30 octubre, 2008

René Maltête




René Maltête (1930-2000) es un fotógrafo francés cuya obra tan singular está llena de momentos insólitos y humorísticos.

Mucho más en:
www.rene.maltete.com

29 octubre, 2008

Esa maniática obsesión de escribir

El diario Crítica, de Buenos Aires, publicó ayer un artículo consagrado a las manías de los escritores a la hora de ponerse a trabajar. Un fragmento:


Apareció un libro, en Italia, que se llama Escribir es un tic y que denuncia un asunto milenario: los escritores, esos maniáticos, impulsan la inspiración con sus manías. Al escribir o, incluso, al proyectar un argumento, una frase, imaginar el nombre de un personaje o todo aquello que aparecerá impreso en un libro o todo aquello que no está en el libro, sino en sus alrededores, los escritores recurrirán a ritos obsesivos. El autor del libro, Francesco Piccolo, se refiere a esos sucesos como tics, es decir, contracción muscular y de tipo espasmódica que es involuntaria. Lo cierto es que, en este caso, más que tics parecen ser preocupaciones caprichosas. Y, salvo excepciones, más que contracciones musculares involuntarias, son extravagancias creadas a propósito.

Francesco Piccolo


Piccolo, de 44 años, escritor, guionista y profesor de la Universidad de Roma, es, sin duda, un obseso del rito ajeno. En una entrevista, este guionista de Nanni Moretti, dijo: “Sentía la necesidad de reunir una documentación práctica para mostrar que el oficio de escribir tiene sus reglas y no se parece en nada a esa imaginería de colegial tan falsa”. Por ese motivo Piccolo exprimió el anecdotario y sacó ritos y manías de escritores de todos los tiempos. A raíz de este libro ya no cabe duda de que la manía abarca la literatura universal.

Piccolo construye un mapa de caprichos y escribe que al ruso León Tolstoi, maniático de estilo monacal, le gustaba el silencio y la soledad. Una sola interrupción, un ruido impensado y una obra maestra se quedaba en el basurero. Otro solitario aparece en Italia y es Claudio Magris. Su soledad, eso sí, es peculiar; él la encuentra en las cafeterías, rodeado de otros solitarios (“La cafetería es un aislamiento especial, es el sitio donde la soledad se verifica en medio de los demás”, ha dicho el autor de Microcosmos). Pero, ya en Francia, a Sartre también le gustaba el ruido. En los cafés, con meseros equilibrando copas, Sartre elucubraba sobre el existencialismo. Marguerite Duras se llevaba el bar a su escritorio y simplificaba la inspiración con una botella de whisky a su lado. Manía estética sacó el belga Georges Simenon que sólo escribe uniformado siempre con la misma camisa.

También, en torno a las obsesiones más clásicas, incluso más allá del libro de Piccolo, surgen dos bandos: los madrugadores y los noctámbulos. La selección de madrugadores la integra, con jineta de insomne, Paul Valéry: sólo puede escribir entre 4 y 7 de la mañana. Alberto Moravia se suma a esta selección. Por Perú saca la cara Mario Vargas Llosa que empieza la escritura a las 7 de la mañana. El español Juan José Millás le gana una hora y escribe, agregando la manía de escribir sin ingerir alimento, desde las 6 hasta las 9 de la mañana. Millás no se alimenta por un tic digestivo: una tostada y la alegría de su estómago lo haría perder la lucidez de su cerebro. Los noctámbulos arremeten liderados, otra vez, por los maniáticos de Francia: Marcel Proust, escritor de pijama, que sólo trabajaba de noche, acostado en la cama, como lo hiciera también el uruguayo Juan Carlos Onetti. Y, con respecto a las fracciones de tiempo, el angloestadounidense T. S. Eliot escribía sólo un par de horas porque a la tercera hora, pensaba él, ya no estaba inspirado. Y, englobando a todos, diurnos y nocturnos, aparece un ruso todopoderoso: Fédor Dostoievski, que escribía, compulsivo, de día y de noche, por casi 24 horas inspiradas.

