30 junio, 2009

Variaciones sobre la soledad


La nueva traducción de "La madriguera", de Franz Kafka, realizada por Ariel Magnus y publicada por La Compañía, revitaliza uno de los últimos relatos del escritor checo.


El siguiente artículo fue publicado por ADN Cultura/ La Nación (Buenos Aires) el pasado sábado 27 de junio de 2009.

Por Ariel Magnus


Un escritor extranjero, sobre todo si escribió en un idioma bastante ajeno para el público argentino, no se mantiene vivo por la reedición de viejas traducciones, sino por la aparición de nuevas, que lo actualizan y reinterpretan. En el caso de "La madriguera", que acaba de publicar La Compañía, la actualización se da ya desde el título, que hasta ahora había sido traducido como "La construcción". Aunque ésta es la acepción más común del título original, Der Bau , la que le sigue, menos alegórica y pretenciosa, parece ser la más conveniente para una historia que tiene por protagonista la morada subterránea de un animal carnívoro.

El relato "La madriguera" es el más extenso de Kafka luego de "La metamorfosis". Es también el último de los publicados póstumamente en sus Cuentos completos , y acaso el último que escribió. Fue entre 1923 y 1924. Por ese entonces, ya pensionado a causa de la tuberculosis, Kafka había decidido mudarse a Berlín, una decisión repentina y osada que él comparaba con la campaña de Napoleón a Rusia.

Era la primera vez que el ex empleado de una compañía de seguros se instalaba fuera de Praga, lejos de su familia. También era la primera vez, luego de los frustrados romances con Felice y Milena, que compartía su casa con una mujer, Dora Diamant, a quien había conocido hacía unos meses durante unas vacaciones. Vivían en una habitación en Steglitz, un barrio en las afueras, sustrayéndose en la medida de lo posible al tumultuoso Berlín de los años veinte. Kafka no leía el diario, en parte para ahorrarse su importe, y casi no iba al centro de la ciudad, donde sentía que se ahogaba.


Aislado de esta forma en su madriguera, el convaleciente pasaba sus horas escribiendo. La enfermedad no cedía, al contrario, pero él no quería renunciar a la independencia conquistada. "Si debo sucumbir a los fantasmas, mejor aquí que allá, pero todavía no llegamos a tanto", le escribe a su amigo Max Brod. Pero la aventura duró poco. En marzo de 1924, cuando su salud ya estaba muy debilitada, Kafka tuvo que rendirse y volver a la casa de sus padres. Poco después fue internado en un sanatorio cerca de Viena, donde murió en junio a los 40 años de edad.

Antes de su fallecimiento, Kafka entregó a la imprenta el libro de cuentos "Un artista del hambre , que llegó a corregir, aunque no a ver publicado. El último texto de ese libro es "Josefina la cantora o el pueblo de los ratones", cuyo narrador es un animal y en el que se no contempla la presencia de seres humanos, igual que en "Investigaciones de un perro". También "La madriguera" comparte estas características, pero aquí no sólo se repite esa voz narrativa y la ausencia de personas, sino que ni siquiera aparecen otros animales. Un roedor impreciso, como el bicho en el que se ve transformado Gregorio Samsa (como en aquel caso el escarabajo, la crítica propone para éste el tejón o el topo), vive en completa soledad dentro de su guarida, obsesionado con su seguridad y con el ruido de un enemigo presunto. La transformación que de alguna manera había empezado en "La metamorfosis" (1915) llega en este relato póstumo a su último estadio: la soledad y el ostracismo de un hombre, expresados en su repentina conversión en un bicho, se transforman en la soledad y el ostracismo del bicho mismo. Un bicho, por lo demás, reducido a su esencia, al miedo a dejar de serlo, lo que, paradójicamente, acaba humanizándolo.

Como ocurre en casi toda la literatura de Kafka, el cuento no tiene un crescendo notorio. Casi empieza por el final: "He instalado la madriguera y parece estar bien lograda". En vano buscar de ahí en más un desarrollo en el sentido clásico del término. El relato empieza en su pico de tensión y así se mantiene sin sucesos espectaculares, en lo que reside gran parte de su maestría. Con este laberíntico monólogo interior de un animal solitario, Kafka lleva su estrategia narrativa a su máximo grado de expresión. En ese sentido podría decirse que "La madriguera" es el más logrado de los cuentos de Kafka, el más kafkiano.

