28 febrero, 2011

Cinco libros: Rodrigo Fresán


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Rodrigo Fresán:


Cinco libros que me marcaron :


En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

Matadero 5, de Kurt Vonnegut

El buen soldado, de Ford Madox Ford

The Stories of John Cheever, de John Cheever

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares





Rodrigo Fresán (argentino, radicado en Barcelona) es autor, entre otros libros, de Historia argentina, Vidas de santos, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra y Jardines de Kensington.


24 febrero, 2011

Imagen en sepia


Reseña de "Lo inolvidable", mi último libro de cuentos, publicada en el ABC Cultural de España.

22 febrero, 2011

El hada verde




Edgar DEGAS: "L'absinthe (bebedores de absenta)"


Por Eduardo Berti

En el siglo XVIII el médico francés Pierre Ordinaire se exilió en Suiza, donde se dedicó a sanar enfermos y a fabricar pócimas curativas como el “elixir de absinthe”, basado en una hierba conocida como ajenjo o artemisia.

Cuenta la leyenda que, a su muerte, Ordinaire legó la receta a su gobernanta y ésta luego a dos señoritas de apellido Henriod, quienes la explotaron comercialmente. En 1797, las Henriod vendieron la receta a un tal Dubied, que montó la primera fábrica de absenta junto con su yerno Henri-Louis Pernod. La novedad fue que el elixir pasó a venderse en las licorerías, a modo de digestivo, con tal éxito que el yerno se emancipó y fundó la destilería Pernod Fils.

Desde la antigüedad el ajenjo había sido empleado con fines médicos. Un papiro egipcio lo menciona por sus virtudes. Hipócrates lo recomendaba contra la ictericia y Galeno contra la malaria. En griego absinthium quiere decir “carente de dulzor”. En francés, avaler l’absinthe significa soportar algo doloroso con estoicismo. Los campeones en las antiguas Olimpiadas debían beber una bebida con ajenjo para que, al tiempo que paladeaban el éxito, no olvidaran las pasadas amarguras.

Los pocos historiadores del ajenjo afirman que tanto la guerra franco-prusiana (1870-1871) como la franco-argelina (1844-1847) contribuyeron a la difusión de la bebida. A su regreso, los combatientes siguieron bebiendo absinthe. Los cafés de los bulevares de París empezaron a servirlo y la burguesía, que admiraba a las tropas, decidió probarlo también.

El apogeo ocurrió entre 1880 y 1914. En 1910 se bebían en Francia 36 millones de litros de absenta anuales. Las cinco de la tarde pasó a ser “la hora de la fée verte” (hada verde). A fines del siglo xix había unos doscientos fabricantes de ajenjo. Muchos afiches art nouveau dan cuenta de la competencia: Sarah Bernhardt hizo publicidad para el Terminus, el presidente Carnot prestó su imagen para otra marca. Y hasta hubo un ingenioso bodeguero que lanzó el ajenjo “Le Même” (El mismo). “Otro ajenjo”, pedía el cliente. “¿El mismo?”, preguntaba el camarero y a menudo acababa sirviendo “Le Même”.
El rito que implicaba la absenta contribuyó acaso a su popularidad: se servía una medida; se colocaba sobre el vaso una cuchara perforada; se ponía allí un terrón de azucar; se vertía agua helada a través del colador. Claro que había otras costumbres: beberlo puro, mezclarlo con vino, añadir limón o pimienta. Toulouse-Lautrec inventó un ajenjo con coñac llamado “Terremoto”.


Una plaga redujo en 1875 la producción de los viñedos franceses. Al ver cuánto aumentaba el precio del alcohol de vino, necesario para el licor, los productores de ajenjo optaron por usar alcohol industrial. La calidad se abarató menos que el precio. Las ventas treparon hasta poner en jaque el liderazgo del vino.

Hacia 1890 “el vaso verde simbolizaba anarquía o rechazo a las normas” (Barnaby Conrad, History in a Bottle). La bebida era estimada por la bohemia “decadente” como afrodisíaco y fuente de inspiración. Entre los bebedores estaban Edgar Poe, Jack London, August Strindberg y Oscar Wilde, para quien un vaso de ajenjo era “poético como una puesta de sol”.