Estos ritos disciplinados, claves para el desarrollo de una obra, quizás están presentes en todos los creadores. Y ahí está Toni Morrison, que escribe sólo en una pieza adornada con duendes. Isabel Allende sólo empieza una novela los 8 de enero. Mark Twain, que escribía cierto número de palabras por día. Antonio Tabucchi, que sólo escribe en cuadernos escolares. Neruda lo hacía con tinta verde. Hemingway con una pata de conejo raída en el bolsillo. El alemán Thomas Mann le leía lo escrito a toda su familia y le pedía consejos. Y Gabriel García Márquez corrige y corrige hasta que le quitan los originales de las manos.


La versión completa del texto:

http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=14452

27 octubre, 2008

Ivo Machado

El texto de Santiago Gamboa que publiqué el sábado pasado en este mismo blog me dejó con algunas preguntas: ¿existe realmente el poeta Ivo Machado, protagonista del relato? De existir y de ser cierta esta historia, ¿qué clase de poemas escuchó el aviador antes de su caída?

Para empezar, Ivo Machado existe. Nació en 1958 en la Ilha Terceira (Azores) y en 1987 se afincó en Porto. Aparte de varios libros de poemas (Alguns Anos de Pastor, 1981; Três Variações de Um Sonho, 1995; Cinco Cantos Com Lorca e Outros Poemas, 1998; Adágios de Benquerença, 2001) ha escrito obras de teatro y una novela llamada “Nunca Outros Olhos Seus Olhos Viram”.


Ivo Machado


Espero no estropear la magia del relato de Gamboa transcribiendo un breve poema de Ivo Machado:

os girassóis

os girassóis
ao longe parecem o mar
mas como podem parecer
mar
se não vejo espuma
nem sinto os silêncios
das velas no horizonte?

(los girasoles/ a los lejos se parecen al mar/ ¿pero cómo pueden parecer/ mar/ si no veo espuma / ni oigo los silencios/ de las velas en el horizonte?)

25 octubre, 2008

De poetas y aviadores

Por Santiago Gamboa (Publicado en mayo de 2008 en “El País” de Madrid)


La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca. Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio. Disculpen el tono personal. Esta historia será excesivamente personal.

El protagonista número Uno es, como ya dije, el poeta Ivo Machado, nacido en las islas Azores, pero lo que nos importa es que en su identidad civil, la de todos los días, es controlador aéreo, una de esas personas que están en las torres de control de los aeropuertos y guían a los aviones a través de las rutas del cielo.

Santiago Gamboa

La historia es la siguiente: cuando Ivo era un joven de 25 años (a mediados de los ochenta) controlaba vuelos en el aeropuerto de la isla de Santa María, la más grande del archipiélago de las Azores, en mitad del Atlántico, equidistante de Europa y América del Norte.

Una noche, al llegar a su trabajo, el jefe le dijo:

-Hoy dirigirás un solo avión.

Ivo se extrañó, pues lo normal era llevar una docena de aeronaves. Entonces el jefe le explicó:

-Es un caso especial, un piloto inglés que lleva un bombardero británico de la Segunda Guerra Mundial hacia Florida para un coleccionista de aviones que lo compró en una subasta en Londres. Hizo escala aquí y continuó hacia Canadá, pues tiene poca autonomía, pero lo sorprendió una tormenta, debió volar en zigzag y ahora le queda poca gasolina. No le alcanza para llegar a Canadá y tampoco para regresar. Caerá al mar.

Al decir esto le pasó los audífonos a Ivo.

-Debes tranquilizarlo, está muy nervioso. Dile que un destacamento de socorristas canadienses ya partió en lanchas y helicópteros hacia el lugar estimado de caída.

Ivo se puso los audífonos y empezó a hablar con el piloto, que en verdad estaba muy nervioso. Lo primero que éste quiso saber fue la temperatura del agua y si había tiburones, pero Ivo lo tranquilizó al respecto. No había. Luego empezaron a hablar en tono personal, algo infrecuente entre una torre de control y un aviador. El inglés le preguntó a Ivo qué hacía en la vida, le pidió que le hablara de sus gustos y de sus sentimientos. Ivo dijo que era poeta y el inglés pidió que recitara algo de memoria. Por suerte mi amigo recordaba algunos poemas de Walt Whitman y de Coleridge y de Emily Dickinson. Se los dijo y así pasaron un buen rato, comentando los sonetos de la vida y de la muerte y algunos pasajes de la Balada del viejo marinero, que Ivo recordaba, donde también un hombre batallaba contra la furia del mundo.

