermitaño-mundano, su posición social era semejante.

Du Camp no sólo acompañó a Flaubert en su célebre viaje por Oriente, entre 1849 y 1851, del que se ha dicho que “partió romántico y regresó realista”. Poco antes, «el 1ero de mayo de 1848, a las ocho y media de la mañana» , ambos partieron de paseo (una «escapada», a pie) por Bretaña y Normandía. La humilde odisea incluyó el proyecto de un libro a dos voces, cuya estructura comprendió doce capítulos escritos de forma alternada: Flaubert los impares y «Max», como le decía Gustave, los pares. El manuscrito recién fue publicado en 1885, cinco años tras la muerte de Flaubert.
La esfinge fotografiada por Maxime Du Camp

Viajero incansable, pionero de la fotografía (primer hombre en fotografiar la Esfinge de Egipto), Du Camp no alcanzó, como es sabido, la gloria literaria con la que él y Flaubert soñaban de jóvenes. Dio a conocer en 1870 un libro sobre París ("Paris, ses organes, ses functions et sa vie dans la seconde moitié du XIX siecle"), muy apreciado por Walter Benjamin. Y publicó sus "Souvenirs" en 1882, cuando Flaubert no vivía para desmentirlo. Aquel libro le valió no pocos problemas. “Se volvió un proscrito literario tras haber hablado en sus memorias de la epilepsia de Gustavo”, escribió Julian Barnes en “El loro de Flaubert”. Muchos afirman que Flaubert era, en efecto, epiléptico y que sufrió alrededor de 1844 la primera de una serie de convulsiones; otros, los menos, señalan que esto fue una infundia de Maxime.

En su libro "Maxime Du Camp, un spectateur engagé du XIX siecle", Gérard de Senneville dice que “la historia literaria se ha valido de ciertas acusaciones de Maupassant para describir a Du Camp como un falso amigo, alguien celoso del éxito de Flaubert», pero que «todas las cartas que ambos hombres intercambiaron reflejan, no obstante, una bella amistad». Algo semejante piensa William Somerset Maugham: «La gente dice, yo creo que sin justicia, que Du Camp le tenía celos a Flaubert». A esta idea contribuyó el hecho de que Maxime (al frente de la Revue de Paris) propusiera cortes a la versión final de Madame Bovary.

La obra de Du Camp se completa con un ensayo dedicado a Théophile Gautier, crónicas de viajes por Egipto u Holanda, poemas, cuentos y novelas. En sus "Souvenirs" es generoso con Gustave : «Nunca se me ocurrió exaltarme a mí mismo hasta el punto de compararme con Flaubert y nunca me he permitido disputar su superioridad», llegó a escribir. «Los autores se dividen en dos clases : aquellos para quienes la literatura es un medio, aquellos para quienes la literatura es un fin. Yo pertenezco, siempre he pertenecido, a la primera categoría». ~

19 junio, 2008

Greene y James: un sueño


El 28 de abril de 1988 me encontraba viajando hacia Bogotá por un río bastante desagradable en compañía de Henry James. El barco zarpaba después de la medianoche y tuvimos que atravesar el muelle en la más completa oscuridad, acarreando nuestro equipaje de mano. De no ser por la determinación que mostraba el gran autor y mi admiración por su obra, no hubiera seguido adelante. Para peor, el vozarrón de un oficial, invisible en la oscuridad, no paraba de amenazar. Quienes intenten subir a bordo sin sus boletos serán multados en mil dólares. En medio del gentío que se agolpaba era imposible mostrarlos. No había donde sentarse, y a duras penas pudimos apretujarnos en un pasillo atestado de gente, sobre todo de mujeres, pero en ningún momento Henry James se quejó. En cierto punto del trayecto el barco se detuvo unos minutos para que bajaran algunos pasajeros y le insistí a James en que aprovecháramos la oportunidad para escapar. No quiso saber nada. Debemos seguir hasta el final. Por razones científicas, dijo.

(“Mi mundo propio”, el muy peculiar diario de sueños de Graham Greene en el que no cesa de encontrarse con toda clase de personajes históricos)

18 junio, 2008

Padre e hijo

Por Eduardo Berti

La ruptura generacional fue una de los temas centrales de la “cultura rock”. En este contexto debe verse la canción “Father and son” (1970), donde Cat Stevens (que hoy se hace llamar Yusuf Islam) escenificó una discusión entre un joven y su padre. Por su estructura fue una canción diferente: Stevens adoptaba las voces de uno y otro (grave la del padre, aguda la del hijo), alternándolas en un diálogo, sólo que el padre le habla al hijo y el hijo a un público de su misma edad. El argumento del padre es que “no es hora de cambiar”; el hijo se lamenta porque “desde que fui capaz de hablar, se me ordenó escuchar”.