Sin embargo, el hecho de que la anécdota se encuentre reducida a su mínima expresión no significa que el relato carezca de momentos trascendentes. La particularidad es que hay que buscarlos en movimientos más intelectuales que narrativos. Un quiebre dentro del relato, en sí una descripción perfecta de cómo funciona la paranoia, se presenta cuando el dueño de la madriguera sale y se pone a vigilar la entrada, sintiendo que se mira dormir desde afuera: "Se me hace entonces como si estuviera no delante de mi casa, sino de mí mismo mientras duermo, y tuviera la dicha de poder dormir profundamente y al mismo tiempo vigilarme con todo rigor".

Que el texto empiece con la historia ya terminada le da a "La madriguera" su verdadero carácter ulterior, casi testamentario. Si bien se trata de un texto igual de maniático que muchos de los anteriores, los laberintos de su protagonista parecen tener una salida. La resignación y la impotencia que acostumbran dominar los textos de Kafka se transforman aquí en una suerte de nostalgia optimista, incluso de cara al fin inminente.

Se supone, de todas formas, que en el relato hacía su aparición un segundo animal. Esto ocurría en las últimas páginas, hoy perdidas. Sólo queda de ellas el testimonio de Dora Diamant, tal como lo recogió Max Brod, según el cual no faltaba mucho para que tuviera lugar la "lucha decisiva" en la que "el héroe cae derrotado". Ese enemigo que parece avanzar desde el interior mismo de la madriguera sería, siempre según Diamant y Brod, la tuberculosis que aquejaba a Kafka, quien al parecer se refería a su "torturante tos" como "El Animal".

La situación política de aquella época permite otras interpretaciones. Como soñó Ricardo Piglia en Respiración artificial , no es descabellado pensar que Kafka intuyó el horror que se estaba gestando en una prisión de Baviera, con un libro que se sigue traduciendo aún hoy. Y a la vez, en una lectura radicalmente distinta (y qué caracteriza más a un clásico que la multiplicidad de interpretaciones a las que da lugar), este relato tampoco resulta ajeno a la actualidad, pues a fin de cuentas también habla del deseo de vigilancia absoluta de quienes, obsesionados por la seguridad, viven encerrados en su propios miedos paranoicos y ven el mundo como una confabulación de peligros contra ellos, temerosos propietarios de una madriguera.

29 junio, 2009

El perro del campesino


Francois CARADEC



El señor Houzeau cuenta la siguiente anécdota: “Un campesino que vivía en los alrededores me visitó en la cabaña de Texas donde entonces yo habitaba. Uno de sus perros estaba recostado a mis pies hecho un ovillo y dormitaba. Mi charla con el visitante llevaba casi una hora. De repente vi que el perro levantaba la cabeza como si se hubiera despertado de un sobresalto y que me miraba con aire interrogativo. Por un instante pensé que el animal salía de una pesadilla; pero enseguida, al reflexionar sobre las últimas palabras que le había dicho a mi vecino, descubrí que la sílaba de una palabra, aliada a la primera sílaba de la palabra siguiente, componían el nombre del perro. Esta coincidencia, que yo no había advertido durante la conversación, bastó para concitar la atención del perro”

Zaborowski: “El origen del lenguaje”

Segismundo Zaborowski fue un antropólogo, nacido en Polonia en 1851. Vivió en Francia, donde fue miembro de la Sociedad Antropológica de París. Escribió numerosas obras como "Ancienneté de l'homme", "L'homme préhistorique" o "L'origine du langage". Al último trabajo pertenece esta anécdota, que Francois Caradec recoge en su libro “Poemas para perros”.

28 junio, 2009

Cortázar y Paz en la India




Julio Cortázar, Octavio Paz y Aurora Bernárdez en los jardines de la embajada de México en la India, a mediados de la década de 1960. El film fue rodado con la cámara de Julio Cortázar y permaneció en las sombras hasta que Aurora Bernárdez se lo facilitó a Eduardo Montes-Bradley para la realización de su película "Cortázar: apuntes para un documental" (Argentina, 2002)

26 junio, 2009

Haikus de José Juan Tablada


José Juan TABLADA



LA ARAÑA

Recorriendo su tela
esta luna clarísima
tiene a la araña en vela.


