31 mayo, 2010

Llamas


La historia apareció en un periódico sensacionalista. Decía, simplemente, que los bomberos debieron concurrir a una casa en la cual salía humo de una de las ventanas del piso superior. Al entrar, encontraron a un hombre en una cama en llamas. Después de rescatar al hombre y apagar el fuego, formularon la pregunta obvia: "¿Cómo se inició el fuego?". "No lo sé. Ya estaba en llamas cuando me acosté", fue la respuesta. La historia me quedó grabada. Y me recordó una frase de la dedicatoria de un libro, que copié en mi diario: "¿Quid rides? Mutato nomine, de te fabula narratur". Latín. De las obras de Horacio. Traducido: "¿Por qué te ríes? Si cambias el nombre, puede ser tu historia". Estaba en llamas cuando me acosté. Esta inscripición podría figurar en la lápida de muchos de nosotros.

Robert Fulghum, "Todo lo que hacemos sin saber por qué" (Emecé, 1991)


30 mayo, 2010

Libros



Aparte del placer de poseer libros, no existe otro más delicioso que el de hablar acerca de ellos.

Charles Nodier

29 mayo, 2010

Más imbécil


El chiste de moda afirma que los presidentes de la República árabe de Egipto buscan siempre a alguien más imbécil que ellos para que sea su adjunto y su potencial sucesor. Esta elección la hacen muy cuidadosamente con el propósito de parecer más inteligentes de lo que son en realidad. Así es como Nasser tenía a Sadat. Así es como Sadat tenía a Mubarak. En cuanto a Mubarak, no pudo encontrar a nadie...

Paul Fournel, Poils de cairote


26 mayo, 2010

23 mayo, 2010

Discos vivos







En el sitio Protinuss me he encontrado esta insólita idea: la de volver realidad las viejas tapas de los discos elepé. La serie de fotografías se titula "Bringing Album Covers Into Life". Más información, aquí.

21 mayo, 2010

El naufragio del Borgoña

André GIDE


Iba yo en el Borgoña ¿sabes?, el día que naufragó. Tenía diecisiete años. Con esto te digo mi edad actual. Era una nadadora excelente; y para demostrarte que no tengo el corazón demasiado seco, te diré que, si mi primera idea fue la de salvarme, la segunda fue la de salvar a alguien. No estoy muy segura, incluso, de que no fuese la primera. O más bien, creo que no pensé absolutamente nada; pero pocas cosas me indignan tanto como esos que, en los momentos así, no piensan más que en sí mismos, sí: me indignan más aún las mujeres que gritan. Echaron al mar una primera canoa de salvamento, principalmente llena de mujeres y niños; algunas mujeres lanzaban unos aullidos como para perder la cabeza. La maniobra se hizo tan mal que la canoa, en lugar de posarse horizontalmente sobre el mar, picó de proa y se vació de todo su cargamento, antes incluso de llenarse de agua. Todo aquello sucedía a la luz de antorchas, fanales y proyectores. No te puedes imaginar lo fúnebre que resultaba. Las olas eran bastante fuertes, y todo lo que no estaba en el marco luminoso desaparecía del otro lado de la colina de agua, en la noche. No he vivido jamás otra experiencia tan intensa; pero, supongo, que era yo tan incapaz de reflexionar como un terranova que se tira al agua. Ni siquiera comprendo lo que pudo ocurrir, sé tan sólo que yo había reparado en la canoa, en una niñita de cinco o seis años, que era un encanto, e inmediatamente, cuando vi zozobrar la barca, fue a ella a la que decidí salvar. Iba, al principio, con su madre; pero ésta no sabía nadar bien; y además, como ocurre siempre en estos casos, le molestaba la pollera. En lo que a mí respecta, me desnudé maquinalmente; me llamaban para que ocupase un sitio en la canoa siguiente. Tuve que meterme en ella y después, sin pensarlo dos veces, me arrojé al mar desde esa misma canoa; recuerdo tan sólo que nadé largo rato con la niña agarrada a mi cuello. Ella estaba aterrada y me apretaba el cuello con tal fuerza que yo no podía respirar. Por suerte, pudieron divisarnos desde la canoa y esperarnos, o remar hacia nosotras. Pero no te cuento este episodio por eso. El recuerdo que ha quedado grabado en mí, el que nada podrá borrar de mi cerebro ni de mi corazón es el siguiente: después de haber recogido a varios nadadores desesperados, como me recogieron a mí, en aquella canoa íbamos amontonadas unas cuarenta personas. El agua llegaba casi al borde. Iba yo a popa y tenía apretada contra mí a la niñita que acababa de salvar, a fin de calentarla y de que no viese lo que yo no podía dejar de ver: dos marineros, uno armado con un hacha y el otro con un cuchillo de cocina… ¿sabes lo que hacían? Cortaban los dedos y las muñecas de algunos nadadores que, ayudándose con unas cuerdas, se esforzaban en subir a nuestra barca. Uno de aquellos dos marineros se volvió hacia mí y me dijo: “Si sube uno más reventaremos todos. La barca está llena”. Y añadió que en todos los naufragios no hay más remedio que obrar así. Creo que entonces me desmayé. Y cuando volví en mí, comprendí que ya no era yo, que no podría nunca más ser la misma, la muchacha sentimental de otros tiempos; comprendí que había dejado hundirse una parte de mí con el Borgoña, que en adelante cortaría los dedos y las muñecas a un montón de sentimientos delicados para impedirles meterse y hacer que zozobre mi corazón.