Stevens incluyó la canción en su álbum "Tea for the Tillerman" y la bautizó igual que una novela publicada en 1907 por el poeta y crítico de arte Edmund Gosse, británico como él. Nada demuestra que Stevens conociera este “estudio de dos personalidades”, como define Gosse su libro y sus personajes centrales: uno, “nacido para viajar al pasado”, otro, “empujado al futuro”.



Edmund Gosse

Amigo de Stevenson y Henry James, Gosse fue hijo de un famoso zoólogo al que Borges alude en un ensayo de Otras inquisiciones. Cuando Darwin publicó El origen de las especies, Gosse padre intentó una reconcilación entre la ciencia y la Biblia y plasmó una teoría “fanática” donde sostenía, a grandes rasgos, que Dios había creado los fósiles a modo de desafío: ocultándolos en las piedras para que el hombre los encontrase. No sorprende que la educación de Edmund fuera muy religiosa. El padre era miembro de los Hermanos de Plymouth, quienes pregonaban volver a ideales y prácticas de la iglesia primitiva. El hijo tenía prohibido leer obras de ficción o jugar con otros niños. Muchas actividades eran tabú “porque podían acaso conducir a un pecado”. A lo largo de la novela Edmund descubre que su padre no es infalible. Al final decide no formar parte de los Hermanos de Plymouth.

Tanto Gosse como Stevens adoptan el punto de vista del hijo. Con el tiempo, paradójicamente, Stevens fue pareciéndose más al padre de la novela de Gosse que al hijo. Cuenta le leyenda que estaba bañándose en Malibú cuando la marea lo arrastró mar adentro. A punto ahogarse, le ofreció su carrera a Dios si éste lo salvaba. En 1989, ya convertido al islamismo, Yusuf Islam apareció apoyando la condena a muerte a Salman Rushdie. Después se encargó de desdecirse y de marcar distancias con el fundamentalismo islámico. Al hacerlo, bien podría haber citado una idea central de la novela de Gosse: que “toda religión entendida de manera violenta divide a los hombres”, “alienta un ignorante espíritu de condena” e “inventa pecados donde no los hay”.


(Artículo publicado en el último número de la revista argentina “Lamujerdemivida", que afortunadamente ha vuelto a editarse tras una pausa)

http://www.lamujerdemivida.com.ar/

16 junio, 2008

Dos esposas



En los viejos tiempos, cuando a los hombres se les permitía tener muchas mujeres, hubo un individuo de mediana edad que tenía dos esposas: una de ellas era joven; la otra, una mujer vieja. Ambas lo amaban mucho y cada una deseaba que el hombre fuera como ella.

El cabello del hombre empezaba a encanecer y eso no le agradaba a la joven, porque lo hacía demasiado viejo para ella. Por eso, todas las noches lo peinaba y aprovechaba para arrancarle cada cabello blanco que encontraba.

Por su parte, la vieja veía con agrado cómo su marido iba encaneciendo, ya que no le gustaba que la tomasen como su madre. Por eso, todas las noches, con la excusa de arreglarle el pelo, le arrancaba cuanto cabello negro encontraba.

La consecuencia fue que en poco tiempo el hombre quedó con la cabeza totalmente calva.


“El hombre con dos esposas”, fábula adjudicada a Esopo.
(Traducido del inglés por Eduardo Berti)

15 junio, 2008

Notas

Siendo la diferencia entre los climas, las mentalidades, las energías, los gustos, las edades y los puntos de vista, un dato incontestable, la igualdad de los hombres jamás será posible. La desigualdad debe considerarse, por tanto, como una ley inmodificable de la naturaleza. Pero nosotros somos capaces de volver inocua esta desigualdad, como lo hacemos con la lluvia o con los osos. A este respecto, la educación y la cultura harán grandes conquistas. Un científico ha podido lograr, de manera excelente, que un gato, una rata, un halcón y un gorrión coman de la misma escudilla.


Lo que sentimos cuando estamos enamorados es, probablemente, normal. El estado amoroso indica a cada persona cómo debe ser.


