29 julio, 2008

Kafka y la fotografía


Por Eduardo Berti


Primavera de Praga, pero de 1921. Dos aparatos de fotografía recién inventados en el extranjero son instalados en un lugar público del centro de la ciudad. Un joven de 18 años, Gustav Janouch, lleva a Franz Kafka a ver la novedad. Hace un año que se conocen, luego de que el padre de Janouch los presentara con el propósito de que su hijo diera a leer a Kafka sus poemas de juventud. El autor de "El castillo" ha adoptado al muchacho como un hermano menor, si no como un hijo.

-- Por unas coronas uno puede fotografiarse bajo todos los ángulos -- dice Janouch--. Este aparato es un conócete a ti mismo.

-- Un desconócete a ti mismo, querrás decir -- responde Kafka.

Janouch protesta: una máquina por el estilo no miente, es fiel y exacta. "¿Quién te dijo eso?", ríe Kafka. La fotografía, según él, "concentra la mirada en la superficie y por lo tanto oscurece la vida secreta". La fotografía consiste en una "mirada de mosca", infinitamente simple.

Lejos de allí, por esos mismos años, el poeta norteamericano Wallace Stevens, también empleado --como Kafka-- en una oficina de seguros, ha de escribir: "La mayoría de los aparatos modernos destinados a reproducir la vida --entre ellos las cámaras de fotos -- en realidad no hacen sino repudiarla".




La declaración de Kafka contra la fotografía (y, por añadidura, contra la mimesis) sobrevivió gracias a que Janouch tuvo el buen tino de anotar sus charlas, día tras día, en una especie de libreta. Del libro llegaron a editarse dos versiones: a la primera, de 1951, le siguió otra aumentada en 1968, año de la muerte de Janouch, convertido finalmente en compositor y crítico musical.

En otro pasaje del libro, Kafka y Janouch tropiezan con un cuadro de Picasso. "He aquí alguien que deforma a gusto", dice el joven. Kafka no está de acuerdo con la frase. "Lo que hace es advertir las deformidades que nuestra conciencia aún no captó", le dice. "El arte es un espejo que avanza como un reloj". ~

25 julio, 2008

La rigidez



En su libro “La risa”, Henri Bergson se propuso –entre otras cosas- determinar las causas de lo cómico. Qué nos hace reír y por qué.

Entre sus conclusiones centrales, Bergson sostuvo que la “rigidez” constituye una de las bases de lo cómico. Todo mecanismo automático (todo “automatismo ciego”) suele ser cómico, postula Bergson. Las repeticiones mueven a menudo a risa: repeticiones de una palabra, de un rasgo en un personaje; pero, ante todo, las repeticiones de acciones o las inversiones simétricas (la idea del “mundo al revés”).

Hay muchos ejemplos de rigidez que causa risa. El cuento de Leo Maslíah que publiqué hace ya algunos meses en este mismo blog, el de los habitantes que cumplen la ley de atrasar la hora con total rigidez, es una excelente muestra.
(Ver: http://eduardoberti.blogspot.com/2007/12/el-cambio-de-hora.html)

Un chiste perdido de Les Luthiers es otro buen ejemplo: alguien quiere llamar por teléfono, mientras murmura el número: “Cuatro, tres, cuatro, dos, quince…”, y allí se detiene por no encontrar el número quince.

Un muy breve cuento del escritor de lengua francesa Jacques Sternberg es bastante ilustrativo: un hombre es acusado de robar un auto y por lo tanto debe presentarse ante la justicia; para hacerlo (para dirigirse al tribunal) roba otro auto…

Hace dos o tres semanas, leyendo un diario, me encontré con una noticia que parece inspirada en Bergson y en Sternberg. “Detienen a un hombre por conducir sin licencia cuando iba a un juicio por conducir sin licencia”, rezaba el titular que, obviamente, atrajo mi atención. El episodio ocurrió en España, en Galicia. El despacho informativo dice, a grandes rasgos: “Agentes de la Guardia Civil de Tráfico del Destacamento de Monforte de Lemos (Lugo) detuvieron el pasado miércoles a un vecino de Orense como presunto autor de un delito contra la seguridad colectiva al conducir sin haber obtenido nunca el permiso. El hombre se dirigía a un juicio por el mismo motivo (…) Cuando por fin el infractor llegó a los tribunales de Monforte acompañado por los agentes, para ser juzgado por su acción anterior, iba ya imputado por otra similar”.