Pasó el tiempo y el aviador, ya más tranquilo, le pidió que recitara los suyos propios, y entonces Ivo, haciendo un esfuerzo, tradujo sus poemas al inglés para decírselos sólo a él, un piloto que luchaba en un viejo bombardero contra una violenta tempestad, en medio de la noche y sobre el océano, la imagen más nítida y aterradora de la soledad.

"Noto una tristeza profunda, un cierto descreimiento", le dijo el aviador, y hablaron de la vida y de los sueños y de la fragilidad de las cosas, y por supuesto del futuro, que no será de la poesía, hasta que llegó el temido momento en que la aguja de la gasolina sobrepasó el rojo y el bombardero cayó al mar.

Cuando esto sucedió el jefe de la torre de control le dijo a Ivo que se marchara a su casa. Después de una experiencia tan dura no era bueno que dirigiera a otras aeronaves.

Al día siguiente mi amigo supo el desenlace. Los socorristas encontraron el avión intacto, flotando sobre el oleaje, pero el piloto había muerto. Al chocar contra el agua una parte de la cabina se desprendió y lo golpeó en la nuca. "Ese hombre murió tranquilo", me dice hoy Ivo, "y es por eso que sigo escribiendo poesía". Meses después la IATA investigó el accidente e Ivo debió escuchar, ante un jurado, la grabación de su charla con el piloto. Lo felicitaron. Fue la única vez en la historia de la aviación en que las frecuencias de una torre de control estuvieron saturadas de versos. El hecho causó buena impresión y poco después Ivo fue trasladado al aeropuerto de Porto.

"Aún sueño con su voz", me dice Ivo, y yo lo comprendo, y pienso que siempre se debería escribir de ese modo: como si todas nuestras palabras fueran para un piloto que lucha solo, en medio de la noche, contra una violenta tempestad. -

24 octubre, 2008

Los sueños según Novalis

"El sueño, aun el más desordenado, ¿no es acaso un fenómeno singular que, sin invocar siquiera un origen divino, abre una preciosa desgarradura en la misteriosa cortina que cae, con sus mil pliegues, hasta el fondo de nuestra alma? El sueño es una protección contra la monotonía y la cotidianidad de la existencia, una libre recreación de la imaginación encadenada, que se divierte barajando las imágenes de la vida corriente e interrumpiendo la continua seriedad del hombre adulto con un divertido juego de niños. Sin el sueño, envejeceríamos más aprisa, y podemos considerar a cada uno de ellos, si no como venido directamente del cielo, por lo menos como un divino viático, un amable compañero en nuestra peregrinación hacia el santo sepulcro".


Novalis, “Enrique de Ofterdingen”

22 octubre, 2008

Yernos y suegras


“…el padre que es enemigo natural de todo hijo y de todo yerno, quienes en la madre encuentran a su aliada, tal como después de celebrada la boda será el padre aliado del yerno y éste tendrá entonces como enemiga encarnizada a la madre de la esposa…”

William Faulkner, “¡Absalón, Absalón!”

21 octubre, 2008

No pertenecer


Comentario publicado en Radar, suplemento del diario argentino P'agina 12, acerca del libro "Fantasma de la China", de Lafcadio Hearn (editorial La Compañía)

Por Sergio Kiernan

Chiquito, miope, feón y de lo más tímido, Lafcadio Hearn fue un escritor marcado por la dificultad de pertenecer a algo. Su madre era una griega fría de ascendencia maltesa, o sea una británica colonial. Su padre era un médico bastante sádico de ascendencia irlandesa, apenas menos colonial. Y él nació griego, en la isla de Lafcada, lo que le dejó un nombre rarísimo hasta para los victorianos y una nacionalidad inglesa que nunca usó. Pese a que se educó en Dublín, pese a que no perdió su acento mitad y mitad, y pese a que nunca escribió más que en inglés, Hearn desapareció de esas islas apenas pudo. Su breve vida acabó en Japón, con el nombre de Koizumi Yakumo y con una familia que al final sí lo quería.

