29 octubre, 2010

El blog de Dostoievski


Es octubre de 1877. En San Petersburgo está lloviendo, claro, y no hace mucho más calor en el interior del número 5 de la calle Kuznechny. Dostoievski enciende su portátil. Ha pasado toda la tarde haciendo anotaciones, preparando esquemas para una futura novela que se centrará en tres hermanos, y acaba de entrar en su blog en livejournal.ru, donde escribe: «En el transcurso de estos dos años, he aprendido mucho y en muchas cosas me he afirmado más. Pero, por desgracia, decididamente me veo obligado a terminar. Concluiré con la edición del Diario de diciembre. Quizá ni yo ni los lectores nos olvidaremos mutuamente durante mucho tiempo». Pincha sobre el botón de «publicar» y espera la reacción de sus lectores en los comentarios. Mientras estos llegan, empieza a planificar los próximos posts: uno sobre las antiguas normas militares, otro sobre los errores cometidos por Napoleón, y le enmendará la plana, ya de paso, a la prensa política por algunas opiniones lanzadas esos días.

Escribirá también algo sobre sus propios libros («Esta novela no me salió bien, pero su idea era bastante clara», anota a propósito de El doble) y, tal vez después, responderá a esos comentarios recibidos que lleva tiempo sin atender. Es decir, continuará haciendo exactamente lo mismo que está llevando a cabo de forma constante desde hace años en su blog Diario de un escritor, y a saltos y con menos premeditación o con menos organización desde bastante antes.

No es octubre de 1877. Confío en que hoy no vaya a llover y, evidentemente, Dostoievski nunca tuvo un blog. Pero no me cabe duda de que el escritor ruso habría sido feliz escribiendo en uno y que ese sería el formato idóneo para su «Diario de un escritor». Un espacio donde poder escribir lo primero que se le pasase por la cabeza, contestar airadamente o no a cualquier opinión y asunto, dedicarle líneas a los últimos libros leídos, pero también poder trazar –sin límites de extensión, sin plazos, sin presiones– ensayos sobre la obra de Pushkin, de Gógol, de Tolstói. Poder discutir con uno de sus lectores cara a cara, o lamentarse por las críticas a su último libro. Dejar alguna pista sobre su estado de salud, escribir un cuento (como «La mansa» o «El muzhik Maréi»), o «colgar» la última conferencia leída en público.

Eso es exactamente este Diario, ese espacio libre y personal, incensurable y aparentemente ilimitado donde uno puede «autopublicarse» lo que quiera. Como en un blog, para lo bueno y para lo malo. Y eso es lo que hizo Dostoievski, que entre otras cosas fue un gran defensor de la autoedición, que llegó a fundar junto a su mujer, Anna, una «editorial» en la que publicaría las versiones completas de sus novelas –a partir de Los demonios–, reeditaría las anteriores y desde donde llevaría a la imprenta el Diario.

Estas páginas no eran sólo un diario íntimo, ni un cuaderno de apuntes de un escritor, ni un intento de dejar encuadernadas sus memorias. Eran más bien el camino diario de alguien que escribe, la recopilación de todo lo que sucede alrededor de un autor (un prolífico autor que diez años antes ya había escrito obras maestras, como Memorias del subsuelo o Crimen y castigo ), aquello que también existe para un escritor entremedias de las novelas: la vida. Es decir, política, Historia y actualidad; crítica, celebración y desesperación (o enfado); pintura, teatro, música y vida social; literatura, literatura y más literatura.

Pero, además, y esto es lo que verdaderamente lo diferencia de un cuaderno íntimo y lo acerca más a ese hipotético blog decimonónico, Dostoievski quiso que desde el principio fuera leído, recibido por sus lectores, aceptado o rechazado por sus contemporáneos. Diario de un escritor, en su sentido más estricto, es una cabecera, el nombre de una publicación periódica –que no apareció en formato libro, reunida, hasta después de su muerte– para la que el escritor ruso fue contratado en calidad de director, redactor único, forma y fondo de su contenido.

Al mismo tiempo se convirtió en el proyecto al que más horas dedicó Dostoievski, su penúltimo gran trabajo, teniendo claro que ese sería uno de sus grandes legados, tanto es así que cuando su viabilidad económica se hizo imposible, él mismo asumió los costes de publicación (a razón de un cuadernillo mensual) y continuó editándolo y azotando a la sociedad petersburguesa, rusa y europea hasta el día de su muerte.

Libertad de pensamiento (es fácil rastrear en este libro los conflictos religiosos o políticos que se dan en Dostoievski a lo largo de los años), libertad de prensa (tanta que cuando hay que replicar al resto de la prensa o a otros escritores o a cualquiera que emite un juicio se hace sin tapujos) y libertad en la escritura (que no se adapta a géneros y por eso este volumen no es un compendio periodístico, ni una autobiografía, ni el lugar donde aparecen varios de sus grandes relatos, sino todo al mismo tiempo). Libertad incluso en su difusión es lo que habría querido Dostoievski, que, adelantándose al concepto de copyleft, llega a plantearse ofrecer su libro gratis, aunque no sin conflicto: «¿Es posible entregar un libro gratis en este siglo nuestro? ¿No es una manera segurísima de rebajar la categoría del libro y privarlo de sus lectores, que huyen de todo lo que se les impone?».