Del “Cuaderno de notas” de Anton Chéjov
(Traducción de Leopoldo Brizuela)

14 junio, 2008

El amor



L'homme commence par aimer l'amour et finit par aimer une femme.

La femme commence par aimer un homme et finit par aimer l'amour
.


El hombre empieza amando el amor y termina amando a una mujer.

La mujer empieza amando a un hombre y termina amando el amor.




Remy de Gourmont “Des pas sur le sable” ("Pasos en la arena", aforismos)

12 junio, 2008

El águila y el escarabajo


"El águila y el escarabajo" es una fábula del escritor italiano Agnolo Firenzuola, poco conocido en lengua española. Firenzuola nació en Florencia, en 1493, y años más tarde entró en la orden de los benedictinos. De 1518 a 1522 vivió en Roma. Murió en Prato en 1543. Publicó varios libros de
cuentos, como "Ragionamenti" (1523); escribió un par de comedias ("I Lucidi", "La Trinuzzia"), ambas publicadas en Florencia en 1549. Tradujo y adaptó “El asno de oro” de Apuleyo.

Esta fábula pertenece a “Los Discursos de los animales” (Discorsi degli animali) , conjunto de fábulas y alegorías. La historia está tomada de Esopo. El procedimiento general es muy usual entre olos fabulistas: explicar un fenómenos natural mediante una historia.


Un águila poderosa perseguía a una liebre. Estaba a punto de atraparla cuando la pobre, no viendo escapatoria, buscó protección en un escarabajo que vivía en las feas montañas de Cavagliano. El valiente insecto prometió ayudarla, y en cuanto vio que el águila iba a atrapar a la liebre le suplicó a la primera que perdonara a su amiga. El águila se limitó a reír. Y para demostrar lo poco que acataba ese pedido, devoró a la liebre en el acto, delante del escarabajo. Este decidió aguardar la mejor ocasión para vengarse. Al llegar la estación en que los pájaros hacen sus nidos, el escarabajo se puso a espiar el sitio donde el águila hacía el suyo y, un día que el águila había partido a cazar, voló hasta allí e hizo caer los huevos al suelo. El águila se asustó al regresar y ver lo ocurrido, de modo que recurrió a su maestro Júpiter y le pidió que le indicara un lugar donde poner a salvo los huevos. Como el águila le había sido útil en la conquista de Ganímedes, Júpiter no pudo negarse; pero no se le ocurrió otro lugar más que su propio regazo. La noticia llegó a oídos del escarabajo, que rápidamente fabricó una bola, la llevó al cielo y la puso con suma habilidad en el seno de Júpiter.

Sintiendo un olor nada agradable, Júpiter hundió una mano en su regazo a fin de deshacerse de esa bola de barro. Al sacudirse su camisa, también los huevos del águila cayeron y se hicieron añicos. De esta forma el escarabajo, recurriendo a un audaz ardid, se vengó dos veces de un ave tan poderosa. Desde entonces el águila no se atreve a poner sus huevos si los escarabajos se hallan cerca.~

(Traducido del francés por Eduardo Berti)

10 junio, 2008

El pescador de piedras

El gran pescador ha vuelto a aparecer. Está sentado en un bote de maderas podridas y pesca desde que se enciende la primera lámpara en la madrugada hasta que se apaga la última por la noche.

Los habitantes de la aldea se sientan en el pedregullo de la costa y lo contemplan sonrientes. Trata de pescar arenques, pero sólo saca piedras.

Todos ríen. Los hombres se golpean los muslos, las mujeres se agarran el estómago y los chicos saltan de risa.


Cuando el gran pescador recoge su rotosa red y ve que en ella sólo hay piedras, no las esconde, sino que estira sus brazos morenos y fuertes, toma la piedra y la levanta para que la vean los desdichados.



(Bertolt Brecht: “El pescador de piedras", uno de sus cuentos más breves)

09 junio, 2008

Piezas en fuga

Leyendo el siempre interesante blog de Ivan Thays (notasmoleskine.blogspot.com) me enteré de que se ha filmado y recién estrenado en Estados Unidos una película basada en la novela "Piezas en fuga" de Anne Michaels, publicada hacia una década por Alfaguara. Recuerdo haber leído con sumo interés esta novela, de la cual escribí entonces el siguiente comentario, publicado en el diario La Nación de Buenos Aires.



foto del film "Fugitive pieces"

Por Eduardo Berti

Es bastante conocida la afirmación de Adorno sobre el despropósito de escribir poesía después de Auschwitz y el exterminio nazi. Con el tiempo, los encargados de desmentir esta afirmación fueron los propios poetas, entre ellos Paul Celan. Los padres de Celan fueron deportados a un campo de concentración, él consiguió escapar y más tarde compuso su famosa Todesfugue , traducida como "Fuga de muerte" o "Fuga sobre la muerte", según el caso.