Si Hearn no hubiera ido a Oriente nadie nunca hubiera oído de él, con lo que le debemos una a la editorial Harper & Brothers. Para cuando le pagaron el largo pasaje, en 1889, Hearn tenía treinta nueve de edad y veinte de exilio. Vivía en algún rumbo de Estados Unidos —más que nada en el sur, donde se casó con una negra, acto de coraje y provocación rarísimo en la época— con largas estadías en el Caribe. Hearn era periodista de los malos, de los que se morían literalmente de hambre y escribían con prosa rebuscada, torturé e imitada del peor Poe. Pero lo que tenía el inglesito era una tenacidad perruna. Para convencer a la Harper de enviarlo a Japón, se presentó como un experto en esa cultura. La prueba era que dos años antes, en 1887, había publicado el breve, encantador y curioso Fantasmas de la China, su cuarto libro y el primero a recordar.


No extraña que la editorial se haya dejado engañar: Hearn no hablaría chino y trabajaría con traducciones de la literatura de un país que nunca pisó, pero la atmósfera que logró es perfecta. Más de un siglo después, la nueva editorial La Compañía, dedicada a rescatar piezas literarias, acaba de publicar una traducción de Marcos Mayer que permite apreciar la notable potencia de Hearn y entender la lealtad de por vida que le dedicó a sus libros un cierto escritor ciego de Buenos Aires.

Lo que Borges le robó sin piedad a su colega fue el tono de ciertos cuentos y la manera impasible de contar aventuras exóticas sin caer en Salambó o en Salgari. Un ejemplo: “En el capítulo 38 del libro sagrado, Kan-ing-p’ien, donde se trata de la Recompensa de la Inmortalidad, puede encontrarse la leyenda de Yen-Thin-King. Han transcurrido mil años desde la muerte del buen Tchin-King; pues fue en el apogeo del período Tang cuando vivió y murió”.

La pasión de Borges por Hearn —y por Saki— es perfectamente entendible para quien lea estas leyendas. Las seis historias colocan al lector en un planeta diferente donde lo que pasó hace un siglo se comenta como lo que pasó ayer, actitud cuerda en una tierra donde se cobran impuestos y se envían cartas desde hace tres mil años. Hearn entra con el suficiente exotismo de nombres impronunciables y objetos indescriptibles, se detiene en las texturas –los durazneros en flor, la seda crujiente– y se para en el lugar exacto para ser un traductor de culturas.

Los fantasmas chinos no son, sin embargo, las tétricas criaturas de nuestra imaginación. Son espíritus que se niegan a irse porque tienen algo más que hacer por aquí o porque les da lo mismo. Se enamoran y tienen hijos con los mortales, se enojan y muerden, exigen que se respete el equilibrio del Tao y se enderecen entuertos.

Hearn terminó peleado con la Harper y se dedicó a enseñar inglés y literatura en Japón, y a seguir escribiendo. Se casó y tuvo tres hijos en una relación tan íntima que inventó con su mujer un idioma privado. Hearn murió en Tokio a los 54 años. Su hijo mayor le dedicó un libro de enorme cariño.

18 octubre, 2008

Búsqueda



Tardamos más de lo que calculan los maestros en entender la escritura como búsqueda personal de expresión. El primer aliciente para expresarse por escrito de una manera espontánea surge, precisamente, como rebeldía frente a su mandato. La ruptura con los maestros es condición necesaria para que germine la voluntad real de escribir.


Carmen Martín Gaite

17 octubre, 2008

Hojas y raíces

Un campesino labraba su campo, cuando se le acercó un oso.

-¡Campesino, te voy a matar! -gritó.

-¡No me mates! -suplicó éste-. Sembraré nabos y los repartiremos; me quedaré con las raíces y te daré las hojas.

El oso aceptó y se retiró al bosque.

Vino el tiempo de la cosecha. El campesino empezó a escarbar la tierra y a recoger los nabos; el oso salió del bosque para recibir su parte.

-¡Hola, campesino! Ha llegado el momento de que cumplas tu promesa - dijo el oso.

-Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte - contestó el campesino.

Y tras juntar todo, le llevó al bosque un carro lleno de hojas de nabo. El oso quedó satisfecho de lo que consideró un justo reparto.

Un día, el campesino cargó su carro con los nabos. Se dirigía a la ciudad, con el objeto de venderlos, cuando en el camino tropezó con el oso, que le dijo:

-¡Hola! ¿Adónde vas?

-Ya ves, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.

-Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.

No hubo más remedio que darle un nabo para que lo probase. Apenas el oso lo comió, rugió furioso:

-¡Miserable! ¡Me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y te quedarás con las hojas.