23 julio, 2008

Las dos muertes de Ramón


Por Eduardo Berti

Menuda sopresa debe haberse llevado Ramón Gómez de la Serna cuando, la mañana del jueves 15 de septiembre de 1927, abrió un diario madrileño y se encontró con que había muerto. La nota necrológica por suerte era elogiosa. "El telégrafo acaba de cominicarnos la dolorosa noticia... bla, bla, bla.... Desaparece el fino humorista en la plenitud de su talento…”. En aquel tiempo, Ramón escribía una sección en El Sol (otro diario, para el cual él seguía vivo), una columna titulada Horacio pero que ese día, estrenando cadáver, él prefirió llamarla Osario.

Lejos estaba Ramón de su segunda muerte, la verdadera, ocurrida en Buenos Aires en enero de 1963. Y como esta primera muerte no le había quitado el apetito, se dirigió a un restaurante con el diario de su fallecimiento bajo el brazo. Por la noche, ya en su casa, leyó los telegramas de condolencias. ¿No contestarlos sería una descortesía? Más le preocupaba otra cosa: la indumentaria. "El que ha sido dado por muerto, ¿debe vestirse de una forma especial? ¿Debe ponerse luto en el sombrero? ¿Quizás un brazal? ¿Una corbata negra?".

De la Serna contaba por entonces 39 años y ya tenía, como le gustaba afirmar, "el brazo derecho más largo que el izquierdo de tanto escribir". Acababa de inventar las greguerías (su hallazgo fundamental, mezcla de metáfora y humorismo) y siete años atrás había editado los hilarantes relatos de El doctor inverosímil. Sospecho que a ese médico enfrentado a casos siempre imposibles no le habría sombrado tanto que un hombre pudiese morir dos veces. "Todos tenemos que morir porque estamos asesinados", creía el doctor. "Tenemos toda la sangre dentro, toda la sangre como en un crimen".

21 julio, 2008

Historias



Si se pudiera dar nombre a todo lo que sucede, sobrarían las historias. Tal y como son aquí las cosas, la vida suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra y entonces hay que relatar una historia.

John Berger

19 julio, 2008

Lo gótico



-No me gusta mirar hacia abajo –dijo ella-. Por eso me atraen la pintura y la arquitectura góticas, que te obligan a alzar los ojos. El gótico eleva las líneas, hace que señalen al cielo.

-En cambio a mí me parece que señalar es de mala educación –dijo Mr. Murrel-; esas líneas a las que aludes ya deberían saber que estamos perfectamente al tanto de la existencia del cielo.


G.K. Chesterton: “El regreso de don Quijote”

17 julio, 2008

Aspectos de la novela

Ya que el propio novelista es un ser humano, se da una afinidad entre él y su tema de estudio que no existe en muchas otras formas de arte (…). El pintor y el escultor no necesitan estar ligados, es decir, no tienen por qué representar seres humanos –a menos que así lo deseen-, como tampoco el poeta, y, por último, el músico puede no representarlos si así lo desea.


En el teatro, toda felicidad o sufrimiento toman obligatoriamente la forma de la acción. De otro modo, su existencia es ignorada. Esta es la gran diferencia entre el teatro y la novela.


En la vida diaria nunca nos entendemos, no existe ni la completa clarividencia ni la sinceridad total. Nos conocemos por aproximación y por signos externos, los que funcionan bastante bien como base de la sociedad e incluso de la intimidad. Pero la gente en una novela, si el novelista lo desea, puede ser comprendida del todo por el lector. Su vida interna puede revelarse tanto como su vida externa. Por ello, a menudo, ésta parece más definida que la de ciertos personajes históricos o la de nuestros amigos; se nos ha dicho de ellos todo cuanto puede decirse; incluso si son imperfectos o irreales no esconden ningún secreto, mientras nuestros amigos sí lo hacen.


Tres fragmentos de “Aspectos de la novela”, de E.M. Forster, publicado por editorial Debate.

15 julio, 2008

La ira de Dios


Una de las principales dificultades para ver en el terremoto de Lisboa (1755) la ira de Dios: la mayoría de las iglesias de Lisboa quedaron destruidas; el Bairro Alto, donde estaban los prostíbulos, resultó indemne.


Adolfo Bioy Casares, "De jardines ajenos"

14 julio, 2008

Las cosas mismas

El ciego pronunciaba y repetía las palabras –la rosa, el agua, el viento-, con un deleite sonriente y estático, porque para él eran las cosas mismas casi, los elementos del mundo que él y ellas iban creando.