Este relato forma parte de la novela "Les faux monnayeurs", de André Gide, y fue incluida en mi antología "Historias encontradas" (Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009).


19 mayo, 2010

Materia muerta

Elias CANETTI


Los libros no son seres vivos, de acuerdo. Carecen de sensibilidad y, por lo tanto, ignoran el dolor tal como lo sienten los animales y, probablemente, también las plantas. Pero, ¿quién ha demostrado la insensibilidad total de lo orgánico? ¿Quien sabe si un libro, de un modo que nos resulta extraño y que por eso no advertimos, no es capaz de anhelar la compañía de otros libros con los que convivió un tiempo? Hay momentos en que la frontera tradicional trazada por la ciencia entre los mundos orgánico e inorgánico resulta, como cualquier otra frontera humana, artificial y caduca para todo ser pensante. Nuestro secreto desacuerdo con esta dicotomía aflora en la expresión "materia muerta". Pues lo que se ha muerto, ha estado vivo.

Elías Canetti: "Auto de Fe"


18 mayo, 2010

El destino de Rusia

Fiodor DOSTOIEVSKI


El suplemento "Radar Libros" (Página 12, Argentina) del pasado fin de semana publica un extracto del posfacio que Luisa Borovsky escribió para su propia traducción de la novela breve "Una historia desagradable", de Fiodor Dostoievski (editorial La Compañía). Un fragmento del texto:

Una historia desagradable apareció por primera vez en 1862 en Tiempo, la revista que Fiodor Dostoievski y su hermano Mijail habían fundado un año antes, en aquella misma época en que, en palabras del autor, “con fuerza tan incontenible y con impulso tan ingenuo y conmovedor, nuestra querida patria comenzaba a renacer y todos sus valientes hijos anhelaban nuevos destinos y esperanzas”.

En efecto, Rusia renacía después de los treinta años de gobierno autocrático de Nicolás I. La derrota ante Francia y el Reino Unido –aliados del Imperio Otomano– en la Guerra de Crimea había marcado el fin de un ciclo. Para conservar su posición de potencia europea, el imperio zarista debía realizar profundas reformas. Era prioritario emancipar a los siervos, liberar de los castigos corporales a las clases que pagaban tributo, suprimir la censura que pesaba sobre la prensa, desarrollar la industria.

El poeta Vasili Zhukovski, contemporáneo de Pushkin y tutor del heredero al trono, había sembrado en él ideas humanistas con la intención de convertirlo en un monarca ilustrado. En 1855, Alejandro II fue coronado. Los partidarios de las reformas vieron en el nuevo zar al gobernante liberal, capaz de dar respuesta a las expectativas de la intelectualidad idealista de la década de 1840, que tan nítidamente reflejaran Ivan Turgueniev en Rudin y Alexandr Herzen en ¿Quién es el culpable?