-Bien -contestó el campesino y en lugar de sembrar nabos sembró trigo.

Llegó el tiempo de recolectar y tomó para sí las espigas, que desgranó, molió y con su harina amasó y coció ricos panes, mientras que al oso le dio las raíces del trigo.


Fragmento de “El campesino, el oso y la zorra”, cuento de Aleksandr Afanasiev (1826-1871).


16 octubre, 2008

Extrañamiento



En mi entrada del 23 de septiembre de 2008 (“Los amigos”) hablaba de Julio Cortázar y de su forma de trabajar el “extrañamiento” hasta volver ignotas o novedosas las cosas a las que, por trato y rutina, estamos más acostumbrados.

Una novela de Eduardo Mendoza (“Sin noticias de Gurb”) es otro ejemplo bastante claro de extrañamiento. La novela narra las peripecias de un extraterrestre de visita en la ciudad de Barcelona. Para ello Mendoza adopta la perspectiva del extraterrestre (la novela es, en rigor, una suerte de diario de viaje que éste lleva), de tal modo que vemos la vida humana a través de sus ojos:

“Los seres humanos son cosas de tamaño variable. Los más pequeños de entre ellos lo son tanto, que si otros seres humanos más altos no los llevaran en un cochecito, no tardarían en ser pisados (y tal vez perderían la cabeza) por los de mayor altura. Los más altos raramente sobrepasan los 200 centímetros de longitud. Un dato sorprendente es que cuando yacen estirados continuan midiendo exactamente lo mismo.”

No es Mendoza el primero en apelar al recurso del marciano de visita en este planeta. Recuerdo un viejo libro de Mark Twain llamado “Cartas desde la tierra”.

En cualquier caso, el efecto que suscita esta mirada suele ser muy conveniente para la sátira social, y Mendoza sabe sacarle buen jugo:

“Según parece, los seres humanos se dividen, entre otras categoryas, en ricos y pobres. Es ésta una division a la que ellos conceden gran importancia, sin que se sepa por qué. La diferencia fundamental etnre los ricos y los pobres parece ser ésta: que los ricos, allí donde van, no pagan por más que adquieran o consuman lo que se les antoje. Los pobres, en cambio, pagan hasta por sudar”.

15 octubre, 2008

Viejos truhanes

Citaba ayer, en este blog, algunas anécdotas que narra Al-Yahiz en su “Libro de los avaros”, antiguo clásico de la literatura árabe.

En el mismo libro se ofrece, asimismo, una suerte de “catálogo de truhanes”: una clasificación de los diferentes personajes avaros y/o estafadores que podía uno cruzarse allá por el siglo IX en el mundo árabe.

Algunos ejemplos:

MJTRANI
“Te sale al paso vestido de ermitaño, haciendo notar que el jefe de una secta le cortó la raís de la lengua; después abre la boca como se hace para bostezar y no se le ve la lengua por ningún lado, aunque en realidad la tiene y es enorme”

QARASI
“Se venda una pantorrilla o un brazo apretando mucho y así pasa una noche; al estrangular la circulación sanguínea la pierna queda como tumefacta, entonces él la unta con jabón, sangre de culebra y manteca, y la faja con un emplasto de tela hecha jirones; después destapa una parte de todo ello, de modo que quien lo veo no tiene la menor duda
de eso es gangrena o algo parecido”

FILAWR
“Truca sus testículos para hacerte creer que está herniado o para fingir que tiene cancer, llagas o úlceras”.

MUSAIB
“Su ocupación es deformar a niños recién nacidos, cegándolos, tulléndolos o mancándolos, para que la familia los emplee a la hora de pedir limosna. A veces son los propios padres quienes llevan a cabo esta operación, y se sirven de su hijo o lo alquilan a un precio determinado. A veces los alquilan a personas que viajan a mendigar a Africa, siempre que sean pesonas de confianza; de lo contrario, solicitan un aval por los niños y por el alquiler”

14 octubre, 2008

Historias de avaros


La Editorial Nacional de España publicó en los años ochenta dos clásicos de la literatura árabe: “A través del islam”, de Ibn Battuta, y el “Libro de los avaros”, de Al-Yahiz, ambos con edición de Serafín Fanjul.

El segundo de estos libros es una joya casi ignorada por los lectores occidentales, pese a la fama que sigue gozando su autor en el mundo árabe.