Charles Cros llegó a beber veinte vasos diarios, mientras desarrollaba el telégrafo y el primer fonógrafo. Paul Verlaine empezó a beber ajenjo en compañía de Arthur Rimbaud. Alfred Jarry sólo lo consumía puro y se paseaba en bicicleta pintado de verde. Vincent van Gogh fue iniciado al parecer por Paul Gauguin; cuando su muerte, en 1890 y atribuida al absinthe, ya se había acuñado la palabra absintheur y se discutía sobre la venta libre.
Los rumores de prohibición no hicieron sino acrecentar el atractivo de la absenta. De “hada verde” pasó a hablarse de “peligro” o “demonio” verde. En 1859, un tal doctor Motet había concluido que el ajenjo provocaba crisis epilépticas. En 1892 el doctor Ott observó “espamos y temblores”.

Es creencia que el eclipse del absinthe comenzó en 1901, cuando un rayo cayó en la fábrica Pernod y ésta ardió por cinco días. La anécdota vale por su simbolismo (en ruso, absinthe se dice “chernobyl”) pero la cruzada había arrancado antes, con los primeros films Pathé y con los “dramas antialcohólicos”, en los teatros a partir de 1880.

El bebedor de absenta, cuadro de Edouard Manet, data de 1859; la Bebedora de absenta de Picasso, de 1901. Entre ambos se dio la masiva incorporación de las mujeres a las filas del ajenjo. Nada irritaba tanto a los prohibicionistas.

La excéntrica conducta de los “artistas absintheurs” no bastó para la prohibición. Unos hechos policiales fueron más determinantes. En Suiza, país natal de la bebida, el granjero Jean Lanfray fue acusado en 1905 de matar a su mujer y su hijo. Trascendió que bebía cinco litros diarios de vino, más dos vasos de absinta. La prensa destacó esto último y habló del “crimen del ajenjo”. Y ya se habían recolectado unas ochenta mil firmas exigiendo la prohibición cuando un bebedor compulsivo de absinthe mató a su esposa, en Ginebra. Esto impulsó otro petitorio: 35 mil firmas más.

El ajenjo fue oficialmente prohibido en Suiza en 1907. La medida fue imitada en Italia, Estados Unidos, Holanda y Bélgica. En Francia siguió permitido por un tiempo (especula Marie-Claude Delahaye en Histoire de la Fée Verte) debido a fuertes intereses: la bebida aportaba millones en concepto de impuestos.

En 1900, la Academia de Medicina de Francia condenó las bebidas con esencias vegetales, absenta incluida. “Absintismo y alcoholismo fueron confundidos adrede”, dice Delahaye. Cuando la guerra del 14, los detractores dieron con el argumento faltante: el absinthe debilitaba a las tropas, “erosionando la defensa nacional”; el absinthe era “antipatriótico”.
La prohibición fue sancionada en 1915, al tiempo que Alemania atacaba Argonne. Los fabricantes de ajenjo guardaron un silencio extraño; pronto trascendió el rumor de una suculenta indemnización.

En 1917 se publicó una solicitada: “La victoria sobre Alemania debe ir acompañada de la victoria contra el alcohol”. Para 1920, la máxima graduación tolerada en Francia era de 30. En 1922 se autorizaron los aperitivos de hasta 40: anís del oso, berger, tomysette. La tolerancia fue elevada a 45 en 1938, y Ricard lanzó el “pastís marsellés”. De los sucedáneos, ninguno gozó de la fama del Pernod; pero su filiación con el absinthe es, según los expertos, apenas sentimental.

“La absenta vuelve a conseguirse en Gran Bretaña tras 80 años”, tituló The Guardian en 1998. El Daily Telegraph lo confirmó: “No está prohibido y no tenemos pruebas de que alguna vez lo haya estado”.

Desde entonces diversos medios anuncian el renacimiento de la bebida. Se la vuelve a fabricar y a beber. También se le rinde tributo: desde 1991 Delahaye edita una revista trimestral dedicada a la fée verte; y en 1984 inauguró el “Museo del absinthe en Auvers-sur-Oise, donde yacen Vincent y Theo van Gogh.