LOS GANSOS

Por nada los gansos
tocan alarma
en sus trompetas de barro.


LA TORTUGA

Aunque jamás se muda,
a tumbos, como carro de mudanzas,
va por la senda la tortuga.


EL MURCIÉLAGO

¿Los vuelos de la golondrina
ensaya en la sombra el murciélago
para luego volar de día...?


LA CARTA

Busco en vano en la carta
de adiós irremediable,
la huella de una lágrima...


José Juan Tablada (nacido en México en 1871 y muerto en Nueva York en 1945) fue un poeta que se inició dentro del modernismo y que, tras un viaje a Japón en el año 1900, se interesó a tal extremo por el haiku que fue acaso el mayor introductor de esta forma en lengua española.


Caligrama de TABLADA


Fue amigo de pintores como Diego Rivera, un entusiasta lector de Apollinaire (autor, como él, de caligramas) e inventor de frases que lo acercan a las greguerías de Gómez de la Serna, por ejemplo: "Las pirámides son los gorros de dormir de los faraones".

“Su nombre está ligado además a una de las figuras centrales de la música moderna: Edgar Varèse”, dice el libro “Poesía en movimiento” (editado por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis). “El compositor francoamericano escribió hacia 1922 una cantata, ‘Offrandes’, con un poema de Tablada y otro de Huidobro”.

“El conocimiento que tenía Tablada del japonés y de la cultura japonesa nunca llegó a ser verdaderamente profundo”, sostiene Sergio René Lira Coronado en “Tablada y el haikai desde la perspectiva de Octavio Paz”. Y añade: “El hecho de que Tablada por momentos, en la gracia y la delicadeza de sus propios haikais, parezca captar y reproducir de manera genuina la sensibilidad oriental, viene a ser algo admirable. Al tratar de recuperar el haikai para nuestra lengua y para nuestro ámbito cultural, Tablada se nos aparece como el Averroes figurado por Borges, quien, sin saber lo que es la tragedia griega, ni comprender siquiera lo que es el teatro —la religión musulmana vedaba la representación de seres vivos— trata de entender la Poética de Aristóteles”


25 junio, 2009

Paz y Japón

En la última entrada que publiqué en este blog cito un ensayo de Octavio Paz sobre Japón.

El vínculo de Paz con la poesía japonesa (especialmente el haiku) fue muy estrecho.


En 1957, junto con el erudito japonés Eikichi Hayashiya, dio a conocer una traducción de “Oku no Hosimichi” (Sendas de Oku) de Matsuo Basho, considerado como el maestro del haiku, esa forma que en Japón se ajusta a las 17 sílabas, distribuidas en tres versos: 5/7/5.

La publicación de “Oku…” (por la editorial de la Universidad Nacional de México) representó un antes y un después en la difusión del haiku y de Basho en lengua castellana.

De acuerdo con Octavio Paz, los haikus suelen componerse de dos “fuerzas” fundamentales: un primer elemento más próximo a la idea de estampa quieta (casi siempre una estación del año, un momento del día o un objeto de la naturaleza) y, en simultáneo, un segundo elemento inesperado. Del choque entre ambos elementos suele surgir la dimensión vital del haiku.

Paz llegó a escribir sus propios haikus y visitó varias veces Oriente. Sus primeros viajes (a la India y a Japón) fueron entre 1951 y 1952.

Pero en un texto autobiográfico contó que su interés por esas culturas venía de antes:

“Mi pasión por la poesía china y japonesa es anterior a mi primer viaje a Oriente. Comenzó a fines de 1945, en Nueva York. Mi estancia en esa ciudad coincidió con la muerte de Tablada, que desde hacía años se había instalado en Nueva York. Fui a la biblioteca de Nueva York, pedí sus libros y volví a leerlo. El ejemplo de Tablada me llevó a explorar por mi cuenta la literatura japonesa y, después, la china. Mi primer viaje a Oriente me hizo profundizar y ampliar mis lecturas de poesía china y japonesa. Leí muchísimas traducciones de poesía japonesa y china y entre ellas recuerdo siempre con placer a las de Arthur Waley. Es uno de mis santos patrones”.