A su modo, Piezas en fuga , primera novela de la canadiense Anne Michaels, también le responde a Adorno. Como en el poema de Celan, la idea de "fuga" que aparece en el título de esta novela hace referencia no sólo a una estructura formal (la autora va sumando con maestría temas secundarios tan diversos como las primeras expediciones a la Antártida o las impensadas recetas culinarias en la Historia natural de Plinio), sino también, por supuesto, a las nociones de huida y de supervivencia. Dice un párrafo: "Me acordé de Houdini, asombrando al público cuando se metía en cajas y baúles y luego se escapaba, sin saber que pocos años después otros judíos se agazaparían en cubos de basura y cajas y armarios, para poder escaparse".


Corre 1942. Porque ha logrado esconderse en un agujero en la pared, tras el empapelado, un niño polaco salva su vida de los nazis. Los soldados asesinan a sus padres y secuestran a su hermana Bella. El niño, Jakob Beer, se refugia en un bosque, donde lo encuentra un geólogo griego llamado Athos Roussos, que lo lleva a su casa en la isla de Zakynthos. Al finalizar la guerra ambos se instalan en Toronto, Canadá. Allí Jakob trabaja como traductor y se convierte en poeta; pero, haga lo que haga ("intenté enterrar imágenes, cubrirlas con palabras griegas e inglesas"), lleva consigo la memoria de la barbarie.


En la segunda parte de la novela aparece otro narrador. Se llama Ben. Es un joven canadiense que admira la obra y la personalidad de Beer, y que es hijo de sobrevivientes de un campo nazi. Podría objetarse que la voz de Ben y la de Jakob son muy parecidas. Podría justificarse este parecido por la enorme idolatría que el joven siente por Beer, al punto de que acaba hurgando en sus papeles secretos, en busca de un diario: el diario que es la primera parte del libro.



Anne Michaels ha escrito una muy buena novela con una mirada de poeta, esto es sin "nombrar" los sentimientos, revelándolos en cambio. A pesar de que trata sobre el Holocausto, Piezas en fuga es de un lirismo infrecuente. No sólo el narrador, Beer, es un poeta de extrema sensibilidad; también Michaels antes de este libro había publicado dos colecciones de poesía. Más aún, su familia es de origen polaco, como su personaje, sólo que emigró a Canadá en los años 30, antes de la Segunda Guerra.


La inclusión de Grecia como tercer país (además de Polonia y Canadá) no parece nada casual. Zakynthos es una isla donde nacieron grandes poetas; Grecia es la cuna de la poesía y la cultura europeas. Si algo salva o por lo menos alivia a Jakob Beer es la poesía, la sabiduría y el amor. "Yo ya conocía el poder que tiene el lenguaje para destruir", dice el narrador. Con la poesía, en cambio, Beer descubre "el poder que tiene el lenguaje para restaurar".


Piezas en fuga despertó la admiración de John Berger, un novelista que a su vez Michaels admira. Peter Handke definió cierta vez a Berger como un escritor del "nosotros". En alguna página de esta conmovedora novela se lee: "Según la tradición hebrea, hay que referirse a los antepasados como «nosotros», no como «ellos». Esto alienta la identificación y la responsabilidad pero, sobre todo, provoca el colapso del tiempo".

08 junio, 2008

El cíclope



El filósofo Flavio Filóstrato (aprox. 170-249), conocido por sus obras "Vidas de los sofistas" y por su biografía novelada de Apolonio, publicó también un libro singular: una serie de descripciones de cuadros (todos ellos perdidos con el tiempo) de la que proviene el texto siguiente. A tal punto fueron apreciadas estas descripciones que durante el Renacimiento y el Barroco algunos pintores intentaron recrear las obras que Filóstrato describía.


EL CÍCLOPE

Estos campesinos y vendimiadores que ves, chico, ni han sembrado ni han vendimiado, sino que la tierra por ella misma les da los frutos; hay ahí unos cíclopes quienes, según los poetas, no sé muy bien por qué, la tierra les da cuanto necesitan sin trabajarla. Se han convertido, pues, en pastores cuyos rebaños nutre la tierra y su leche es alimento y bebida para ellos mismos. No conocen la plaza pública ni las salas de justicia, ni siquiera las casas, sino que viven en las hendiduras de los montes.