Como para el que ve, el cielo estrellado, era para él el mundo de las palabras.


Juan Ramón Jiménez, “Actualidad y futuro”

13 julio, 2008

Libros y prostitutas

1
Los libros y las prostitutas pueden llevarse a la cama.

2
Los libros y las prostitutas entrecruzan el tiempo. Dominan la noche como el día y el día como la noche.

3.
Nadie nota en los libros ni en las prostitutas que los minutos les son preciosos. Sólo al intimar un poco más con ellos, se advierte cuánta prisa tienen. No dejan de calcular mientras nosotros nos adentramos en ellos.

4.
Los libros y las prostitutas se han amado desde siempre con un amor desgraciado.

5
Los libros y las prostitutas tienen cada cual su tipo de hombres que viven de ellos y los atormentan. A los libros, los críticos.

6
Libros y prostitutas en casas públicas... para estudiantes.





Walter Benjamin


7
Libros y prostitutas : raras veces verá su final quien los haya poseido. Suelen desaparecer antes de perecer.

8
Qué gustosa y embusteramente cuentan los libros y las prostitutas cómo han legado a ser lo que son. En realidad, muchas veces ni ellos mismos se dan cuenta. Durante años se cede a todo “por amor”, hasta que un buen día aparece en la calle, convertido en un voluminoso “corpus” que se pone en venta, aquello que, “por amor a la causa”, nunca había pasado de ser un vago proyecto.

9
A los libros y las prostitutas les gusta lucir el lomo cuando se exhiben.

10
Los libros y las prostitutas se multiplican mucho.

11
Libros y prostitutas: "vieja beata – joven golfa –". ¡De cuantos proscritos antaño no ha de aprender hoy la juventud!

12
Los libros y las prostitutas ventilan sus discusiones en público.

13.
Libros y prostitutas: las notas al pie de páginas son para aquellos lo que, para éstas, los billetes en las medias.


Walter Benjamin, “Dirección única” (Alfaguara).
Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar
.

11 julio, 2008

Presente



Aunque fueras a vivir tres mil años y otras tantas veces diez mil, recuerda, sin embargo, que nadie pierde otra vida que esta que vive, y no vive otra que la que pierde. De manera que lo mismo significar terminar lo más largo o lo más breve. Pues el presente es igual para todos y, por lo tanto, es igual lo que se pierde… Porque ni el pasado ni el futuro nadie podría perdérselo. Porque cómo podría uno desprenderse de lo que no se tiene. Recuerda siempre, entonces, estas dos cosas: una, que todas las cosas son desde la eternidad de igual aspecto, que se repiten cíclicamente, y que en nada difiere que uno las vea durante cien o doscientos años o en un tiempo infinito; la otra, que tanto el que vive muchísimo tiempo como el que ha de morir enseguida, sufren la misma pérdida. Dado que sólo es el presente del que han de ser privados, porque sólo se tiene éste. Lo que uno no tiene, no lo pierde.


Marco Aurelio, “Meditaciones”

10 julio, 2008

Soledad en compañía

No te sorprenda en nada que rechace
tu invitación
para una cena de trescientos, Néstor:
No me gusta cenar a solas.



Epigrama de Marcial (39 ó 40-102), traducido por José Emilio Pacheco.

09 julio, 2008

Citas de René Char



Las mujeres son amorosas y los hombres son solitarios. Ellos se vuelven mutuamente a la soledad y al amor.


No se puede comenzar un poema sin una partícula de error sobre sí y sobre el mundo, sin un defecto de inocencia en las primeras palabras.


El poeta recomienda: “Inclínate, inclínate más”. Él no siempre sale indemne de ese episodio, pero como el pobre, dice que se libra partiendo a la eternidad de un olivo.


Traducción de Wilfredo Carrizales.

Más textos de Char traducidos por Carrizales en el siempre interesante sitio de “Letralia”:

http://www.letralia.com

08 julio, 2008

La primera novela neoyorquina

Por Eduardo Berti

Suele decirse que ninguna obra importante de ficción había sido consagrada a Manhattan hasta la "Historia de Nueva York desde el inicio del mundo hasta el fin de la dominación holandesa", publicada en 1809 por Washington Irving bajo el nombre de un autor ficticio: Diedrick Knickerbocker.