En realidad, más que promover medidas liberales, Alejandro II comprendió que para preservar el Estado era preferible abolir la servidumbre en condiciones controladas y evitar levantamientos. Así lo hizo en 1861, con la consecuente alarma de los sectores perjudicados.

Al mismo tiempo, la mayor libertad de expresión permitió que la prensa abordara temas gubernamentales, judiciales, educativos y económicos. Como consecuencia, surgió en Rusia la “opinión pública”. Pero si bien el pueblo reivindicaba la necesidad de profundas reformas, desconocía la manera de concretarlas. Habituado a gobiernos autocráticos, carecía de preparación y de iniciativa.

Dostoievski había sido autorizado a regresar a San Petersburgo en 1859, después de cumplir cuatro años de trabajos forzados en Siberia por formar parte del cenáculo de Petrashevski, el hombre que había desafiado a la censura introduciendo y difundiendo en Rusia las ideas del socialismo utópico. El confinamiento en Siberia había sido, en realidad, producto de la imprevista conmutación de la pena de muerte que el zar le había impuesto, cuya notificación llegó cuando el escritor se encontraba ya ante el pelotón de fusilamiento.

Es fácil comprender, entonces, que los representantes de la intelligentsia lo recibieran como un mártir revolucionario. Sin embargo, el ex presidiario les demostraría que estaban equivocados. A través de Tiempo expresaría sus nuevos ideales. Atrás quedaba el Dostoievski enemigo de la religión, fascinado con las ideas socialistas provenientes de Occidente. Emergía un hombre renacido al cristianismo, que ponía el futuro en manos del campesinado redimido y abrazaba decididamente la causa de los eslavófilos.


Fueron los eslavistas los primeros en preguntarse qué se podía y debía tomar de la realidad nacional para materializar el país con que soñaban. Frente a los valores occidentales postularon un retorno a la vieja Rusia, invitaron a mirar con nuevos ojos los valores del pasado. Tal vez, de este modo, la nación sería capaz de seguir un camino original y autónomo hacia el desarrollo, prescindiendo de las etapas que había atravesado Occidente.

En principio, los sectores de avanzada vislumbraron en ellos, tal como lo expresaría Herzen, “un nuevo óleo con el que volvían a ungir al zar, una nueva cadena con la que pretendían entorpecer el pensamiento y una nueva esclavización de la conciencia a favor de una iglesia servil y bizantina”. Más adelante, sin embargo, algunos liberales de los años cuarenta comprendieron que el eslavismo superaba los estrechos límites del nacionalismo. Al situarlo en la esfera espiritual descubrieron su valor, que no residía en la ortodoxia religiosa o en el nacionalismo exacerbado, sino en los genuinos principios de la cultura rusa ocultos bajo la capa de la civilización artificial.

En la desagradable historia que Dostoievski relata, subyace una pregunta: ¿cuál es el destino de Rusia? Para un eslavista como él no se trataba de un problema meramente político, sino de la búsqueda incesante de conexión entre los hechos y el camino espiritual de la nación, de la relación entre lo visible y lo invisible que expresa la teología ortodoxa rusa: el dogma es inseparable de la vivencia.

Con motivo, el autor duda de que los representantes de la alta sociedad puedan sostener en la práctica los principios del humanismo y hacer posible el progreso social. Y, en coincidencia con los escritores partidarios de la revolución democrática, destaca que a los círculos burocráticos, tanto conservadores como liberales, sólo les preocupa que la puesta en práctica de esas reformas no modifique la esencia de las relaciones sociales existentes.


La versión completa del texto publicado en Radar, aquí.

16 mayo, 2010

Otra versión de Narciso

Narciso, según CARAVAGGIO


Se cuenta de él que vio su sombra en el agua, que se enamoró y saltó al agua para abrazarla y que así se ahogó. Pero no es cierta esta historia, pues no se ahogó por caer al agua. Antes bien, tras ver en la naturaleza fluctuante de su cuerpo material su propia sombra, esto es, la vida que habita en el cuerpo, la cual es la útima imagen del alma real, sintió el afán de abrazarla en tanto que propia, es decir, sintió amor por la vida que en ella habita y así se ahogó, pues quedó anegado en tanto que destruyó su alma real, lo cual es tanto como decir la vida que de forma real la correspondía. De ahí que también diga un dicho: "Temeroso de tu propia sombra".