Deja de lado a los demás y fíjate ahora en el que vive aquí, el más salvaje de todos, Polifemo, hijo de Poseidón: sobre su único ojo se dibuja una sola ceja, su labio superior enlaza con una nariz plana, se alimenta de seres humanos, como los feroces leones. Ahora, sin embargo, no está para tales festines, ni quisiera parece voraz y odioso: está enamorado de Galatea que juega en este mar que ves, y él la mira de lejos, desde la montaña.

Lleva aún la síringa bajo el brazo, inmóvil, y sale de su boca una canción pastoril que dice cuán blanca es Galatea, altiva y más dulce que la uva, y cómo él críapara ella cría cervatillos y osos. Ésa es la canción que le canta bajo una hiedra y mientras lo hace no sabe ni dónde están sus ovejas, ni cuántas son ni si hay pasto aún. Está representado con aspecto salvaje y terrible: menea sus cabellos lacios y espesos como agujas de pino, muestra dientes afilados en sus mandíbulas voraces; pecho, vientre y brazos hasta la uñas todo lleno de vello. Dice tener ternura en su mirada porque está enamorado, pero la verdad es que mira con expresión salvaje y también con la astucia de los animales sometidos por la necesidad.

En cambio ella retoza en el mar tranquilo, montada sobre un carro de delfines unidos bajo mismo yugo y mismos sentimientos, al que conducen las hijas de Tritón, doncellas de Galatea, gobernando el freno, no fuera que los delfines se pusieran fieros e hicieran algo desobedeciendo las riendas. Por encima de la cabeza, Galatea agita hacia el Céfiro un pañuelo color púrpura, que le hace sombra y que sirve de vela al carro, al tiempo que da brillo a su rostro y a su cabeza, pero no tan intenso como el color de sus mejillas; sin embargo sus cabellos no vuelan al viento porque están cargados de agua y se resisten a la brisa. Sobresale su codo derecho seguido de un antebrazo completamente blanco que se inclina hasta depositar los dedos sobre su hombro delicado, los brazos se mueven con blandura, los pechos son firmes y ni la rodilla está privada de donaire. El pie de Galatea está pintado con una gracia que conjunta perfectamente con el resto, muchacho: roza suavemente el agua del mar como si fuera el timón del carro. Los ojos son una maravilla: miran distantes como si abarcaran toda la amplitud del mar.


FILÓSTRATO, Descripciones de cuadros, traducción de Francesca Mestre, Madrid: Gredos, Biblioteca Clásica, 1996.

06 junio, 2008

El oscilante poder de los símbolos

Comentario de "La sombra del púgil" publicado el sábado pasado en ADN Cultura, diario La Nación, Buenos Aires, Argentina



Por Soledad Quereilhac

Para LA NACION



Toda familia, cuando acaba de dispersarse, conserva un símbolo que siempre, en adelante, evocará para sus miembros la noción de hogar." Con este epígrafe de la escritora británica Rumer Godden comienza la nueva novela de Eduardo Berti, La sombra del púgil , y puede decirse que en este caso la cita funciona, efectivamente, como sintética y eficaz clave de lectura. Porque en esta novela situada en Buenos Aires, que reconstruye una historia familiar vista desde los recuerdos de tres hijos varones, hay, al menos, dos símbolos que condensan esa mezcla irrepetible de asombro, afecto y entendimiento a medias que caracteriza las vivencias de la infancia: un reloj antiguo con forma de catedral, propiedad de dos tías solteronas, y la figura de un mítico boxeador, escondida en el pasado del cerrajero, a la sazón también relojero, del barrio. Objetos y figuras del pasado que, con el correr del tiempo, se despegan del resto del escenario caduco y cobran la fuerza de símbolos en donde las líneas de la percepción, las relaciones filiales y los relatos orales se intersecan con particular sentido. Gracias a la presencia de esos dos símbolos, La sombra del púgil hace transitar su historia por un doble carril: el que recupera la mirada infantil, aquella que se fascinaba con el boxeador-superhéroe del barrio o que, en cada visita a las tías, sospechaba que el arrítmico reloj era una "criatura viva"; y el que sigue el surgimiento de la mirada adulta, aquella que repone el costado sórdido del otrora púgil, o que finalmente descubre ese "factor terrenal y no tan arbitrario" que debía poner a andar el reloj, "un factor que entonces se nos escapaba."