Nacido en torno al año 776 (se desconoce la fecha exacta) en la ciudad de Basora, el verdadero nombre de Al-Yahiz era Abu Utman Amr Bahr al-Kinani al-Fuqaymi al-Basri. Lo de Al-Yahiz fue un apodo que aludía a su más visible defecto físico: “una exoftalmía de sus globos oculars, prominentes y saltones”, explica Fanjul.

Muerto también en Basora, en 860, autor de otras obras de asuntos diversos (“Libro de los animales”, “Libro de los países”), Al-Yahiz reunió en su “Libro de los avaros” un sinnúmero de historias y reflexiones en torno a la avaricia, pero a este tema central le sumó otros asuntos vinculados: las argucias de los malintencionados, el aprendizaje de la generosidad, el arte de invitar y de ser anfitrión, la mezquindad de los ricos, etcétera.

“Cuando se dice de alguien que es un avaro se está reafirmando la permanencia en su poder del dinero, mientras que al llamar a alguien generoso se está anticipando la noticia de la pérdida de sus bienes”, puede leerse en una de sus páginas.

En tiempos remotos, cuenta Al-Yahiz, los habitantes del Jurasán (sobre todo los mervazíes) eran “famosísimos tacaños”. “Los mervazíes interrogan tanto al recién venido como al invitado que tarda en irse: ‘¿Almorzaste hoy?’. Si el otro responde afirmativamente, el huéspede dice: ‘De no haber comido, te habría ofrecido un banquete’. En cambio, si el otro responde que no, la replica es: ‘De haber comido, te daría cinco copas de vino’. En ambos casos el invitado se queda sin nada”.

Anécdotas de este tipo (muchas de ellas, graciosas) abundan en el “Libro de los avaros”. Refiero aquí otro caso hilarante:

“Un día, Zubayda Humyard pidió prestados dos dirhams y un quilate a un verdulero que vivía frente a su casa. Seis meses después, para cancerlar el préstamo, le entregó dos dirhams y el peso equivalente en metal a tres ‘habbas’ de cebada. El verdulero se enfureció. “¡Loado sea Dios! Tú tienes una fortuna de cien mil dinares, mientras que yo soy verdulero, mi capital es escaso y vivo de mi esfuerzo. Y, sin embargo, cuando te presto dos dirhams y el equivalente a cuartro ‘habbss’ de cebada, ¡al cabo de seis meses me devuelves dos dirhams y tres ‘habbas’!”. La respuesta de Zubayda fue la siguiente: “Estás loco. Me prestaste en verano y yo te pago en invierno. Ten en cuenta que tres granos de cebadas hinchados por la humedad pesan más que cuartro secos en el verano. A mí no me cabe duda de que sales ganando”.

13 octubre, 2008

Como la lluvia

Los nativos, que tienen un poderoso sentido del ritmo, no saben nada del verso, o al menos no saben nada hasta que no van a las escuelas, donde les enseñan himnos. Una tarde en el campo de maíz, donde habían estado recolectando, arracando las mazorcas y poniéndolas en los carros de bueyes, para divertirme hablé en verso swaheli a los trabajadores, que en su mayor parte eran jóevenes. Los versos no tenían sentido, los hacía simplemente siguiendo la rima: “Ngumbe na-penda chumbe, Malaya-mbaya, Wakamba na-kula mamba” (Al buey le gusta la sal/ las putas son malas/ el Wakamba come serpientes), y así logré captar la atención de los muchachos, que me rodearon. Rápidamente comprendieron que el significado en poesía no es lo importante (…), sino que esperaban ansiosamente la rima y se reían cuando llegaba. Intenté que ellos mismos encontraran la rima y terminaran el poema que yo había empezado, pero no podían o no quisieron hacerlo. Cuando se fueron acostumbrando a la idea de la poesía, empezaron a pedirme: “Habla otra vez. Habla como la lluvia”. Por qué sentían que la poesía es como la lluvia, no lo sé. Acaso porque es una expression de aplauso; acaso porque, en Africa, la lluvia siempre es deseada y bienvenida.