Lo que ha pretendido esta edición es hacer, reunida en un mismo archivo, una copia de seguridad de todo el disco duro de Dostoievski. Juntar en más de mil seiscientas páginas todo el Diario de un escritor, lo que se publicó en entregas bajo ese nombre más lo que quedó fuera, por diversos motivos, y también gran parte de los apuntes que el escritor habría querido desarrollar. Un intento de ofrecer por completo todo su pensamiento. Hacer lo que él mismo quiso hacer y que queda claro en este libro: todo o nada. Dostoievski o nada.

Artículo de Paul Viejo, publicado hoy en el diario ABC, de Madrid, en ocasión de la primera versión completa en castellano (¡1616 páginas!) de los Diarios de Dostoievski, de la cual es el editor.

Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes
, de Fiódor Dostoievski
Edición y traducción: Paul Viejo
Traducción: Eugenia Bulatova, Elisa de Beaumont y Liumila Rabdanó

28 octubre, 2010

Gershwin según Brian Wilson



Uno de mis músicos favoritos, Brian Wilson, acaba de editar un disco magistral en el que no sólo versiona con luminosa libertad el repertorio más sagrado de George Gershwin, sino que hasta se da el lujo de completar –con la debida autorización de los herederos– dos canciones que este último había dejado inconclusas, por ejemplo la siguiente: "The Like In I Love You", con letra especialmente escrita por Scott Bennett.



El CD se llama “Brian Wilson reimagines Gershwin” y es el encuentro entre dos de los mayores melodistas (y compositores) del siglo XX. En el blog www.efeeme.com, Alex Oró reflexiona en forma muy atinada acerca de los posibles paralelos entre las vidas de uno y otro:

Tienen puntos convergentes que, salvando las obvias diferencias espacio-tiempo, les acercan. George Gershwin murió a los 38 años víctima de un tumor cerebral. Brian Wilson, por su parte, se desenchufó del mundo real cuando todavía no había cumplido la treintena. Una incontrolable politoxicomanía acrecentó los problemas psíquicos que padecía y dejó en suspenso su carrera durante años. Ambos son dos de los creadores musicales más importantes de la Norteamérica del siglo XX. Gershwin y Wilson (en sus momentos de mayor lucidez artística) fueron capaces de conseguir el favor del público combinando melodía y armonía de manera magistral. Los dos artistas tienen más cosas en común. Tanto Wilson como Gershwin, conocieron la fama trabajando con sus hermanos. En el caso del talentoso compositor de origen ruso-judio, la colaboración con su hermano Ira fue totalmente fructífera. El mayor de los Gershwin fue el letrista de canciones como ‘I got rhythm’, ‘S wonderful’, ‘Some watch over me’ y de la opera “Porgy and Bess”. Fueron los reyes de Brodway y el talento de George era admirado hasta por los compositores de música clásica. Stravinsky y Ravel se negaron a darle clases por considerar que bien poca cosa le podían enseñar.

Para Wilson, en cambio, la relación con su familia fue tortuosa. Primero con su padre, que siempre envidió el talento de Brian. Posteriormente, con sus propios hermanos y especialmente con su primo Mike Love, que no digirieron bien los cambios estilísticos que el mayor de los Wilson impuso durante las agitadas sesiones de grabación de “Pet sounds” (1966), en las que los signos de desequilibrio mental de Brian empezaron a ser evidentes. El líder de los Beach Boys se obsesionó con la perfección y obligó a sus compañeros, que sólo aspiraban a grabar temas como ‘Surfin USA’ o ‘Help me Ronda’, a repetir tomas una y otra vez hasta la saciedad. “Pet sounds” fue un fracaso comercial y Wilson decidió apostar todo su capital creativo en la grabación de “Smile”. En ese período, el cerebro del líder de los Beach Boys dijo basta. Brian estuvo ausente mentalmente durante años, aunque aportó composiciones a los discos que los chicos de la playa grabaron en el tramo final de los sesenta y durante los setenta. En 2004 aparece “Brian Wilson presents Smile”, en el que Brian recupera el viejo material de “Smile”, su disco maldito y, arropado por un grupo de músicos soberbios, renace como artista. Es la resurrección del genio y el punto de partida para analizar su disco de versiones de Gershwin.



26 octubre, 2010

David Lagmanovich

David LAGMANOVICH


Vivía con el alma en un hilo. Era un hilo brillante, dúctil, que dejaba al alma libertad de movimientos sin cortar el vínculo con el cuerpo. Pero el alma no estaba conforme: ¿por qué no soltar el hilo y salir a volar, como una cometa que de súbito se arranca de la mano infantil que la sostiene? Día a día se escuchaban los lamentos del alma por tener que vivir en un hilo. Una tarde que no estaba demasiado ocupado, Dios escuchó sus quejas, y de un celeste tijeretazo cortó la dependencia que al alma tanto le fastidiaba. Nadie volvió a acordarse del hilo, que había caído en medio de unos pastizales. Pero ahora el alma, liberada, siente una infinita desolación.