Traductor, guionista y periodista cultural, Eduardo Berti es autor de los libros de cuentos Los pájaros (1994)y La vida imposible (2002), así como de las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999) y Todos los Funes (2004), esta última finalista del Premio Herralde. Su cuarta novela es, en varios sentidos, diferente de su producción anterior, ya que es la primera que se sitúa en Buenos Aires, en un tiempo relativamente cercano, y que está narrada por una curiosa voz en primera persona del plural, cuyo pacto con el lector es más íntimo, y su tono, ciertamente coloquial. Con todo, la continuidad con sus libros anteriores está presente en la reaparición del recurso de la rescritura como atizador de la ficción: así como en La mujer de Wakefield, Berti retomaba elementos apenas insinuados en el célebre relato de Nathaniel Hawthorne, y en Todos los Funes jugaba con el conjunto de personajes literarios de apellido homónimo, en La sombra del púgil esa rescritura ya no dialoga con la tradición libresca, sino que es lo que parece hacer avanzar, tanto a nivel de la historia como del funcionamiento discursivo de esa familia, las diferentes versiones de los hechos, que se van completando o contradiciendo a medida que se suman años y secretos develados.



Así, la historia de Justino, el púgil del título, que el padre va narrando noche a noche en la sobremesa con arrebatos algo fantasiosos (para deleite de sus hijos), se retoma más tarde con la información aportada por la madre, por los hijos ya adultos y, sobre todo, por la irrupción de jugosas cartas de amor. Esta historia se ensambla también con las súbitas resucitaciones del "reloj catedral", detrás de las cuales vela, efectivamente, la sombra del púgil, devenido relojero.



Entre los aciertos de esta trama familiar que sabe aprovechar el oscilante poder evocador de los símbolos cuando ellos pertenecen al pasado, está sin duda la original construcción de la voz narradora, una especie de colectivo interpersonal que al decir "nosotros" produce más extrañamiento que tranquilidad. Porque ese plural, que remite a los tres hermanos varones a la vez, parece ser en realidad, por momentos, una voz singular móvil, adjudicable a uno de los hermanos por su modo de referirse a los otros dos; pero en otras ocasiones, esa voz parece pertenecer a un punto de vista en tercera persona, cercano en las vivencias aunque distante en su mirada de conjunto. Por último, esa voz también remite a una enunciación generacional, aunque no en términos extendidos socialmente, sino acotada a la generación de los hijos en ese escalafón familiar particular. En todo caso, el efecto mayor de ese colectivo es el de reforzar la relación de pertenencia de estas voces con la familia de la infancia, una relación que ya no existe en la adultez sino bajo la forma de la nostalgia.



El tiempo histórico también ingresa en la novela, aunque en las formas en que este suele dejar sus marcas cuando la percepción es la de un niño amparado en el seno de su familia: los años de la dictadura, atisbados en algunas incómodas anécdotas con el padre; o el aún vigente estrellato mediático del boxeo, acaso su última marca posible en una memoria infantil, ya que la generación siguiente solo podrá jactarse de la fascinación por Titanes en el Ring . Todo este universo novelístico se va tejiendo gracias a otra afortunada elección formal: la de un registro coloquial efectivo por su artificialidad, por su articulación de lo aprendido en literaturas rioplatenses anteriores con una búsqueda estrictamente literaria de distanciar el lenguaje de sus usos más frecuentes y hacerlo hablar un estilo nuevo.



La sombra del púgil es, en este sentido, de esas pocas novelas que, tras la fluidez de su trama, tras el efecto adictivo de lectura que despierta ese micro-mundo de tías, relojes y boxeo, permite detectar un trabajo consciente con las formas, una relación no inocente con la literatura.

05 junio, 2008

La adivinación




En su edición del “Bowushi” (“Relación de las cosas del mundo”), libro que el chino Zhang Hua (232-300) escribiera en nuestro siglo III, Yao Ning y Gabriel García-Noblejas se detienen en el arte de la adivinación en China, una práctica que desde tiempos muy remotos conoció diversos tipos.

La oniromancia (o adivinación del futuro mediante los sueños) no fue, según parece, la práctica más difundida de todas en la antigua China.

La espatulomancia estuvo muy en boga a finales de la dinastía Zhou (siglo XII a siglo III a. C.) y consistía en usar huesos de ciervo o caparazones de tortuga y en interpretar las grietas que en ellos aparecían después de calentarlos un rato al fuego.