Los defensores del absinthe no ocultan que su hondo anhelo es la legalización. Saben que la empresa es ardua (en los ochenta, unos políticos franceses intentaron un tibio lobby) pero citan a Aleister Crowley en The Green Goddess: “El prohibicionista es alguien sin carácter moral, ya que no concibe a un hombre capaz de resistir las tentaciones”.


Artículo originalmente publicado en "Letras libres" (España), en 2006.


21 febrero, 2011

La construcción de una obra


Una obra literaria raramente se ve en la inmediatez, salvo esos genios fulmíneos como Angeles Mastretta, Paulo Coelho o Sepúlveda (se ríe). En el caso de los escritores laboriosos como Borges, Rulfo o Guimaraes Rosa, lleva un tiempo. Y a mí me parece bien que sea así. No por razones éticas, sino porque es el mejor modo de ver la intención integral. Lo mismo ocurre en la pintura. Siempre me interesó ver, en las muestras retrospectivas de pintores, cómo se va forjando un estilo. Es tan palpable que he sacado muchas enseñanzas de cómo una obra se va construyendo a través de periodos de vacilaciones o incluso de regresos al clacisismo. Por ejemplo, en el primer periodo de Mondrian, muy influido por Van Gogh, hay cuadros magníficos pero que todavía no son Mondrian.

¿Cómo aplicaría esto mismo a su obra literaria? ¿En qué libro situaría el quiebre decisivo?

La crítica suele hablar de Unidad de lugar, que en parte es cierto. Pero yo creo que Cicatrices es el libro que marca el mayor salto. Ahora, yo no reniego de lo anterior. Todo lo que he escrito es imperfecto. Ocurre que las imperfecciones son diferentes según los periodos.

(Reportaje a Juan José Saer, publicado hace diez años en la revista "Tres puntos", de Argentina.)

19 febrero, 2011

Espejos


El escritor, ante sus libros, es sensible sobre todo a su evolución, el lector a sus constantes. Un autor es siempre, me parece, ingenuamente sorprendido cuando constata la facilidad de un lector sin experiencia crítica especial para detectarlo detrás de un fragmento de unas cuantas líneas, tomado al azar en sus libros. Él no se consideraba tan parecido a sí mismo porque sus propios libros nunca pudieron tenderle verdaderamente un espejo; si vuelve a abrirlos, bien ve en ello lo que los empaña, los raya o los descascarilla, no lo que reflejan de indeformable.

Julien Gracq, Leyendo escribiendo

18 febrero, 2011

Un palíndromo de Borges


Sapos, oíd, el rey ayer le dio sopas

(Citado por Bioy Casares en su Borges, entrada del 22 de septiembre de 1951)

15 febrero, 2011

¿Te gusta Chéjov?

Prólogo de Vlady Kociancich al "Cuaderno de notas" de Anton Chéjov



Por Vlady Kociancich

Yo siempre quise a Chéjov. No recuerdo si lo admiraba como a Tolstoi y Dostoievski, genios macizos que dominaron las lecturas de la adolescencia de mi generación. Pero yo quería a Chéjov.

Fue un amor en voz baja, sofocado por esa inseguridad de gustos típica de la juventud. Debidamente impresionada cuando leía el fresco colosal de La guerra y la paz o me sumergía en las tempestades psicológicas de Crimen y castigo, los cuentos de Chéjov me daban un placer vergonzoso, el de entretenerme con minucias mientras se hundía el mundo. Para colmo, en la competición de aquellos autores que llamábamos familiarmente “los rusos”, Chéjov era un brillante perdedor. Nunca alcazaba el primero puesto, nunca bajaba al último. Estaba ahí, como el mercurio de un termómetro, esperando el contacto de la piel de un lector para marcar una temperatura.