"El alma en un hilo", microcuento de David Lagmanovich que falleció esta mañana a los 83 años. Nacido en Córdoba, Argentina, pero muy ligado a la provincia de Tucumán,
ejerció la docencia, practicó la poesía, el ensayo y diversas formas narrativas, pero fue ante todo uno de los máximos referentes de la microficción. Como antólogo, publicó Microrrelatos (Tucumán, 1999); La otra mirada. Antología del relato hispánico (Palencia, 2005); El microrrelato. Teoría e historia (Palencia, 2006). Como ensayista, El microrrelato hispanoamericano (Bogotá, 2007). Como cuentista, varios libros, entre ellos La hormiga escritora, Casi el silencio, Los cuatro elementos o su reciente Historias del mandamás y otros relatos.





24 octubre, 2010

Tragedia

Vicente HUIDOBRO


María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder comprender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.

"Tragedia" (minicuento de Vicente Huidobro)

23 octubre, 2010

Estamos improvisando




La guerra había detenido el teatro en las piedras de la base y la fachada: un frontón neoclásico que abrazaba un rectángulo de hierba. En el recinto, por eso, y quizá porque las piedras de la base lo protegían de los perros y el viento, había crecido una hierba alta y gruesa, verde oscuro y prolífica, que incluso se asomaba en penachos desordenados por la puerta sin puerta.

Después de dos años de abandono, dado que el forraje costaba demasiado y no había hombres para cortar las cañas, Asmara fue a casa de Esperia y abrió el establo.

-Hoy te las llevaré a pastar -dijo-, porque, si no, van a palmarla de hambre.

Y se fue al teatro. A mediodía, el policía municipal pedía explicaciones.

-¿Qué está haciendo? -preguntó, sin entrar en el recinto.

-Ya ves, estamos improvisando -dijo Asmara.

Antonio Tabucchi, Piazza d'Italia.
(Gracias a Tomás David Rubio Casas)


22 octubre, 2010

La ambición


Una mujer tenía una gallina que a diario ponía un huevo de plata. “Si aumento su comida”, se dijo, “pondrá dos huevos por día”. Pero no bien ella aumentó la ración, el peso le rompió el buche y murió.

"La gallina de los huevos de plata" (fábula india recreada por Ali-Tchelebi ibn-Salih)


20 octubre, 2010

Unos días en el Brasil

Charla-presentación del libro de Adolfo Bioy Casares "Unos días en el Brasil (Diario de viaje)" (La Compañía) con la participación de Fernando Sorrentino, Miguel Vitagliano, Hugo Beccacece y Ernesto Schoo (este último sin confirmar) el jueves 21 de octubre a las 18 en VILLA OCAMPO: Elortondo 1837, Beccar (partido de San Isidro), Argentina.


En 1960, el PEN Club invitó a Adolfo Bioy Casares a un congreso en Río de Janeiro. Así nació Unos días en el Brasil (Diario de viaje), un libro prácticamente inhallable hasta hoy, del que sólo se habían editado trescientos ejemplares que no salieron a la venta.

El viaje incluyó una escala en San Pablo y una visita a Brasilia; en aquella época, la capital aún estaba construyéndose y Bioy Casares le tomó fotografías que se publican por primera vez en esta edición.

Las llamativas notas de este diario están pobladas por las presencias literarias que asistieron al congreso (Graham Greene, Alberto Moravia, Elsa Morante, Roger Caillois), la sombra de una mujer que el escritor esperaba reencontrar y agudas observaciones y apuntes sobre la vida cotidiana y la idiosincrasia de los países.

Unos días en el Brasil –libro breve, peculiar, intenso– es una pequeña exquisitez para reencontrarse con Bioy y descubrir un raro episodio en su vida.

19 octubre, 2010

Llevar un diario


Conveniencia de llevar un diario: seguimos el desarrollo de las situaciones en que nos vemos envueltos, con la esperanza de que la realidad se muestre ocurrente; agradecemos, por lo menos en nuestra calidad de autores, una solución patética o desairada. [...]

Inconveniente de llevar un diario: ante nosotros mismos documentamos la futilidad de la vida.

Adolfo Bioy Casares, "Guirnalda con amores" (1959).

17 octubre, 2010

Cinco segundos

En el sitio "That Guy With the Glasses" puede hallarse una impresionante colección de películas en 5 segundos. Un audaz (y casi siempre irónico) ejercicio de cine bonsai cuyo secreto está en una compaginación y una elipsis extremas:



TITANIC en cinco segundos



El REY LEON en cinco segundos

Más en:
http://thatguywiththeglasses.com/videolinks/thatguywiththeglasses/5-second-movies

15 octubre, 2010

Maradona dixit


Se cumplió un año del ya célebre "la tenés adentro" de Diego Maradona (y del lamentable exabrupto del "que la chupen") y un diario de la Argentina puso en marcha una encuesta en torno a la frase.