La geomancia, que puede considerarse una de las artes adivinatorias más propiamente chinas, consistía en analizar muy a fondo la forma de los montes, la dirección de los vientos o la altura de los puentes más cercanos, entre otros factores semejantes, antes de tomar la decisión de edificar (o no) una casa en tal o cual lugar.

También estaban, entre otras artes adivinatorias, la fisiomancia (la adivinación a partir de los rasgos físicos de quien desea conocer el futuro), la astrología (“tipo de adivinación reservado para asuntos de Estado”) y hasta la ornitomancia que tomaba en cuenta el vuelo de las aves.

04 junio, 2008

Más sobre Chejov

Chejov es el padre del cuento moderno; su formidable influjo todavía se hace sentir en todas partes. Cuando publicó "Dublineses", en 1914, James Joyce sostuvo, llamativamente, que no había leído a Chejov (desde 1903, había ediciones inglesas de la mayoría de sus obras), pero esta referencia precisa peca de gran falsedad. "Dublineses", una de las obras más admirables que se hayan publicado jamás dentro del género, debe mucho a Chejov. En otras palabras, Chejov liberó la imaginación de Joyce del mismo modo en que, más tarde, el ejemplo de Joyce liberaría la de otros.

¿Cuál es la esencia del cuento chejoviano? “Era hora de que los escritores, especialmente los que son artistas, reconocieran que en este mundo nada se comprende”, escribió Chejov a un amigo. A mi entender, quiso decir que debemos observar la vida en toda su banalidad, su tragicomedia, y rehusarnos a juzgarla. Rehusarnos a condenarla y a ensalzarla. Registrar las acciones humanas tal como son y dejar que hablen por sí solas (hasta donde puedan hacerlo), sin manipularlas, censurarlas ni elogiarlas. De ahí su famosa réplica, cuando le pidieron que definiera la vida: “¿Me preguntan qué es la vida? Es como si me preguntaran qué es una zanahoria. Una zanahoria es una zanahoria y punto”. Las inferencias de esta cosmovisión, expresadas en sus cuentos, han ejercido un influjo asombroso. Katherine Mansfield y Joyce fueron de los primeros en escribir con una mentalidad chejoviana, pero la frialdad desapasionada e impávida de Chejov frente a la condición humana resuena en escritores tan disímiles como William Trevor y Raymond Carver; Elizabeth Bowen, John Cheever, Muriel Spark y Alice Munro.

(William Boyd: "Larga vida al cuento")

03 junio, 2008

Cuadernos torrenciales


Fragmento del extenso artículo de Leopoldo Brizuela acerca del “Cuaderno de notas” de Anton Chéjov, publicado por la editorial La Compañía.


Por Leopoldo Brizuela



Quizá porque su obra logró ser una casi perfecta "imitación de la vida", pocas cosas se recuerdan de la historia de Anton Chejov como dos o tres secuencias ligadas a su muerte en 1904. Y a su inmortalidad. Los últimos días en el sanatorio alemán de Baden Wailer, que inspiraron a escritores tan lejanos y diversos como Irène Némirovsky, Raymond Carver o Griselda Gambaro. La leyenda de la llegada de sus restos a una gran estación rusa atestada de lectores devotos, en un vagón frigorífico donde, por lo común, se transportaban ostras. Y, por fin, el hallazgo de unos cuantos cuadernos torrenciales, titulados, sin ningún rigor, "Pensamientos, "Imágenes", "Anécdotas", de apariencia humildísima y caótica, de cuya importancia nunca cupo duda. Pero cuya edición ha venido corriendo, también, las suertes más diversas.


En 1921, dos intelectuales tan honestos y admirables como Leonard y Virginia Woolf encargaron a un cierto señor Skotelianski una primera selección de esta obra, que se publicó en Londres, en la Hogarth Press; la selección es a tal punto económica, que no solo descarta "entradas" nimias o repetidas, sino que mutila frases y despoja al estilo de Chejov de todo tipo de sugerencia o ambigüedad. Setenta años más tarde, un editor de Moscú, en un afán de hacer justicia que seguramente excedía los "crímenes" del señor Skotelianski, decidió publicar los cuadernos en su abrumadora totalidad: no solo incluye las observaciones de Chejov sobre la vida cotidiana, sus reflexiones y los apuntes para futuras obras, sino también las listas de compras y de gastos diarios, los fragmentos de cuentos que ya habían aparecido publicados en vida de Chejov, recetas médicas copiadas textualmente de los manuales. Juzgándolas poco interesantes aun para el más exhaustivo de los críticos -aunque nunca se sabe-, La Compañía, en esta edición porteña, ha optado por un criterio intermedio que pone de relieve la riqueza y originalidad del legado chejoviano.