El juicio público lo sostenía con reservas, como un maestro de relatos breves que contaban muy poco, un Maupassant sin contundencia. Sus obras de teatro se mantenían a flote en una ambigüedad similar. El jardín de los cerezos tenía ese prestigio sospechoso de algo demasiado culto para ser realmente interesante. La gaviota y Tío Vania eran “un desafío para los actores”, halago que siempre ha hecho desconfiar a los espectadores. Teatro acusado de la misma falla en los cuentos: ahí no pasaba nada. Chéjov parecía haber escrito sólo para amantes de Chéjov. Tan íntima era su obra, tan exclusiva de ciertos temperamentos, que un sí a la pregunta “¿Te gusta Chéjov?” podía iniciar una amistad o un romance.

El tiempo corre para la literatura como corre para la gente. “Los rusos”, ese continente de libros que se exploraba en bloque, se ha hundido como una Atlántida en el fondo del mar de otras lecturas, dejando en la superficie unas islas dispersas, visitadas por los nostálgicos o por los que de tanto oír hablar de ellas quieren cerciorarse de que valen la pena. Un Tolstoi abreviado a La muerte de Ivan Ilich y Ana Karenina, el Dostoievski de Los poseídos, quizá Padres e hijos de Turgueniev, y si no queda demasiado lejos, la inesperada comicidad de un Gogol tras el título sombrío, telenovelesco, de Las almas muertas. ¿Y Chéjov?

Chéjov hoy está en tierra firme. El cronista de momentos fugaces, el dibujante de historias secundarias, el creador de dramas sin desenlace trágico, se convirtió en un aplaudido autor moderno. Su obra teatral se representa tal como fue hecha, sin necesidad de apelar al homenaje póstumo y deslucido que reciben los clásicos. Aquellos cuentos supuestamente leves y de final abierto, como “La dama del perrito”, llevados al cine por el director Nikita Mijalkov, abruman de intensidad y de emoción. Inhallables durante un par de décadas, salvo en algún volumen de librerías de viejo, reaparecen en nuevas antologías. Su nombre ha dado un calificativo -chejoviano- a un humanismo sin ilusiones pero piadosamente humano, como individuos en trance de perderse no por grandes ideas ni grandes decisiones, sino por esas cosas de la vida. Su estilo, breve, rápido, libre, es la ambición vigente.

Chéjov era escéptico sobre la perduración de su obra. En 1888, cuando la fama le llegaba en grandes olas, le dijo al escritor Bunin: “¿Sabe cuántos años más seré leído? Siete”. Bunin se río de él. “Muy bien”, sonrió Chéjov. “Digamos siete y medio. Es una pena, porque no voy a vivir más que seis”.

Fue una confesión chejoviana. Realista (era médico y estaba enfermo de tuberculosis), irónica (conocía la veleidad de las modas literarias), benévola (¿por qué no disfrutar de la fama como del vino, los amores, la amistad?) y certera. Murió, puntualmente, a los 44 años. Si se equivocó sobre el tiempo de perduración de sus libros fue por un error, también muy chejoviano, de modestia. Odiaba la jactancia.

Su desprecio por la pedantería y un sentido del humor muy peculiar, una obra en que la risa y la tristeza hacen de todo, como un árbol que se va transformando en el paso de las estaciones, en el paso de la lectura, sin dejar de ser el mismo árbol, explican que aquel escritor amado por sus contemporáneos sea un amigo nuestro. Y hasta lo entendemos mejor. Anton Chéjov narra una sociedad sin energía que se diluye en frivolidades. Sus héroes no son heroicos ni en el bien ni en el mal. Prisioneros de un estado de cosas, atontados por la droga de su propio egoísmo, hablan y sueñan soluciones pero nunca las llevan a cabo.

Sin embargo, para apreciarlo no basta el reconocimiento de la cara de nuestros días en el mundo de Chéjov, ese hedonismo apático, esa verborragia sin acción y el sentimiento de inutilidad de los individuos ante poderes que los superan y a los que se resignan. Finalmente, todos los escritores disparan contra la sociedad en que viven y algunos tienen excelente pulso y armas de largo alcance. Pero Chéjov tuvo algo más que puntería literaria. Tuvo una grandeza rara en todo el tiempo: la de no admirar a los fuertes. Admiración cobarde que llevamos adentro sin sospechas hasta que Chéjov la revela por ausencia en sus textos. Y nos descubre que mientras creemos estar del lado de los débiles, les pedimos que triunfen en su debilidad, que ejerzan algún tipo de fuerza siquiera negativa, como el suicidio de Ana Karenina o la última apuesta del jugador de Dostoievski.