Aunque se trata, sin dudas, de las dos frases de Maradona que levantaron más polvareda en los últimos tiempos, desde la famosa "mano de Dios" (o de, años después, "me cortaron las piernas" y "la pelota no se mancha"), no se trata para nada de las mejores ni de las más creativas de alguien que con los años fue exhibiendo y desarrollando un talento especial para los dichos y las sentencias.

Personalmente, mi frase maradoniana favorita es "se le escapó la tortuga". La historia detrás de la frase es que un ex embajador norteamericano (el mediático James Cheek, si no me falla la memoria) movilizó una vez a todo su personal de seguridad para buscar una tortuga que se le había perdido a su hijo. "¿Cómo se te puede escapar una tortuga, que tarda horas en avanzar medio metro?", ironizó Maradona en su momento y de ahí surgió este dicho que, con el tiempo, llegó a instalarse en el idioma cotidiano de los argentinos con tanta naturalidad que muchos ya olvidaron (o incluso ignoran) quién lo acuñó.

Diversos sitios web se ocupan de recopilar "dichos de Maradona". En la lista no faltan los ya mencionados, a los que se suelen sumar otros como:

“Yo crecí en un barrio privado…privado de luz, agua, teléfono”

“¡Esos tipos le toman la leche al gato!” (refiriéndose a ciertos políticos y dirigentes)

“A los políticos les saco una ventaja. Ellos son públicos, yo soy popular.”

14 octubre, 2010

Como fruta madura



Según cuenta una antigua leyenda china, un día del año 2640 A.C, la princesa Si Ling Chi estaba sentada a la sombra de una morera cuando en la taza de té se le cayó un capullo de gusano de seda. Al intentar sacarlo, observó que el capullo empezaba a desenredarse en el líquido caliente. Dio el extremo suelto a su doncella y le dijo que echara a andar. La sirvienta llegó al jardín del palacio, cruzó las puertas, salió de la Ciudad Prohibida y se adentró un kilómetro en la campiña antes de que se acabara el hilo del capullo. (En Occidente, esa leyenda se iría transformando poco a poco a lo largo de milenios hasta convertirse en la historia de un físico y una manzana. En cualquier caso, el sentido es el mismo: los grandes descubrimientos, ya sea la gravedad o la seda, caen siempre como fruta madura. Y sus autores son gente que se pasa el tiempo holgazaneando debajo de los árboles).

Jeffrey Eugenides, "Middlesex"

12 octubre, 2010

25 años sin Orson Welles

Orson WELLES


Numerosos medios periodísticos se han ocupado de recordar que el pasado domingo se cumplieron 25 años de la muerte de Orson Welles, uno de los artistas más influyentes y versátiles del siglo XX.

Autor de "El ciudadano" (la que muchos consideran como la mejor película de la historia), elegido más de una vez como el mejor director de cine de todos los tiempos, Welles fue un magistral prestidigitador y es mucho más que un azar, quiero entender, que en su última aparición pública (en un programa de TV, horas antes de sufrir el ataque cardiaco que lo mató) se lo viese haciendo un truco de magia.

Welles fue también el director de clásicos como «El tercer hombre» (1949) o «Sed de mal» (1958), pero su nombre se sigue recordando, ante todo, por el temprano episodio que en 1938, antes de la Segunda Guerra Mundial, lo volvió mundialmente famoso: cuando representó por radio una adaptación de "La guerra de los mundos" de H. G. Wells y el realismo causó pánico entre los oyentes de Estados Unidos, quienes creyeron que, en efecto, estaba ocurriendo una invasión extraterrestre.

"Hitler hizo lo mismo que Welles pero no estaba jugando", sostuvo alguna vez Marshall Mc Luhan, analizando el pánico y la sugestión de masas causados por La guerra de los mundos
.

Es evidente que Welles estaba jugando. Lo que aún se discute es con cuánta conciencia. ¿El efecto fue superior a lo que él mismo esperaba? Resulta interesante, en tal sentido, cotejar la postura de Welles después de la transmisión radial, en la inmediata conferencia de prensa, con la que mostrara años después, por ejemplo en un reportaje concedido a la BBC en 1955. En la conferencia de prensa de 1938 el rostro de un Welles hasta cierto punto demasiado compungido transmite inocencia y desconcierto: por más que un grupo de policías había entrado en el estudio de radio, nadie imaginaba el terror que estaba sembrando la emisión. Dos décadas más tarde, Welles contó algo por completo diferente. Dijo que "estaba harto de que todo lo que salía por radio fuese tragado, creído, reverenciado por la gente, lo mismo que hoy ocurre con la televisión".