La novela de Irving está dividida en siete “libros” o secciones, cada cual de unos siete a diez capítulos en los que, parodiando el estilo de los historiadores y entre profusas digresiones a lo Sterne, el narrador desmitifica los orígenes no sólo de Manhattan, sino de los Estados Unidos en general, y retrata la época menos conocida de Nueva York: la de su fundación bajo el nombre de Nueva Amsterdam.




La historia real, sobre la cual se basa Irving, es así: en busca de una nueva ruta hacia las Indias, el navegante Henry Hudson, a las órdenes de una compañía naviera holandesa, descubrió en 1609 la isla de Manhattan, ocupada por los mohicanos; cuatro años más tarde, treinta familias holandesas se instalaron ahí mismo, en una fortificación, y en 1626 la pequeña colonia pasó a llamarse Nueva Holanda. El primer gobernador general, Peter Minuit, le compró la isla a los indios Algonquins por veinticuatro dólares, pero la transacción fue una estafa: la tribu vendedora no poseía ningún título legal, ni cosa semejante, ya que la misma noción de “propiedad” no existía en su cultura nómada.

En la novela de Irving abunda lo legendario: un relato de los Mohawks explica el origen del mundo y aparecen personajes míticos como el holandés Peter Stuyvesant, director general de la colonia de Nueva Holanda entre 1647 y 1664.

El propio narrador se atreve a inventar su propia leyenda, referida al continente americano: “Noé, el primer navegante del que oímos hablar, engendró tres hijos, Sem, Cham y Jafet”, sostiene. “A Sem le dio Asia, a Cham le dio Africa y a Jafet, Europa. Debemos lamentar que no tuviera más de tres hijos, porque de haber tenido un cuarto, éste sin duda hubiese heredado el continente americano, que de esta forma habría sido arrancado de la oscuridad”. Todo esto explica, escribe Irving, “por qué América no vino al mundo al mismo tiempo que las otras tres partes del planeta”.

Lo mismo que el Quijote, la novela atribuida a Knickerbocker es presentada al lector como un manuscrito hallado. En un prólogo, un hotelero llamado Seth Handaside cuenta que en el otoño de 1808 un extranjero fue a pedir albergue en su hotel de Mulberry Street. Era un anciano de aspecto extravagante, que cargaba unos papeles y buscaba “la inmortalidad”. El huésped, quién otro que Knickerbocker, desapareció de un día para el otro, pero no así los papeles que contenían, desde luego, la Historia de Nueva York.~

07 julio, 2008

Dos políticos

Dos políticos cambiaban ideas asobre las recompensas del servicio público.

-La recompensa que yo más deseo -dijo el primer político- es la gratitud de mis conciudadanos.

-Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el segundo político-, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.

Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el primer político murmuró:

-En fin, ¡que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.

Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.


Ambrose Bierce, "Fábulas fantásticas".

06 julio, 2008

Mala boda

(EFE) Una joven italiana pidió una indemnización de 23.000 euros a la tienda que confeccionó su vestido de novia y que le arruinó su boda porque se descosió de tal manera que quedó semidesnuda ante familiares e invitados, informó hoy la agencia ANSA.


En el juicio que comenzó ayer, la novia exigió esa cantidad de dinero como resarcimiento por el incidente, que le impidió además hacerse las tradicionales fotografías de boda en una ceremonia que tuvo lugar en 2006 en la localidad italiana de Rapallo (norte).

Pocas semanas después de haberse casado, el matrimonio decidió separase.


Publicado en el "Diario de Ibiza", el 5/7/08

05 julio, 2008

Paul-Jean Toulet



El enamorado que viaja para olvidar es un jorobado que espera dejar su joroba en China.

Se sufre mejor, de quien amamos, la crueldad que la indiferencia.

Estar celoso de su propio pasado no es del todo imposible.


Paul-Jean Toulet (1867-1920): "Le carnet de M. du Paur" (Traducción de Eduardo Berti).~

04 julio, 2008

El cazador de las últimas miradas

Por Eduardo Berti

El fisiólogo alemán Wilhelm Kühne nació en 1837 en Hamburgo, estudió en Berlín, París y Viena, y luego de trabajar un tiempo en Amsterdam fue nombrado profesor en Heidelberg, ciudad donde murió en 1900. En su tiempo fue un científico de renombre. No sólo acuñó el término “enzima”, sino que hizo aportes novedosos a la química de la digestión o a la fisiología del músculo.

Conocido también por sus trabajos acerca de la influencia de la luz en la retina, Kühne fue el gran precursor de una técnica llamada “optografía”, la que consiste en fotografiar los ojos de seres humanos o de animales muertos con el objeto de extraer de sus retinas la última imagen vista antes de expirar.