¿Quién es Tablada, mencionado aquí por Paz? Se trata de José Juan Tablada (1871 - 1945), poeta mexicano al que se considera el pionero del haiku en castellano, autor de poemas como:

Peces voladores:
al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.

Ya hablaré más de él en otra entrada.

23 junio, 2009

Extrañeza



Es un lugar común decir que la primera impresión que produce cualquier contacto –aun el más distraído y casual—con la cultura del Japón es la extrañeza. Sólo que, contra lo que se piensa generalmente, este sentimiento no proviene tanto del sentirnos frente a un mundo distinto como del darnos cuenta que estamos ante un universo autosuficiente y cerrado sobre sí mismo. Organismo al que nada le falta, como esas plantas del desierto que secretan sus propios alimentos, el Japón vive de su propia substancia.

Octavio Paz, “Tres momentos de la literatura japonesa”

22 junio, 2009

Una noche en el bar

(Associated Press, 16/7/09) Un cliente de un bar de Salem, en Massachusetts, pasó la noche encerrado por accidente en el baño, pero al salir por la mañana le dijo a la policía que se sintió "cómodo" y hasta ofreció pagar su cuenta.

Los empleados del bar Gulu-Gulu Café llegaron cerca de las 8 de la mañana del sábado y escucharon ruidos provenientes del baño, dijo la gerente Laura Walton al periódico The Salem News. De inmediato, llamaron a la policía porque pensaron que un intruso había entrado en el lugar.


El cliente, de 26 años, le dijo a la policía que se quedó encerrado en el baño cuando el bar cerró a la 1 de la mañana del sábado, pero que pasó una noche "cómoda" allí dentro. Según Walton, el hombre se sentía culpable. Se ofreció a pagar la cuenta y se fue apurado.

La policía no divulgó el nombre del cliente, pero recomendó que de ahora en adelante los empleados del bar verifiquen que no haya nadie en el baño antes de cerrarlo con llave.

19 junio, 2009

La ausencia



Lo que demuestran los cementerios, al menos a las personas como yo, no es que los muertos estén presentes, sino que ya se han ido.

Philip Roth, "Patrimonio"

18 junio, 2009

Respuestas

Tenía estudiadas todas las respuestas que daría al rey, incluso si el rey le preguntaba por el largo de su camisa. Pero el rey le preguntó: "¿Qué dicen de mi en D...?". "Nada, Señor", le respondió.


Georg Lichtenberg, "Aforismos"

16 junio, 2009

La lectura y la libertad


Fragmento de "Cómo Pinocho aprendió a leer", ensayo de Alberto Manguel.


La lectura es una actividad que siempre fue vista con limitado entusiasmo por quienes gobiernan. No es un azar que en los siglos dieciocho y diecinueve se sancionaran leyes contra la enseñanza de la lectura a los esclavos. Los esclavos no debían leer ni siquiera la Biblia, ya que (como se argumentaba con razón) quien puede leer la Biblia puede leer asimismo un tratado abolicionista. Los esfuerzos y las estratagemas de los esclavos con el objeto de aprender a leer son prueba suficiente del vínculo entre la libertad civil y el poder del lector, así como también del miedo que esa libertad y ese poder provocan en la clase gobernante.

14 junio, 2009

Kafka y sus lectores



Por Martín Kohan

A muchos escritores, incluso entre los buenos, hubo que salvarlos del olvido. A Kafka por su parte hubo que salvarlo del kafkismo. Acaso porque el olvido fue, al menos en apariencia, lo que él mismo quería o lo que él mismo procuró; o en todo caso porque la fuerza de irradiación de “lo kafkiano” llegó a ser tal que incluso Kafka empezó a correr el riesgo de ser menos Kafka que kafkiano. Roland Barthes formuló la advertencia en un texto de los años ’60, con la nitidez y la urgencia de las consignas: “Kafka no es el kafkismo”, proponía, antes de alentar un perentorio “adiós al kafkismo”. Salvar a Kafka del kafkismo, o en todo caso recuperarlo como quien recupera a un rehén, podría ser un afán predominante en buena parte de la crítica literaria que se ocupó de él y de su obra, o de lo uno con lo otro, o de lo uno por lo otro.