Todo permite suponer que Welles era muy consciente de lo estaba haciendo. Cuando su adaptación de la obra de H.G. Wells fue transmitida, el 30 de octubre de 1938, no sólo acababa de estrenarse una película que narraba las aventuras de Flash Gordon en Marte (para algunos estudiosos, fueron las imágenes de este film las que cobraron vida en la imaginación de quienes escuchaban el falso relato periodístico de Welles), sino que la radio ya se había erigido en el medio de comunicación por excelencia.


A diferencia de sus antecesores, el presidente Roosevelt empleaba desde 1933 la radio para dirigirse a la nación; lo mismo que uno de sus adversarios políticos más acérrimos, el conservador Huey P. Long, o que varios pastores religiosos. Toda Norteamérica había seguido en directo y con un nudo en la garganta el relato radiofónico del famoso incendio del Zeppelin, en 1937. Y cuatro semanas antes de la travesura de Welles, la misma emisora CBS había transmitido en directo las invasiones alemanas en Europa.





Mi película favorita de Orson Welles es, sin lugar a dudas, "F for Fake" ("F de Falso" o "F de Fraude", según las traducciones). Es la película de un mago o, si se prefiere, de un genial y honesto falsificador que hace suyo el lema de Picasso: "El arte es una mentira que nos hace ver la verdad".

"Film ensayo", según Welles ("falso documental" o "patchwork", según los críticos),"F for Fake", su penúltimo largometraje, fue compaginado entre 1973 y 1974 y, por su estrategia y por su vinculación con el tema del engaño y el ilusionismo, puede entenderse como una suerte de "Guerra de los mundos"
por momentos a la inversa, ya que, en lugar de montar una ilusión, el narrador y presentador de la película (el propio Welles, puesto a cumplir el rol de reportero "on-site") se encarga de explicitar cómo puede fabricarse una farsa o suscitar una sugestión. Y la lección es, claro, una obra maestra.


11 octubre, 2010

Gogol-Dostoievski-Biély-Nabokov


Desde sus primeros libros, el humor fue uno de los rasgos característicos de Nabokov, y sus lazos con Gogol han sido ya objeto de ciertos análisis, pero Lolita
vuelve imposible cualquier duda: insensiblemente, sin que Nabokov lo advirtiera, Dostoievski le ha inoculado la sustancia misma de su comicidad (...) En lo que concierne a Petersburgo, la novela de Biély ha funcionado, por decirlo así, como catalizador de todo el arte de Nabokov. Hay allí materia para un análisis literario particularmente importante, que no me atrevería a abordar aquí de manera superficial. Me limitaré a constatar que Gogol-Dostoievski-Biély-Nabokov forman una cadena evidente.

Nina Berberova, "Nabokov y su Lolita"

10 octubre, 2010

La pasión y la razón

Mario Vargas Llosa tenía 27 años y ya había escrito la colección de cuentos de Los jefes y la revolucionaria novela La ciudad y los perros cuando su amigo el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards lo llevó, en París, al estreno de Ocho y medio , de Federico Fellini. No le gustó. Demasiado desborde, mucha pasión un tanto fuera de control y, sobre todo, carencia de medida y molde. Cuenta Edwards que no hubo forma de convencerlo. No quería saber nada con esos experimentos, y tampoco con los de Godard y los de Bergman. Se divertía locamente, en cambio, con las películas norteamericanas de vaqueros de los años 40 y 50.

Cuando Vargas Llosa habla de sus novelistas favoritos, siempre menciona en primer término a los maestros del siglo XIX, comenzando por Flaubert y Balzac, pero sin desdeñar a otros más identificados con la literatura popular, como su amado Alejandro Dumas. Cuando era joven, en parte por el deseo de escandalizar y en parte porque lo creía realmente, sostuvo que las novelas de caballeros andantes al estilo de Tirante el Blanco eran más creativas que el Quijote : unas creaban un mundo perfecto, que funcionaba con sus propias reglas; la obra de Cervantes sólo lo disolvía con sus burlas.

Estas inclinaciones y gustos pueden servir para comprender a qué clase de artistas pertenece por constitución y carácter el flamante premio Nobel de Literatura. Aunque está dotado de un talento para la narración de tal tamaño que hace que la envidia se transforme en tiña en quienes lo critican, Vargas Llosa es un escritor que observa con bastante fidelidad las normas del género y que pasa por el filtro de la razón todos los ingredientes de sus historias. Además, jamás se da descanso cuando crea.

"La verdad es que la bohemia me aburre y me destroza. La que viví en Lima tuvo sus frutos, pero en general me parece empobrecedora", ha dicho para explicar por qué prefiere el trabajo parejo a los ataques irregulares de la inspiración. El escritor canarino Juan José Armas Marcelo dice que en los años 70 invitó a Vargas Llosa a visitarlo en Las Palmas, y que la idea era darse la gran fiesta entre amigos. "Comenzamos la juerga con una cena china, con muchos tragos, junto a la Playa de las Canteras. Pero a las 12, como si fuera la Cenicienta, Vargas Llosa se levantó de la mesa y me pidió que lo llevara al hotel. ?Mañana tengo que escribir ocho horas´, me dijo, para mi asombro. Al regreso a la juerga en Las Canteras, le dije a Carlos Barral lo que había pasado. ´Sí, sí -contestó el poeta catalán a las carcajadas-, Mario es el único escritor que conozco que trabaja como un obrero y vive como un burgués´."