Anónimo Vaticano, "Historias increíbles".
Incluido en la antología "Mitógrafos griegos", publicada hace pocos meses en la Biblioteca Clásica Gredos.

15 mayo, 2010

Abc de las microfábulas


"ABC de las microfábulas" se llama el último libro de Luisa Valenzuela, con ilustraciones de Rufino de Mingo. Fue publicado en Madrid por Del Centro Editores, en edición limitada.


Jacinta, joven jirafa de Jaipur, se jabona el jopo en el jagüel.

- Ja ja ja, joyas japonesas mis jubones. Los jueves el jilguero me jinetea hasta la jarana, justifico la jauja; se jacta con José el jirafo en jefe.

José se jarta. ¡Jolines! Por jubilosa y jugosa la jalan a Jimena en una jaula.

- Juro por mis jamones, por la joroba del jeque juro que no jugaré más; jerarquiza Jacinta, jadeante. Seré juiciosa, jamás jalaré la jabalina,

El juez la juzga con jitanjáforas jónicas. Jimena jalona sus jeremíadas con jaculatorias jíbaras. Pura joda. No la ajustician, la juzgan jovial y la juntan con Júpiter.

Moraleja:
La alegría es tu mejor defensa.


Página oficial de la escritora: http://www.luisavalenzuela.com/

13 mayo, 2010

Alain Souchon


Ah, qué maravilla el don melódico y la certeza poética de Alain Souchon... Uno de los grandes songwriters actuales y uno de los más subvalorados, creo yo.






Il a tourné sa vie dans tous les sens
Pour savoir si ça avait un sens l'existence
Il a demandé leur avis à des tas de gens ravis
Ravis, ravis, de donner leur avis sur la vie
Il a traversé les vapeurs des derviches tourneurs
Des haschich fumeurs et il a dit

La vie ne vaut rien, rien, rien, la vie ne vaut rien
Mais moi quand je tiens, tiens,
Là dans mes mains éblouies,
Les deux jolis petits seins de mon amie,
Là je dis rien, rien, rien, rien ne vaut la vie,

Il a vu l'espace qui passe
Entre la jet set les fastes, les palaces
Et puis les techniciens de surface,
D'autres espèrent dans les clochers, les monastères
Voir le vieux sergent pépère mais ce n'est que Richard Gere,
Il est entré comme un insecte sur site d'Internet
Voir les gens des sectes et il a dit

La vie ne vaut rien, rien, rien, la vie ne vaut rien
Mais moi quand je tiens, tiens,
Là dans mes mains éblouies,
Les deux jolis petits seins de mon amie,
Là je dis rien, rien, rien, rien ne vaut la vie

Il a vu manque d'amour, manque d'argent
Comme la vie c'est détergeant
Et comme ça nettoie les gens,
Il a joué jeux interdit pour des amis endormis,
Et il a dit

La vie ne vaut rien, rien, rien, la vie ne vaut rien
Mais moi quand je tiens, tiens,
Là dans mes mains éblouies,
Les deux jolis petits seins de mon amie,
Là je dis rien, rien, rien, rien ne vaut la vie.

Y también:




11 mayo, 2010

Las enseñanzas de don Carlos




Por Eduardo Berti

A finales de los sesenta, casi a la vez que Carlos Santana se iba convirtiendo, lo mismo que George Harrison o John McLaughlin, en uno de los mayores accionistas del supermercado espiritual —para usar el término acuñado por Robert Greenfield en su ensayo homónimo—, otro Carlos de origen latino y establecido en Estados Unidos sacudía a la contracultura con una mezcla efectiva de espiritualidad, brujería y drogas alucinógenas. Se presentaba como Carlos Castaneda y tuvo un éxito rotundo desde su primer libro: Las enseñanzas de don Juan, un relato que colocaba a un estudiante de antropología ante las mismísimas puertas de la percepción.

Padre simbólico de muchos pensadores de la así llamada “Nueva Era”, Castaneda publicó aquel primer libro en 1968 (recogiendo una experiencia ocurrida, según sus propias palabras, entre 1961 y 1965) y en 1973 coronó, aunque no terminó, la serie con Viaje a Ixtlán.