Es posible preguntarse porqué razones Borges, cuando concibió a Pierre Menard, lo hizo autor del Quijote. Es decir, por qué decidió que fuese el Quijote, ese texto y no otro, el que Menard se propondría reescribir palabra por palabra aunque sin por eso copiarlo. Algo detectó en el Quijote para elegirlo como objeto de la inconcebible proeza de Menard. De igual manera, es posible preguntarse por qué motivos Borges, cuando postuló el carácter no solamente sucesivo sino también retroactivo de las influencias literarias, puso a Kafka, a Kafka y no a otro, como paradigma del hacedor de precursores. Evidentemente percibía el alcance inigualado de la onda expansiva de lo kafkiano: de pronto autores remotos, y además de remotos previos, podían verse como kafkianos. ¿Y si por fin el propio Kafka terminase siendo, en cierto modo, un precursor de sí mismo, si es que no un avatar de sí mismo?

Fragmento de “Kafka y sus lectores”, introducción de Martín Kohan a “La madriguera”, de Franz Kafka (traducción y posfacio de Ariel Magnus), el último título que acabamos de publicar a través de la editorial “La Compañía”, Buenos Aires (Argentina).

www.editoriallacompania.com

11 junio, 2009

Pagar los versos

Carlos Edmundo DE ORY


Hablaba ayer de Carlos Edmundo de Ory y sus “aerolitos”. Un buen amigo que suele visitar este blog me acaba de escribir contándome que él es todo un seguidor de De Ory (cosa que yo desconocía y confirma que hasta nuestro amigos más cercanos esconden grandes sorpresas) y contándome, además, que en un sitio de Internet (pero, ay, mi amigo ha olvidado el dato exacto) hay una carta que De Ory le envía al editor de una revista que le pide unos versos.

Tiene razón mi buen amigo en que cierto pasaje de esta carta es memorable. Es el momento en que De Ory aborda el tema, siempre espinoso, del dinero. Cuántas veces me han pedido una “contribución” (cuando usan esa palabra en vez de “colaboración” ya huelo que no hay dinero…) y no supe cómo preguntar si era gratis o no.

A partir de ahora voy a inspirarme (si no se ofende De Ory, claro) en esta maravillosa frase:

“Y, en fin, espero inicies tú la costumbre de pagar, no quiero decir la poesía (eso no se paga sino con la vida), pero sí los versos, es decir, la colaboración poética”.

10 junio, 2009

Aerolitos



Nacido en Cádiz en 1923, residente en Francia durante décadas, Carlos Edmundo de Ory ha sobresalido como poeta, pero también como ensayista, traductor y autor de unas brevísimas formas cercanas al aforismo y reunidas bajo el nombre de “Aerolitos”.

De Ory ha dicho que sus “aerolitos” se diferencian de las greguerías porque son "espontáneos”, pero así y todo es tentador trazar un paralelo no sólo con Gómez de la Serna sino con otros autores que cultivaron diversas formas de aforismo poético (más que didáctico).

El propio De Ory ha dicho acerca de estos textos mínimos: “Novalis los llama ‘polen’, Rozanov: ‘hojas caídas’, Baudelaire: ‘cohetes’, Nietzsche: ‘sentencias y dardos’, Antonio Porchia: ‘voces’, Louis Scutenaire: ‘inscripciones’, Cioran: ‘pensamientos estrangulados’, André Siniavski: ‘pensamientos repentinos’, Malcolm de Chazal: ‘sentido-plástico’, yo: ‘aerolitos’”.

Vayan como muestra, entonces, nueve aerolitos:

Los pájaros son pensamientos perfectos.

La luna fue en otros tiempos una aberración de la mirada
.

La poesía es un secreto de adultos.

La ciencia no es científica, es fantástica.

La música se come con las orejas.

El viento es Dios que pasa bailando .

Durante la oscuridad de la noche, el espejo duerme con los ojos abiertos.

La risa es el sexo del alma.

Aunque Dios sea mentira, que haya ángeles.

08 junio, 2009

Cincuenta veces


Ella trabajaba desde las ocho y media hasta las seis y, a veces, hasta más tarde. Hacía cientos de fotocopias y las colocaba en montones ordenados. Incluso en aquella postura, sudorosa e inclinada sobre la Xerox, con los destellos de luz de la máquina que la obligaban a cerrar los ojos, seguía siendo la cosa más bonita que yo jamás haya visto. Quería decírselo, pero no tenía valor. Al fin lo escribí y se lo dejé encima de la mesa. A la mañana siguiente, la hoja que yo le había dejado encima de la mesa me esperaba fotocopiada cincuenta veces.