Para el chileno José Donoso, durante el boom latinoamericano de los años 60 Vargas Llosa había sido "el primero de la clase". Suena, tal vez, un poco irónica la metáfora escolar, pero hay bastante asombro en ella: gracias a aquella disciplina de estudiante perfecto, el peruano ya tenía escritas a los treinta y pocos años tres novelas que no se pueden calificar sino de magistrales: La ciudad y los perros , La casa verde y Conversación en La Catedral .

"Me hubiera gustado ser uno de esos novelistas del siglo XIX, que competían con Dios de igual a igual a la hora de crear mundos. Fue un momento privilegiado de la historia de la novela. Si tuviera que quedarme con una época, me quedaría con la de Tolstoi, de Dostoievsky, de Balzac, de Dickens, de Melville. Eso no quiere decir que haya que escribir novelas a la manera del siglo XIX, sino imitar esa gran ambición novelesca de las grandes catedrales del género. En algunos de mis libros he sentido que trataba de emularlos. En La fiesta del Chivo , por supuesto, y también en La guerra del fin del mundo . En esta actitud hay algo ingenuo: pensar que se lo puede contar todo, que se puede construir un universo tan complejo y tan amplio como el humano. Pero, al mismo tiempo, de esa ingenuidad resultó esta literatura tan deslumbrante, tan extraordinaria", dijo aquí en el 2000, cuando vino a presentar su libro sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo. Toda una toma de posición, una definición de su arte narrativo.

Fragmento de un extenso artículo de Hugo Caligaris dedicado a Mario Vargas Llosa, flamante premio Nobel de literatura, y publicado hoy en el diario La Nación, de Buenos Aires. Versión completa:

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1313318


08 octubre, 2010

El niño del diente de oro


La selección diaria de noticias curiosas del diario ABC de Madrid le dio un espacio destacado, el pasado 6 de octubre, a un caso encontrado en el blog "Amazings", de Alfred López. Cuenta ABC, textualmente:



Se trata de un insólito caso odontológico acaecido a finales del siglo XVI, que tuvo como protagonista a un niño de Weigelsdorf (Silesia), al que le «nació» un diente de oro a la edad de seis años. El pequeño se llamaba Christoph Müller y su valioso molar atrajo la atención de científicos y estudiosos de la época que realizaron todo tipo de conjeturas e investigaciones para tratar de encontrar las causas de esta rareza.

Algunos, como Jakob Horst, profesor de Medicina en la Universidad de Helmstedt, comprobaron la autenticidad de la pieza rozándola con una piedra de toque, método utilizado habitualmente en orfebrería y determinando que efectivamente se trataba de oro, aunque de baja calidad. Su entusiasmo era tal, que llegó a escribir un tratado de casi 150 páginas en el que atribuía las razones del fenómeno a causas sobrenaturales, por aquello de que el 22 de diciembre de 1585, fecha en la que creía que le había nacido el diente, coincidía con un inusual solsticio de invierno en el que se habían alineado varios planetas. Según el profesor Horst, «el Sol se hallaba en la constelación de Aries en conjunción con Marte, Saturno y Venus y eso provocó que los humores que nutrían el cuerpo del recién nacido segregaran oro puro en lugar de masa osea».

Por el hogar de los Müller fueron desfilando un sinfín de estudiosos que pregonaban todo tipo de teorías más o menos creíbles. Pero el que descubrió que en verdad se trataba de una estafa organizada por los propios familiares del pequeño fue Duncan Liddell, un médico escocés residente en Helmstedt que publicó “Tractatus de Aureo pueri Silesiani dente”, en el que sospechaba que el diente de oro de debía haber sido colocado por una mano humana. Sus principales argumentaciones cuestionaban que en la fecha indicada, 22 de diciembre de 1585, hubiese tenido lugar tal alineación astronómica y sobre todo, y la más convincente, que el niño sólo abría la boca a aquellos que pagaban.

Efectivamente la teoría de Liddell se demostró cuando, con el paso de los años, la reluciente pieza se fue degastando y el joven ya no enseñaba su dentadura a nadie, ni por unas cuantas monedas. El destino hizo que en una de esas ocasiones en las que no quiso abrir la boca, un noble (algo embriagado) le asestara una puñalada en la mejilla. Cuando un médico trato de curar su herida, descubrió el fraude. Para aquel entonces, los familiares del niño con el falso diente de oro, ya habían huído con tanta habilidad como la que tuvieron para colocar la fina capa de metal en el diente.