Libro a libro, Castanada iba narrando en primera persona la lenta y casi siempre desconcertante lección de brujería a la que lo sometía don Juan Matus, un viejo chamán yaqui dispuesto a convertirlo en su joven discípulo. El joven Carlos deseaba ser un “hombre de conocimiento” y “ver”. La experiencia tenía todos los elementos de un potente relato de aprendizaje; página a página, como observó Butler Bowdown, el reporte científico iba cediendo a la prosa subjetiva: “Lo que empezó como un estudio objetivo fue evolucionando hacia una autobiografía, ya que, bajo la dirección de don Juan, él mismo se convirtió en tema central de sus escritos”.

Castaneda no fue el primero en interesarse por el chamanismo ni tampoco por el uso del peyote y otras plantas alucinógenas en la cultura indígena de México, pero encontró un formato sumamente ameno, no tan académico como el que había empleado a mediados de los años 1950 Aldous Huxley en su Doors of Perception, el libro que inspirara a Jim Morrison a la hora de bautizar a su banda musical.

“La brujería de Don Juan ataca las suposiciones de Carlos sobre el conocimiento y sobre lo que se supone una interpretación adecuada”, resumió Daniel Noel en su prólogo al libro Seeing Castaneda (Castaneda a examen, editorial Kairós, 1977). “Por una oreja escuchamos un susurro: explicación racional, hecho, realidad ordinaria; por la otra nos llega: explicación irracional, ficción, realidad no-ordinaria. Nuestras mentes salen fuera del enfoque familiar y las distinciones claras desaparecen”.

Carlos CASTANEDA


Desde un principio, la obra de Castaneda despertó una acalorada controversia: sus textos, ¿debían leerse como un estricto reportaje antropológico o, en su defecto, como una narración puramente ficticia?

En su Carlos Castaneda: drogas, brujería y poder personal (Lea, 2005), Andrés García Corneille responde a este debate diciendo que: “A mí poco me importa que don Juan Matus (…) haya existido o no. Su existencia con nombre y apellido poco significa si es que existe una mística como la que representa. En verdad, es mucho más importante que haya llegado a nuestros tiempos un sistema de creencias como el que expresan los santeros, diableros, yerberos, hechiceros —chamanes, en definitiva— que pueblan América Latina, y que remite a concepciones anteriores a la conquista española que la transculturización no hay logrado erradicar ni desdibujar”.

Muchos lectores que disfrutaron o aun se conmovieron con los libros de Castaneda piensan de forma semejante a García Corneille. Otros, en las antípodas, creen que Castaneda fue un vulgar farsante. Y entre medio está la postura de quienes aceptan y hasta disfrutan el juego. El etnógrafo y psicoterapeuta Bradford Keeney cuenta que en su juventud dio un curso sobre Carlos Castaneda en un pequeña escuela secundaria de los Estados Unidos. En su primera clase, se limitó a presentar los materiales que “demostraban” la autenticidad de las páginas de Castaneda. “Recordé a mis alumnos que se había graduado en la UCLA (Universidad de California) La clase entera quedó azorada y los alumnos se retiraron preguntándose si debían aceptar la existencia de que ese mundo alternativo”. En la segunda clase, Keeney empezó pidiendo disculpas. Dijo que los libros de Castaneda eran un completo fraude y que el propósito de su primera lección había sido mostrar cuán fácil se puede embaucar a la gente. Para “demostrar” la estafa de Castandeda, Keeney leyó una descripción de una experiencia alucinógena vivida por el botánico Robert Gordon Wasson y mostró que Castaneda había copiado varias frases y conceptos de allí. Una semana más tarde, sin embargo, Keeney volvió a pedir disculpas a sus alumnos. Dijo que así como había simplificado en el primer encuentro sus argumentos a favor, en el segundo encuentro había simplificado los argumentos en contra. El debate de fondo, a su entender, era mucho más complejo y profundo: ¿cuál es el límite entre ficción y no ficción?, ¿qué es la mentira y qué es la verdad?