Escritos durante los últimos trece años de vida de Chejov, al pie o al margen de sus grandes cuentos y piezas teatrales, estos Cuadernos de notas son, en verdad, únicos en su género. No se trata de un "diario íntimo": los pasajes autobiográficos o confesionales son escasísimos y, por lo común, están velados por el uso de una tercera persona y de iniciales, que vuelven casi imposible afirmar la identidad. El lector encontrará a Chejov mucho menos en los deliciosos hechos narrados que en la mirada que supo entender su importancia más allá de la nimiedad aparente, y en la voz -ese tono inconfundible- que los pone en palabras.-

Versión completa: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1016113

La Compañía: www.editoriallacompania.com

01 junio, 2008

Chejov y su "Cuaderno de notas"

Cuando fundamos con David Fajn y Eduardo Milewicz la editorial La Compañía nos propusimos, entre otras cosas, rescatar una serie de libros o de autores que por diferentes razones nunca estuvieron traducidos al castellano o que se habían vuelto inhallables en su versión española.

Con ese espíritu publicamos hoy, 1ero de junio de 2008, nuestro tercer título: “Cuaderno de notas” de Anton Chéjov, con traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela y una introducción a cargo de Vlady Kociancich.




Maestro del cuento, eximio autor teatral, Anton P. Chéjov (1860-1904) llevó hasta su muerte varios cuadernos de notas que constituyen un registro puntilloso de su labor creativa. Estos textos por fin son rescatados y resultan indispensables para entender cómo trabajaba y cómo veía el mundo el genial escritor ruso.

En su edición de ayer, el suplemento ADN del diario La Nación de Buenos Aires (Argentina) publica un anticipo de nuestro libro.
Algunos fragmentos del “Cuaderno de notas” de Chéjov:


Si la humanidad ha llegado a concebir la historia como una serie de batallas, es porque antes consideró que la lucha era esencial para la vida.

Iván no respeta a las mujeres: espontáneo por naturaleza, las toma como son. Si uno escribe sobre las mujeres, quiéralo o no, está obligado a escribir también sobre el amor.

El deseo de servir al bien común debe ser también una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí, si nace solo de consideraciones teóricas o de otro tipo, no sirve.

Los hipócritas ordinarios aparentan ser palomas; los hipócritas de la política y de la literatura, águilas. Que su aire aquilino no te intimide. No son águilas, solo ratas, o perros.

Siendo la diferencia entre los climas, las mentalidades, las energías, los gustos, las edades y los puntos de vista, un dato incontestable, la igualdad de los hombres jamás será posible. La desigualdad debe considerarse, por tanto, como una ley inmodificable de la naturaleza. Pero nosotros somos capaces de volver inocua esta desigualdad, como lo hacemos con la lluvia o con los osos. A este respecto, la educación y la cultura harán grandes conquistas. Un científico ha podido lograr, de manera excelente, que un gato, una rata, un halcón y un gorrión coman de la misma escudilla.

El pueblo son aquellos más brutos y más sucios que nosotros; y nosotros, nosotros jamás somos el pueblo. La dirección general de impuestos nos divide en simples contribuyentes y en privilegiados... Pero ningún distingo es válido: pueblo somos todos, y nuestras mejores obras son las obras del pueblo.

Ahora la gente se vuela la tapa de los sesos porque está harta de la vida o por razones semejantes; en otra época, por haber malgastado dinero del erario público.

Los viejos son voraces.

¿Por qué a Hamlet lo obsesionan tanto las visiones del más allá, cuando nuestra vida real está presa de imágenes mucho más horribles?

Pedí a un músico muy conocido una entrada para un joven; me respondió: "Se ve que usted no es músico". Le respondí: "Se ve que usted es rico".

Envidia tanto que bizquea.

Alabamos todo aquello que tememos.

Lo que sentimos cuando estamos enamorados es, probablemente, normal. El estado amoroso indica a cada persona cómo debe ser.

------------------------------------------------------------------------------

Link al artículo en ADN:

http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1016463

Editorial La Compañía

www.editoriallacompania.com