El caso en Amazings:
http://amazings.es/2010/09/29/el-nino-al-que-le-salio-un-diente-de-oro/


07 octubre, 2010

Jesús y la samaritana



Cuando la samaritana se retiró del pozo, después que diera de beber a Jesús, una mujer que todo lo había visto le dijo:

–¿Cómo le has dado de beber siendo judío?

La samaritana respondió:

–Es hermoso y joven. Además habla muy bien y me ha dicho: "Al que bebiere del agua que yo le de, se le quitará la sed para siempre".

Y la otra pensó:

–Entonces esta mujer que ha tenido cinco maridos y ahora un amante, ¿es insaciable?

Leopoldo Lugones, "Filosofícula" (1924)


05 octubre, 2010

Mateo: un homenaje


Eduardo Mateo es, sin dudas, uno de los músicos más geniales salidos de Sudamérica en las últimas décadas. Influido por los Beatles y Joao Gilberto, compañero de ruta de Rubén Rada y los hermanos Fattoruso, amigo de Horacio Molina, maestro de Jaime Roos y Fernando Cabrera, admirado (y versionado) por Pedro Aznar y León Gieco, entre muchos más, Mateo hubiese cumplido 70 años el pasado mes de septiembre.




Para homenajearlo, la cantante Diane Denoir ha programado dos conciertos en Buenos Aires (en Clásica y Moderna), hoy y mañana, acompañada por Hernán Jacinto, Oscar Giunta y Daniel Lagarde.

No se trata de un homenaje cualquiera ya que Denoir debutó, trabajó y grabó de la mano de Mateo allá por los años sesenta y, con el tiempo, se la llegó a considerar la musa del "candombe-beat": una equivalente de lo que Nara Leao fue a la bossa o Gal Costa al tropicalismo.

Hace poco, tras un eclipse artístico de varios años, Diane Denoir volvió al ruedo y rescató unas cintas perdidas de sus tiempos de "parcería" con Mateo (ver este enlace)



Un fan de la primera (o segunda) hora de Mateo, el periodista Martín Pérez, entrevistó hace cinco años a Denoir, antes de su actual regreso, es decir: cuando su nombre despertaba misterios. Aquella nota está aquí:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2378-2005-07-20.html

04 octubre, 2010

Cuartos de escritura


Nunca tuve lo que se llama una “habitación de escritura”. O, mejor dicho, aun cuando alguna vez la tuve nunca logré que funcionara rigurosamente como tal. Durante casi una década, entre mis veinte y treinta años, me gané la vida (y, más que eso, disfruté y aprendí mucho) trabajando en distintas redacciones periodísticas, sobre todo la del entonces flamante diario Página/12 de Buenos Aires, donde tuve la buena suerte de estar rodeado no sólo de excelentes periodistas, sino también de brillantes escritores de toda clase: reconocidos como Juan Gelman u Osvaldo Soriano, más o menos en ciernes como Martín Caparrós, Marcelo Birmajer o Rodrigo Fresán, secretos como el aún inédito Salvador Benesdra, de culto como Miguel Briante y muchos más –hombres, en su mayoría–, desde Enrique Medina a Antonio Dal Masetto.

Para calmar mi deseos (o mi vanidad) de escribir, lo más común era que cada dos por tres me escabullera de la redacción a algún café de la zona, casi siempre con el pretexto de una entrevista o una valiosa información. No era recomendable ir al bar de la esquina (el que Soriano apodaba “la mueblería” porque, sí, parecía un negocio de venta de feos muebles como tantos otros en la misma avenida Belgrano), era mejor buscar un sitio más oscuro y menos frecuentado por los colegas de la redacción. En cualquier caso, mis lugares de escritura eran a tal punto los bares que me fui acostumbrando a ellos —para horror de quienes ven a los escritores de café como ingenuos postulantes a una bohemia ilusoria— y, cuando ya no frecuentaba redacciones, cuando ideé otras formas de ganarme el pan porque ya no disfrutaba como antes con el periodismo, si bien monté en mi casa de Buenos Aires un “cuarto de escritura”, éste terminó cumpliendo más bien funciones accesorias: alojar buena parte de mis libros o esconder ese horrible objeto que era mi primera computadora, tan alejada del diseño delicado y casi invisible de las portátiles de hoy.

Suelo escribir a mano en pequeños cuadernos que caben en algún bolsillo. Tarde o temprano, vuelco eso en la computadora de turno, imprimo en letra grande si me sobra tinta y papel o en letra más apretada si ando en aprietos de dinero y sigo corrigiendo en la página impresa, con bolígrafo azul la primera vez, con rojo o verde si emprendo nuevas lecturas. Hay ligeras variantes, claro. A veces escribo tan sólo en las carillas impares (a la derecha del cuaderno) y reservo las pares para enmiendas, variantes o agregados, por ejemplo. A veces llevo dos cuadernos a la vez: uno para escenas largas, otro para fragmentos o apuntes aislados que seguramente emplearé. Lo invariable es que me cuesta trabajar en un lugar fijo. ¿Para qué echar una especie de ancla cuando uno puede navegar? Incluso cuando me tienta escribir en casa, cosa que también ocurre, no tengo empacho en hacerlo en la bañadera, en la cama, en un sillón o en la mesa de la cocina.