En 1972, cuando Castaneda se hallaba en su apogeo, la escritora Joyce Carol Oates envió una carta al New York Times, quejándose porque los libros de don Juan eran clasificados como “no ficción”. Pasaron décadas, Castaneda falleció en 1998 y la editorial Simon & Schuster sigue considerando y presentando sus libros como “no ficción” pese a que el periodista y psicólogo Richard de Mille, sobrino del famoso director de cine Cecil B. de Mille y colaborador cercano de Ron Hubbard (Scientology), editó dos libros, The Power and the Allegory (1976) y The Don Juan Papers (1980), en los que ha acusado a Castaneda de charlatán y plagiario, apoyándose en numerosas pruebas.

Richard De Mille es, acaso, el símbolo más visible de quienes creen que las enseñanzas de don Juan no se originaron en el desierto de Sonora, sino en la biblioteca de la UCLA. “Cuando don Juan abre su boca”, escribió De Mille, “salen las palabras de varios escritores puntuales” y a esto consagró gran parte de The Don Juan Papers: a rastrear las fuentes académicas (los “plagios”, dicen algunos) de Castaneda, que van de Wittgenstein a C. S. Lewis, pasando —claro está— por muchos místicos del budismo, como el Yogui Ramacharaka. Con su trabajo, De Mille convenció a gran parte del mundo académico de la inexistencia de don Juan Matus (alias “el viejo nagual”). Pero la revelación más asombrosa de De Mille fue que los Yaquis no utilizaban ni utilizan el peyote.

Suele decirse que una de las primeras descripciones completas del cactus peyote fue la hecha por Francisco Hernández, físico personal del rey Felipe II, pionero en los estudios de la medicina azteca. “Aquellos que lo toman pueden predecir cosas", escribía el español en el siglo XVI. Ya a fines del siglo XIX, el etnólogo danés Carl Humboltz estudió el uso del peyote entre los indios de la Sierra Madre Occidental, principalmente huicholes y tarahumara. Estos últimos interesaron luego al poeta surrealista Antonin Artaud, quien en 1936 visitó México para vivir en la Sierra Madre en compañía de los tarahumara y asistir a sus rituales de “ciguri”. El peyote, concluyó Artaud, logra conducir al yo hasta “sus fuentes auténticas”.

La iniciación de Castaneda, asistida por drogas psicotrópicas, no pudo estar más en consonancia con la época: entre 1967 y 1969 se vivió el esplendor del LSD y de la psicodelia, de Monterrey Pop a Woodstock, del Sgt Pepper de los Beatles o el debut de Pink Floyd a Volunteers de Jefferson Airplane. Sin embargo, como bien señala Butler Bowdon en su libro Cincuenta clásicos espirituales, en el momento de la publicación de la tercera obra, Viaje a Ixtlán, el discípulo Carlos ya había entendido que “los químicos naturales sólo son una destello del desarrollo personal” y que “lo que tenía más importancia eran los principios revelados por don Juan para convertirse en un hombre de poder”. De nuevo, el sincronismo entre Castaneda y la contracultura pop es asombroso: 1973, año en que se edita Viaje a Ixtlán, es considerado como el final del auge de la psicodelia,

Uno de las principios centrales que don Juan Matus le inculcar a Carlos es que debe borrar la historia personal, porque “la historia personal es basura”: mejor olvidarse del pasado para ser una persona nueva cada día y obtener la libertad de lo imprevisible. A la luz de esta noción, no extraña que todas las circunstancias de la vida de Castaneda estuvieran siempre teñidas de misterio, máxime cuando en 1973 (tras aparecer en la tapa de la revista Time) Castaneda se volvió aún más esquivo de lo que ya había sido, negándose a ser fotografiado, no concediendo entrevistas. El enigma se acrecentó con las dos versiones contradictorias que circularon siempre acerca de su nacimiento. Según él mismo, había nacido en 1935 en Brasil, bautizado Carlos César Salvador Aranha Castañeda, hijo de un profesor de literatura. Había estudiado en Lima y Buenos Aires, y antes de cumplir los 18 años de edad se había mudado a San Francisco. Según los registros de inmigración de Estados Unidos, nació en Perú, en 1925, hijo del dueño de una joyería, y estudió en Lima antes de establecerse en California. Lo que parece seguro es que se nacionalizó estadounidense en 1959, que en 1962 se graduó como antropólogo en la UCLA y que en 1973 recibió el doctorado por Viaje a Ixtlán.