Isak Dinesen, “Memorias de Africa”

10 octubre, 2008

Le Clézio


Es una muy buena noticia que J.M.G. Le Clézio haya ganado el premio Nobel. No sólo es un gran escritor, sino que es alguien que ha querido y sabido mantenerse razonablemente al margen de los círculos intelectuales y que, desde su primera novela (“Le procés verbal” escrita bajo el influjo del “nouveau roman” y coronada por el premio Renaudot) fue desmarcándose de cualquier moda o tendencia previsible para construir una obra tan singular como exigente.

Tras aquel debut resonante, Le Clézio se fue de Francia para vivir en diversos lugares de América o de Asia, fiel a la trashumancia de sus antepasados. Pasó un tiempo en Panamá, otro en Tailanda, otro en México y más tarde en Albuquerque, Nuevo México. Escribió un libro sobre Frida Kahlo y Diego Rivera, así como relatos infantiles con ilustraciones de Georges Lemoine. Mucho antes de que se le diera el Nobel, ya gozaba en su país natal del raro privilegio de ser al mismo tiempo popular y reputado.

La vasta bibliografía de Le Clézio abunda en novelas pero no excluye algunos relatos sumamente interesantes, como los que componen “La ronde et autres faits divers”, cuyo tema central es la violencia urbana. Pero acaso el gran tema en Le Clézio sea, en definitiva, el choque de culturas.

De sus muchas novelas, de un profundo y genuino universalismo, un lugar especial ocupan “La cuarentena” (1993), “El buscador de oro” (1985) y “Viaje a Rodrigues” (1986), suerte de trilogía de recuerdos familiares vinculados a la isla Mauricio, en el océano Indico (donde la familia Le Clézio -originaria de Bretagne, Francia- emigró a fines del siglo XVIII), y atravesada por la noción de la memoria ancestral, de la memoria inscripta en la sangre. Aunque, si somos justos, la crónica familiar aparece no sólo en estos libros sino en casi todas sus novelas fundamentales: desde “Desierto” hasta “Onitsha”.

Al día de hoy, los lectores en lengua española tenían pocos libros de Le Clézio a su disposición, aun cuando en los últimos tiempos los sellos argentinos Adriana Hidalgo y El Cuenco de Plata habían publicado, respectivamente, “El africano” y “Urania” (sumándose a ciertos títulos antes editados por Tusquets).


Previsiblemente (y por suerte) de la mano del Nobel tendremos una visión más completa de una obra que muchos han tildado de “catarsis” y cuyo no termina de indagar sus orígenes, desde todos los ángulos posibles.

09 octubre, 2008

La madre de los conejos

Por Eduardo Berti


En 1726 una muchacha de 25 años llamada Mary Toft se convirtió por unos meses en la gran sensación de Inglaterra al anunciar que había parido conejos. Trabajaba como sirvienta en el pueblito de Godalming (en el condado de Surrey), estaba casada con Joshua Toft y tenía ya tres hijos cuando, en septiembre, mandó llamar a su suegra, que era partera, y alumbró algo que era indudablemente un conejo. La noticia alborotó a la familia; John Howard, respetable médico de la zona, acudió deprisa y ayudó a Mary a parir ocho conejos más. Todos nacieron muertos y mutilados.

Deseoso de difundir la noticia, el doctor Howard guardó las “criaturas” en botellas y envió numerosas cartas a científicos y nobles de Londres. Finalmente resolvió escribirle al rey y, semanas más tarde, su hogar (donde Mary vivía como residente) recibió la visita del secretario del príncipe de Gales y de Nathaniel St. André, a la sazón anatomista de la corte de Jorge I.

Howard salió a recibirlos en medio de una gran agitación, ya que Mary Toft se disponía a parir –les dijo- otro conejo. Al cabo de unos minutos, los viajeros recibieron un cadáver dañado. El doctor Howard explicó que, a su entender, los conejos nacían despellejados debido a las violentas contracciones del útero de la madre. El doctor St. André se llevó unos cuantos conejos y escribió un informe puntilloso.

El rey ordenó entonces que Mary Toft fuera trasladada a Londres y sometida a una estricta revisación médica. La misión de buscarla estuvo a cargo del médico alemán Cyriacus Ahlers, quien, de paso, ayudó a traer al mundo al decimosexto conejo.

Como cuenta Jan Bonderson en su fantástico libro “Gabinete de curiosidades médicas” (Siglo XXI editores), el caso de Mary Toft removió viejas fantasías. “¿Acaso Plinio no escribió sobre la dama romana Alcippa, que dio a luz un elefante? ¿No mencionó Corrado Licostenes que una mujer italiana parió un gatito y luego un cachorro?”, enumera allí Bonderson.