Los personajes de Chéjov realmente viven como pueden. A los buenos y a los malos, a los ciegos y a los lúcidos, a los poderosos y a las víctimas, se los lleva la corriente de la vida cotidiana, en la misma hojarasca de ambiciones, amores, alegrías y tristezas. Para todos sale y se pone el sol. Chéjov escribe sobre la vida sin mayúsculas. La vida descartable, escuálida o glotona que su cronista nunca juzga. Porque a pesar de toda la miseria que hay en la condición humana, que Chéjov vio y narró con sencillez, uno siente que nos quería. ¿Será por eso que a un siglo de sus primeros cuentos hoy lo apreciemos tanto?


14 febrero, 2011

Más creíble


Recorríamos el mercado intercambiando comentarios triviales. Los puestos estaban tan apiñados que apenas quedaban espacios libres entre ellos. Los tenderos se disputaban a gritos la atención de los transeúntes.

-Mamá, esas zanahorias tienen muy buena pinta –le dijo un niño a su madre, que llevaba un cesto con la compra.

–¡Pero si a ti no te gustan las zanahorias! –respondió la madre, asombrada.

–Pero ésas parecen muy sabrosas –protestó el niño. Parecía un chico listo.

–El niño tiene razón -intervino el verdulero, levantando la voz.

–¿Por qué le parecerán tan sabrosas? –se preguntó el maestro, examinando las zanahorias con seriedad–. A mí me parecen normales.

–Tal vez.

El sombrero panamá del maestro estaba un poco ladeado. Avanzábamos empujados por la multitud. De vez en cuando, la silueta del maestro desaparecía entre el gentío y yo lo perdía de vista. Entonces, buscaba la punta de su sombrero para dar con él. El maestro no parecía preocupado cuando nos separábamos. Si un puesto le llamaba la atención, se detenía de inmediato como un perro ante un poste de teléfono.

Vimos a la madre y el niño de antes frente a un puesto de setas. El maestro se quedó de pie tras ellos.

–Mamá, estas setas kinugasa tienen muy buena pinta.

–Pero si a ti nunca te han gustado las setas.

–Pero ésas parecen muy sabrosas.

La madre y el hijo repitieron la misma conversación de antes.

–¡Son un señuelo! -exclamó el maestro, alborozado.

-Es una buena idea usar como reclamo a una madre y un hijo.

–Pero lo de las setas fue demasiado. ¿Qué niño conoce las setas kinugasa?

–¿Está seguro?

–¡Pues claro! Si hubiera hablado de champiñones habría sido más creíble.

Hiromi Kawakami, "El cielo es azul, la tierra blanca" (Acantilado)


12 febrero, 2011

La pequeña gran enciclopedia de Savinio


Alejandro Patat comenta en ADN (La Nación, Buenos Aires) la "Nueva enciclopedia" de Alberto Savinio, publicada por Acantilado con traducción de Jesús Pardo:

"Tan descontento estoy de las enciclopedias que me he hecho la mía propia para uso personal." En este epígrafe, Alberto Savinio (Atenas, 1891-Roma, 1952) condensa el sentido de Nueva enciclopedia , libro publicado póstumamente en 1977 y que por primera vez se traduce al castellano. Porque en esa frase de apertura aletea, ligera, la sensación de una provocación sarcástica y, paralelamente, se impone una burda mentira. El uso personal en este caso prevé, en realidad, a un lector cómplice y, al mismo tiempo, intruso e invasor del mundo intelectual y emotivo del autor, uno de los escritores más originales de la literatura italiana del siglo pasado.