La premisa de borrar la historia personal es uno de los ejes centrales de las enseñazas de don Juan, quien afirma: “Sentirse importante lo hace a uno pesado, torpe y vano. Para ser un guerrero uno necesita ser ligero y fluido”. Los detractores de Castaneda arguyen que estas ideas provienen directamente de las filosofía budista, que propicia el empequeñecimiento del «yo» o de la identidad personal a favor de un «yo» colectivo.

“El budismo niega el yo”, explicaba Jorge Luis Borges durante una conferencia en el Colegio Libre de Estudios Superiores que fue seguramente el embrión de su libro Qué es el budismo, escrito junto con Alicia Jurado,. Y seguía diciendo “Una de las desilusiones capitales es la del yo. El budismo concuerda así con Hume, con Schopenhauer y con nuestro Macedonio Fernández. No hay un sujeto, lo que hay es una serie de estados mentales. Si digo "yo pienso", estoy incurriendo en un error, porque supongo un sujeto constante y luego una obra de ese sujeto, que es el pensamiento. No es así. Habría que decir, apunta Hume, no "yo pienso", sino "se piensa", como se dice "llueve". Al decir llueve, no pensamos que la lluvia ejerce una acción; no, está sucediendo algo”.

Fragmento de un extenso artículo publicado en la revista La Mano de Buenos Aires, Argentina. Abril de 2010.



09 mayo, 2010

Olvido


Festejaban el cumpleaños de un hombre modesto. Aprovechaban la ocasión para hacerse ver, para halagarse los unos a los otros. Y no fue sino al fin de la velada cuando cayeron en la cuenta: el héroe de la fiesta no había sido invitado, se habían olvidado de él.

Del "Cuaderno de notas" de Anton Chéjov, traducción de Leopoldo Brizuela.




08 mayo, 2010

Apuesta



Eché la carta de amor en todos los buzones. Pensé: con que una sola entienda, será suficiente.

Sigo esperando.

Minicuento de Fernando Remitente, publicado en su "Teoría del mínimo relato" (o sea, aquí)

07 mayo, 2010

Fantasmas de la Edad Media


En Europa, durante la Edad Media, la iglesia de encargó de domeñar a los fantasmas. “El que haya unos hombres que se aparezcan después de morir es algo que resulta difícil de creer para cristianos nutridos de la Biblia y de los Padres de la Iglesia. Para ellos, y antes de que se asiente la noción de purgatorio, no existen más que dos posibilidades para un difunto: va al infierno o va al paraíso. Enfrentada al culto a los muertos, capital en el paganismo, la iglesia se ve obligada a reaccionar y a imponer sus propias respuestas a las cuestiones referentes a los estados post-mortem. Los dos teólogos que han desempeñado el papel más importante en la historia de los fantasmas y los aparecidos han sido Tertuliano y San Agustín”, plantea Claude Lecouteux en su indispensable “Fantasmas y aparecidos en la Edad Media”.

San Agustín justifica la creencia en los muertos que no tienen descanso. El purgatorio, por lo tanto (el “tercer lugar”: ni cielo, ni infierno), se convierte en la morada de los muertos que no descansan en paz.


El asunto ha sido cuidadosamente analizado por Jacques LeGoff en “El nacimiento del purgatorio”. En resumidas cuentas, Tertuliano
(155-230), líder de la Iglesia y prolífico autor, fija la idea de que los aparecidos son muertos poseídos por el demonio. Los fantasmas pasan a ser vistos como una ilusión diabólica. La literatura moralizante de la época (sobre todo los ejemplarios) ofrece innumerables casos.

Lecouteux recoge en su libro varios ejemplos que Cesáreo de Heisterbach escribió en su "Dialogus miraculorum" (“El diálogo de los milagros”). En una de ellos, una mujer pide, en plena agonía, que le hagan unos sólidos zapatos y la entierren con ellos. ‘Me serán útiles’, explica, y le conceden su último deseo. A la noche siguiente, un caballero oye una voz: “¡Ayúdenme!”. Luego ve a una mujer que sólo lleva camisa y zapatos; intenta atraparla de los cabellos, pero ella escapa no sin antes perder varios mechones. Por la mañana abren la tumba y ven que la muerta ha perdido buena parte del pelo.