Etgar Keret, fragmento del cuento “Venus me sale rana”
Del libro “La chica sobre la nevera y otros relatos”, editorial Siruela. Traducción de Ana Bejerano.

07 junio, 2009

De paseo con Borges


Un profesor de la Universidad de Indiana, Willis Barnstone, pasó la Nochebuena de 1975 con Borges. Tomaron vino, comieron en abundancia. Había huelga de taxis y colectivos, pero Borges insistió como un perfecto caballero en que ambos debían acompañar a María Kodama hasta su casa que quedaba en el otro extremo de Buenos Aires. Traductor al inglés de varios poemas de Borges, Barnstone se preguntó si ese hombre ciego de 76 años soportaría semejante caminata. Pronto descubrió que a Borges le encantaba caminar, sobre todo de noche. "En la semioscuridad y entre el viento, atravesamos lentamente Buenos Aires", recordaría años después. "Las horas pasaban y Borges parecía cada vez más maravillado ante los ruidos callejeros". De pronto pasó un inesperado colectivo, Kodama saltó a su interior y Barstone vio titubear a Borges. ¿Cómo volver, siendo uno ciego y el otro un extranjero que ignoraba las calles de esa ciudad? Misteriosamente, Borges se puso a andar. "Creí, al principio, que no encontraba el camino y que por ese motivo se detenía cada diez o quince pasos". Pero no, toda esa exaltación era porque quería hablar de su hermana Norah de su infancia, de sus ancestros.

Amanecía cuando los dos hombres llegaron al departamento de la calle Maipú. Barstone supuso que Borges quedaría exhausto tras semejante ejercicio, pero poco después del mediodía ambos seguían conversando en el café Saint-James. "Durante tres horas no hablamos más que de Dante y de Milton". Al despedirse, Barnstone dijo con melancolía: "Voy a recordar vagamente sus conceptos y mi excitación, pero jamás sus exactas palabras". El escritor tomó su brazó y respondió: "Recuerde lo decía Swedenborg: que Dios nos dio un cerebro para que pudiésemos olvidar".

05 junio, 2009

Mark Twain



Una perla en YouTube: una película muda rodada en 1909 por Thomas Edison en Stormfield, en el hogar del escritor Mark Twain. Las muchachas con las cuales aparece Twain jugando a las cartas son sus hijas: Clara y Jean.

No es de extrañar que Twain se prestara a los primeros pasos del cine. El propio escritor se ufanaba de haber
puesto "el primer teléfono que se usó en el mundo en un domicilio particular”: el suyo.

Cuando se filmaron estas imágenes, Twain (cuyo nombre original era
Samuel Langhorne Clemens) tenía 74 años de edad. Fallecerá meses más tarde, en abril de 1910. Dicen que la muerte de su hija Jean, a fines de 1909, lo afectó terriblemente.


04 junio, 2009

Cinco libros: Martín Kohan


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Martín Kohan:


"El sonido y la furia", de William Faulkner.

"Mientras agonizo", de W. Faulkner.

"Ficciones", de Borges.

"El aleph", de Borges.

"Glosa", de Juan José Saer.


Martín Kohan nació en Buenos Aires, en 1967. Es autor de tres libros de ensayo: "Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política", "Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin" y "Narrar a San Martín". Publicó también dos libros de cuentos ("Muero contento" y "Una pena extraordinaria") y siete novelas: "La pérdida de Laura", "El informe", "Los cautivos", "Dos veces junio", "Segundos afuera", "Museo de la Revolución" y "Ciencias Morales". Por esta última recibió, en el año 2007, el Premio Herralde.

03 junio, 2009

1230 besos

Un periódico de Shanghai mencionaba que una estadounidense llamada Fodi llevaba catorce años de casada con un tal Tiedimo cuando, de pronto, el marido la abandonó. Entonces ella recurrió a la justicia.

“Tiedimo me ha besado a mí, que soy su esposa, 1230 veces durante catorce años. Si no lo obligan a indemnizarme con una suma de dinero, nunca podré sobreponerme de esta afrenta”.