Escribí gran parte de “Todos los Funes” en unos largos viajes en tren que debí emprender por entonces. El movimiento me resultó especialmente inspirador. Escribí gran parte de “La mujer de Wakefield” durante una serie de viajes/escapadas a Montevideo. Era primavera, verano u otoño; hacía, casi siempre, buen tiempo. Yo caminaba por las calles, armaba una o dos frases en mi cabeza, me sentaba en cualquier lugar (en bancos públicos, recuerdo), apuntaba esa frase y seguía caminando. Tiempo después leí que a Chico Buarque le gustaba (tal vez le gusta todavía) componer así canciones.

Sé que muchos escritores no podrían trabajar sin la “room of our own’ de la que hablaba Virginia Woolf (“una mujer, si quiere escribir ficción, debe tener dinero y una habitación para ella sola”). Yo he descubierto que el ruido compacto de un bar, del tránsito urbano o del rumor de un tren u otro transporte público me distrae menos y estimula más que la voz clara y puntual de un vecino. Es como con la música de fondo: imposible escribir si hay un cantante o la presencia “muy cantante” de cierto instrumento solista.

Este texto, por ejemplo, lo empecé a escribir en un rincón del Paseo del Prado, no lejos del museo del mismo nombre, en Madrid, y lo terminé en mi casa, con la computadora sobre las rodillas.

Otras versiones también aquí:

http://tresdependientes.blogspot.com/2010/09/cuartos-de-escritores-eduardo-berti.html

http://www.escritoresdelmundo.com/2010/09/sin-habitacion-propia-de-eduardo-berti.html

02 octubre, 2010

Las soledades de Richard Yates


La editorial español RBA ha publicado el libro de cuentos "Once maneras de sentirse solo", de Richard Yates, el mismo autor de la novela “Revolutionary Road”, elogiada en su momento por Tennessee Williams, William Styron o Dorothy Parker, y llevada al cine hace dos años por Sam Mendes.

La versión original de "Once maneras..." (“Eleven Kinds of Loneliness”), libro publicado en 1962 (al año siguiente de "Revolutionary..."), había pemanecido inhallable en inglés durante años, hasta su reedición en 1989, y ya contaba con una muy buena traducción al castellano, a cargo de
Esther Cross, bajo el título de “Once tipos de soledad” (Emecé Argentina, 2002).

Considerado como uno de los precursores de Richard Ford o Raymond Carver, comparado con Salinger o Cheever, Richard Yates (1926-1992) nació en Yonkers, Nueva York, trabajó como publicitario y como guionista en Hollywood, escribió los discursos de Robert Kennedy hasta 1963 (año en que John F. Kennedy fue asesinado), y fue notoriamente uno de los autores decisivos de la literatura norteamericana de los ’50 y ’60.

En “Some Very Good Masters”, un artículo publicado en el New York Times Book Review, en 1981, Yates enumeró algunas de sus influencias y gustos en materia literaria: Thomas Wolfe, Ernest Hemingway, Ring Lardner y J.D. Salinger, entre otros, pero sobre todo Francis Scott Fitzgerald y su novela “The Great Gatsby”, “la novela más enriquecedora de cuantas leí”.

Muchos críticos, por cierto, vieron en Yates al gran heredero de Fitzgerald. Kurt Vonnegut fue aún más lejos al afirmar que, aparte de sus semejanzas artísticas, ambos se parecían físicamente. Pero Yates también solía afirmar que su mayor divisa como narrador era la famosa frase de Flaubert: "La relación entre el escritor y lo que escribe debe ser como la de Dios con el universo: omnipresente e invisible”.


"Eleven Kinds of Loneliness" es un libro altamente recomendable, en el que algo arbitrariamente destaco tres de sus once cuentos: "Lo mejor de todo", "Luchar con tiburones" y "Él se lo buscó". Este último –una de esas historias "perfectamente neoyorquinas"– permite entender por qué en su momento se llegó a decir que estos relatos eran a Manhattan lo que "Dublineses" de Joyce era a Dublín.


Pequeña anécdota final: mucho antes de ser el guionista de Seinfeld, Larry David salió con la hija de Richard Yates (quien, al parecer, podía ser alguien de muy pocas pulgas). Un episodio de la serie (el que se titula "The Jacket") rinde homenaje a esos días y se basa en cierto encuentro que David tuvo con Yates en el mítico Algoquin Hotel. El personaje ficticio de Alton Benes (padre de Elaine) está directamente inspirado en Yates.

Más información en:

http://www.richardyates.org


01 octubre, 2010

Estilo


Mi estilo, según dices, no es preciso
Tú nunca escribes nada: el tuyo es más conciso.


Epigrama de Marcial destinado a Vélox.
(La traducción es mía, a partir de una traducción francesa de 1842/43)