Según se cuenta, Kühne tropezó con esta técnica por accidente. Corría 1881 y estaba examinando una rana recién muerta cuando en la retina de ésta detectó algo curioso: un fiel retrato del mechero Bunsen de su propio laboratorio. En los minutos previos a su muerte, la rana había observado fijamente ese mechero; ahora Kühne contemplaba aquella imagen como si fuera una foto para la posteridad. Por supuesto, el profesor quiso seguir investigando. Para ello recurrió a conejos, a más ranas, y llegó a la conclusión de que ciertas imágenes brillantes y de alto contraste permanecían impresas en la retina veinte minutos o hasta media hora después de la muerte.

El profesor Kühne no fue el primero en entusiasmarse con la optografía. Acaso el pionero haya sido un monje jesuita del siglo XVII llamado Christopher Schiener. También se sabe que en 1863 un fotógrafo inglés, William H. Warner, llevó a cabo estudios semejantes y le propuso a Scotland Yard la aplicación forense de las imágenes optográficas. ¿Estaba el profesor Kühne al tanto de esto? ¿Sabía que en 1864 la policía de Florencia había pensado en resolver tres asesinatos en serie solicitándole a un tal Alinari, primer fotógrafo de la ciudad, que inspeccionara los ojos de las víctimas? Más aun, ¿estaba Kühne al tanto de que en 1865 un francés apellidado Bourion había presentado una serie de optogramas en la Sociedad de Medicina Legal de su país? Si bien Kühne había estudiado de joven en París, nada menos que con Claude Bernard, lo había hecho alrededor de 1860.


En diversos ensayos se ha indicado que Kühne nunca pensó en una aplicación criminológica de sus investigaciones. No obstante, el profesor pasó a la historia por obtener en 1880 el único optograma humano públicamente conocido (si alguien más --policía o científico-- llegó a emplear la técnica antes o después de esa fecha, jamás trascendió ninguna foto ni ningún dibujo) y el episodio estuvo vinculado a un hecho criminal: en el pequeño pueblo de Bruchsal el joven Erhard Gustav Reif fue ejecutado tras haber acusársele de asesinato. Apenas cayó la guillotina, Kühne extrajo su retina, la analizó y dibujó un optograma.


Un siglo después de esta experiencia, en la misma ciudad de Heidelberg donde muriera Kühne, el científico Evangelos Alexandridis llegó a la conclusión de que, en efecto, los ojos “fotografían” lo último que han visto, pero que el empleo forense de este fenómeno es casi imposible ya que para obtener una imagen de óptima definición un supuesto asesino debería permanecer un larguísimo rato frente a su víctima, sin moverse y expuesto a una luz abundante.

Como es lógico, la optografía fascinó y sigue fascinando a la prensa sensacionalista (un diario inglés tituló que en los ojos de un muerto se había hallado un testamento escrito por él y de inmediato destrozado antes de suicidarse) y a escritores y artistas en general. Dan cuenta de esta técnica una novela ignota de Jules Claretie (“L’Oeuil du Mort”), un viejo cuento de Rudyard Kipling (“At the end of the passage”) y hasta la obra mucho más reciente del artista Derek Ogbourne, quien ha afirmado: “Lo que más me atrae de la optografía es que el optograma existe en la delgada frontera entre la existencia y la no existencia. Qué cerca de la verdad estuvo Roland Barthes cuando en algún ensayo trazó un paralelo entre la fotografía y la muerte”.~

03 julio, 2008

El tití

El tití es un mono trepador de uñas muy largas. Un tigre al que le picaba el cráneo le pidió a un tití que le rascara la cabeza. A la larga, el tití hizo un pequeño hoyo en el cráneo del tigre, pero éste no se dio cuenta ya que estaba sumido en el placer. El tití comenzó a comerse los sesos del tigre y varias veces le ofreció a éste los restos de su comida. El tigre lo declaró su fiel y devoto amigo y cada vez disfrutaba más de su companía.

Cuando ya no quedaba nada en el cráneo, el tigre fue presa de violentos dolores de cabeza. Quiso castigar al tití pero éste ya se había refugiado en la copa de un árbol. Entonces el tigre rugió, dio un último salto y cayó muerto.


El chino Feng Meng Long (1574-1645) fue autor de varios libros, desde una compilación de cuentos humorísticos hasta un bestiario del que proviene este texto.