El juez decidió, con imparcialidad, que por cada beso recibido hubiera una indemnización de dos dólares con catorce centavos. Y obligó a Tiedimo a pagarle 3000 dólares a Fodi para cerrar el caso.


Fu Lin, “El irremediable dolor”

(Se sabe muy poco de Fu Lin, autor de ‘El irremediable dolor’, 1905, una de las novelas sentimentales chinas más famosas de todos los tiempos)

02 junio, 2009

Nina y Vladimir

Versión abreviada de un artículo publicado el 31 de mayo de 2009 en el diario Perfil, de Buenos Aires, Argentina.


Por Alejandro Bellotti

Nina Berberova, rara avis en el campo literario, carga una historia que merece ser contada. Fue recién a fines de 1989 que Hubert Nyssen, escritor y director de la prestigiosa editorial francesa Actes Sud, recibió un manuscrito de “La acompañante” (1935). Para su sorpresa, la nouvelle no sólo expresaba una voz potente que condensaba la escritura de Gogol, Chejov y Dostoievski, sino que su autora, una docente rusa jubilada en Princeton, nunca había publicado libro alguno en sus 88 años de vida.

Nina Berberova nació en San Petesburgo el 8 de agosto de 1901, en el seno de una familia acomodada. Su padre, armenio, funcionario de alta estirpe, con buen manejo en las artes financieras hasta el arribo bolchevique; su madre, rusa ortodoxa y conservadora. Vivió su adolescencia sofocada por la persecución y el destierro familiar. Fue en 1922 que decidió escapar de la Rusia leninista junto a su compañero de entonces, el poeta Vladislav Jodasevich, de quien Nabokov dijo que era “el crítico y poeta más grande de la literatura rusa del siglo XX”. De ahí en más, llevando a cuestas su lastre de aristócrata expatriada, emprendió un periplo que la acercaría a distintos inquilinatos europeos –Berlín (1922), Praga (1923), Sorrento (1924), París (1925), Suecia (1947)–, hasta recalar finalmente en los Estados Unidos, donde moriría en 1993.

A diferencia de Nabokov, Berberova nunca abandonó el ruso para componer sus escritos; “Nabokov y su Lolita” no fue la excepción. Traducido al inglés y al francés, el ensayo nunca tuvo su traducción española. Al rescate fue el escritor Eduardo Berti, director editorial de La Compañía, quien encargó traducir la versión francesa al castellano y consiguió que el mismo Hubert Nyssen escribiera un posfacio para la edición. En principio, vale decir que el análisis crítico del volumen desborda la obra de Nabokov. Porque, si bien es el éxito descomunal de Lolita el que despierta interés en la autora, quien no descuida recalcar la magnética influencia que tuvo la obra de Nabokov en los escritores del siglo XX, el ensayo promueve un rastreo en las pistas perdidas de la gran prosa rusa del siglo pasado.

Para Berberova, la obra de Nabokov encuentra un antes y un después de la publicación de “El ojo” (1930). Es allí donde la obra de Nabokov traza sus rasgos distintivos: las manifestaciones del inconsciente, la poética simbolista y la disociación del mundo. Sin dudarlo, Berberova desglosa una serie de marcas narrativas que colocan la escritura de Nabokov a la par de los grandes del siglo XX como Proust, Joyce o Kafka.

Fue D.H. Lawrence quien propuso que tanto en el amor como en el arte el elemento lúdico es indispensable. En sintonía nos alecciona Berberova: “El elemento cómico está presente en las obras de los genios de todos los tiempos. Sólo los individuos desprovistos de talento toman totalmente en serio sus escritos y su propia persona”. Y dice esto para sugerir que la ironía –al igual que sucede con Gogol o Dostoievski– es elemento característico en toda la extensa obra de Vladimir Nabokov.

En 1969 Berberova escribió “El subrayado” es mío, una rabiosa autobiografía que transita sin tropiezos por el vértigo insoslayable del siglo XX. Cien años que la gran escritora rusa ha sabido transitar con sacudones, algunas caídas y el reconocimiento tardío en la ríspida aunque intensa escalada literaria. Cien años para componer un testimonio que bien podría llenar todas las páginas de un siglo.

Versión completa: http://www.diarioperfil.com.ar