Fragmento de mi introducción a la antología Fantasmas (Adriana Hidalgo, Buenos Aires)



06 mayo, 2010

Arrugas





En su serie "Paper Surgery", el artista estadounidense Stephen J. Shanabrook (Cleveland, 1965) arruga conceptos tan debatibles como lo bello y lo feo.

Según lo que he podido leer, Shanabrook (quien vivió un tiempo en Moscú y trabajó de joven en una morgue) suele jugar con las fronteras entre placer y dolor, como lo muestra el caso de su "caja de chocolate mórbido" (ver aquí).

Más en:

www.stephenshanabrook.com

04 mayo, 2010

Cinco libros: Mariana Dimópulos

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Mariana Dimópulos:



Los hermanos Tanner, de Robert Walser.
La primera novela de Walser, y la mejor. Ingenua, cruel y bella.

El malogrado, de Thomas Bernhard.
Todo lo suyo condensado en tres personajes geniales, en un libro sobre el genio.

Misericordia, de Benito Pérez Galdós.

Para quien guste de la retórica y la amargura del humor español.

Jude el oscuro, de Thomas Hardy.
La última novela de Hardy, pesimista, dramática, incansable.

The Making of New World Slavery, de Robin Blackburne.
Es un libro para entender cómo surgió la América colonial, pero sobre todo para descifrar cierta parte del pensamiento europeo. No es ficción, lamentablemente.


Mariana Dimópulos (Buenos Aires, 1973) es traductora del inglés y del alemán. Colabora esporádicamente en medios gráficos de Argentina. Publicó Anís en 2008. Su segunda novela, Cada despedida, sale en junio de 2010.

02 mayo, 2010

Las cuatros cualidades del genio


En el siglo XVIII la monstruosidad convivía con la vida cotidiana y si en algunos casos era recluida con sagrado horror y manifiesta crueldad, en otros era reverenciada. Es claro que la calificación podía ser itinerante e imprecisa, tanto podía merecerla un niño salvaje o un hombre proboscídeo –el famoso “hombre elefante”-, como un genio, un Mozart pongamos por caso; en suma, lo que se apartara de una confortable noción de normalidad era sentido como exorbitante y monstruoso y en uno u otro caso finalmente castigado de diverso modo; a un genio no se lo podía recluir y había que admirarlo pero comprenderlo, eso sí que no.

Dejemos a los accidentes de la naturaleza y a las irrupciones de lo incontrolado de la genética para pensar en los logros de la genética, los genios. Abundaban en el XVIII en diversos campos, música en particular: sigue asombrando la cantidad de obras maestras de Haydn, de Mozart y de tantos otros, así como la densidad y profusión de los textos de Kant o de Hegel: ¿cómo lo produjeron, en qué condiciones materiales lo pudieron hacer, con qué luz se iluminaron para escribir tanto y tan bueno? Es asombroso y aterrador, la energía les fluía y ordenaba una tras otra las composiciones o los escritos, tal vez algo menos la pintura que había tenido su momento semejante de desmesura en los siglos XV al XVII y volvería a tenerlo en el XX. Cuesta entenderlo pero, al menos, sirve para atribuir a los genios un conjunto de rasgos que faltan en los que no lo son; a la manera en que Italo Calvino se propuso entender que una escritura sólo podía ser tal si cumplía con cinco condiciones, me parece que la genialidad se reconoce en al menos cuatro cualidades: la continuidad, la cantidad, la originalidad y la densidad.

Fragmento de la introducción de Noé Jitrik a "Una historia desagradable", de Fiodor Dostoievski, el nuevo libro que lanzamos esta semana con la editorial La Compañía. Esta breve novela, publicada originalmente en 1862, era prácticamente desconocida para los lectores en lengua castellana, a quienes llega ahora con traducción y posfacio de Luisa Borovsky.

01 mayo, 2010

Otra naranja

¿Y esta otra versión de "La naranja", de Gilbert Bécaud, en lo que vendría a ser el "clip"?



Lo notable del caso es cómo de una misma canción el autor e intérprete puede ofrecer dos versiones tan opuestas (cómica o trágica), las dos igualmente logradas y usando siempre la banda sonora original.