Consultada por los médicos, Mary Toft contó que en ocasión de su último embarazo había sentido gran antojo de comer carne de conejo, y por ello había intentado cazar conejos en un bosque y hasta soñado varias noches con estos animales.



La imaginación humana es tan potente que la razón termina creyendo más de lo lógico y aceptable. No obstante, ciertos médicos de Londres, sobre todo Richard Manningham y James Douglas, se mostraron escépticos ante el caso de Mary Toft y, pese a las súplicas de Howard y St. André, interrogaron a la muchacha y la amenazaron con practicarle una terrible operación para explorar sus órganos.

Muerta de miedo, la muchacha confesó la verdad al día siguiente. Había fingido todo desde un principio para llamar la atención del rey y obtener alguna clase de ayuda económica. En su pueblo natal había sido fácil disimular partes de conejos en una bolsa, entre sus faldas; en Londres tuvo que sobornar a un portero. En cualquier caso, Mary no podía creer que eminentes hombres de ciencia se hubiesen tragado sus partos tan teatrales.

Jan Bonderson no es el único que ha escrito acerca de Mary Toft. Lo hizo hace poco Cliff Pickover (“The Girl Who Gave Birth to Rabbits”) y lo hizo hace casi dos siglos James Caulfield en su “Remarkable Persons”, donde define a la madre de los conejos como “la más imprudente, prodigiosa e indecente de todos los impostores”.

He leído también que, según ciertos historiadores de la magia, el célebre truco de sacar conejos de la galera habría nacido en Londres también a fines de 1726 y como una especie de tributo a la ilusionista Mary Toft.~



07 octubre, 2008

Los muchos libros



Si le creemos a Herodoto, Xerxes lloró ante la vision de su innumerable ejército tras meditar que de todos esos hombres no habría ninguno vivo dentro de cien años. ¿Cómo no llorar de igual modo ante el vasto catálogo de la feria de Leipzig, ya que de todos esos libros no habrá ninguno con vida, ni siquiera dentro de diez años?

Arthur Schopenhauer, "Parerga".

06 octubre, 2008

Arreola


Lo mejor de Juan José Arreola se da en su prosa breve. En los textos cortos de "Bestiario", "Confabulario", "Palindroma" y "Varia invención", condensando para potenciar su capacidad de manifestación (formal, rítmica, imaginativa, gnómica, simbólica), Arreola alcanza su máxima calidad literaria. Esa brevedad, labrada por un artífice de la lengua, compuesta por un diestro manipulador del artilugio retórico, contiene todo lo necesario para dar al texto pleno acabamiento y algo más, algo más de significativo. Tiene todo para concitar en el lector, por contagio o seducción irresistibles, el gozo verbal, el transporte fantasioso, el acicate sensual, el sacudón incitante del ingenio, la chispa irreverente del humor, un contacto estremecido con lo medularmente humano. De todo hay en esta comedia del arte menos la naturalidad, menos la literalidad, menos una toma directa y cruda sobre lo real. Con la inventiva de Arreola entramos en un teatro de variedades donde estratagemas y trampantojos se ponen en feliz combinación. Todos los ardides de eficaz ilusionismo funcionan aquí para escenificar el más variado repertorio de fábulas representadas por el más diverso reparto de personajes. Todo emplazamiento, todo argumento, todo lugar y todo tiempo intervienen en este espectáculo prodigioso, tan vasto y tan diverso como el disparatado mundo. En la archiliteraria escritura de Arreola, el mundo está tamizado por el arte de la palabra, pasado por el filtro de la armonía imitativa. Traslado, fingimiento, artificio, este trato no da facsímil sino ornado, galano simulacro.


Fragmento de un texto de Saúl Yurkievich consagrado a Juan José Arreola

04 octubre, 2008

Cuento de horror

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

Juan José Arreola

02 octubre, 2008

El traductor apresurado


Un muy novato editor de París, que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros clásicos (no por amor a las “obras inmortales”, sino porque los literatos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vathek , de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra cosa que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo -un afable especialista en letras góticas- nada dijo del error; muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.

Transcurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. “La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes”. Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: “No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota”.


Eduardo Berti, "La vida imposible"