Esta "enciclopedia" no se parece en nada a esos textos monumentales de la modernidad, que intentan abarcarlo todo con presuntuosa precisión. Lo único que tiene de parecido con esa operación elefantiásica es el orden alfabético en que se disponen las palabras claves. Pero, a fin de cuentas, la explicación de dichas palabras está ausente. Se equivocan, entonces, quienes esperan que palabras abstractas como "amistad" o "libertad" o voces concretas como "baúl" o "chivo" reporten una enumeración de las distintas acepciones de significado. Nada de eso. Se diría que, de modo caprichoso, se definen o se "in-definen" las palabras. De allí que Savinio evoque con asiduidad las etimologías, no para conducirnos al sentido actual del término a través de la historia, sino para indicarnos cómo la lengua se ha perdido por el camino, cambiando, alterando y contradiciendo aquello que alguna vez quiso significar. Con este método digresivo, que tiende a la desviación permanente y a anacolutos discursivos, Savinio, al componer, por ejemplo, la voz "amor", se permite afirmar: "El amor, estrictamente, no existe. Es una hipótesis, una grande, desmesurada hipótesis. Por un error de concepto y, al mismo tiempo, de expresión, cuyo origen, se pierde en la noche del lenguaje, el amor se confunde con la preparación del amor, es decir, con el deseo". La noche del lenguaje: ése es el verdadero horizonte de Savinio. De la misma manera que sucede en sus cuadros (el escritor, hermano del célebre artista Giorgio de Chirico, también pintaba), cuando junto a los objetos llamativamente vivos y coloreados, con una naturaleza grisácea de trasfondo, despuntan amenazantes las sombras.

Ahora bien, al método del autor, rebosante de biografismo y experiencia personal, contrario a cualquier erudición enciclopédica, se suma una manera rigurosa de razonar, una especie de discurso silogístico que lleva sin embargo al absurdo, no por un error de procedimiento, sino por una adhesión contundente a la realidad. Y, por eso, no hay que tomarse demasiado en serio el universo conceptual de Savinio. La irreverencia y la paradoja son la cifra de este descomunal autor iconoclasta. Lo fascinan la anécdota, el chisme, el detalle, es decir, el borde de la lengua, el precipicio que da a lo insignificante. Que, para el autor, huelga decirlo, es lo único verdaderamente significativo.

En la Nueva enciclopedia hay varias entradas deslumbrantes: amistad, Baudelaire, cambio de letra, cómico, tristeza, silencio, sombra.

Valga como ejemplo la voz "cultura": "La cultura tiene por objeto dar a conocer muchas cosas. Y cuantas más cosas se conocen tanta menos importancia se da a cada cosa: a más fe, menos fe absoluta. Cuantas menos cosas se conocen, tanto más se cree que sólo ésas existen, sólo ésas cuentan, sólo ésas tienen importancia. Y así se llega al fanatismo, o sea, a conocer una sola cosa, y en consecuencia a creer, a tener fe solamente en ella. Véase, si no, el caso de los alemanes, que han llegado a la especialización. También el fanatismo es una especialización. Conclusión: ya que el fin de la cultura es dar a conocer el mayor número posible de cosas, y ya que conocer una cosa equivale a destruirla, el fin supremo de la cultura es la ignorancia. Permítaseme esta declaración de orgullo: yo vislumbro ya este estado supremo de la cultura, este estado supremo de ignorancia. Ya vislumbro esta serenidad suprema, esta mirada sumamente sapiente que abarca un mundo de cosas conocidas, y en consecuencia destruidas. Ese cementario de cosas. Esta paz final."

Es posible distinguir, en medio de la información y deliberada desinformación que aparece en Nueva enciclopedia , algunas líneas del pensamiento del escritor italiano. Por un lado, la comunión entre sonido, concepto y forma, que refiere a las tres áreas de su producción artística: la música, la literatura y la pintura, y que lo llevaron, casi por ósmosis, al teatro, a la espectacularidad o puesta en escena del pensamiento. Por el otro, la repulsión por el decadentismo dannunziano, por el realismo o neorrealismo italiano, y por cualquier forma de fanatismo político, ideológico o estético. Por último, se ha insistido mucho en el carácter biográfico de su obra en general (hace diez años que la obra de Savinio se está traduciendo de manera sistemática al español), pero poco en aquello que más se destaca en este libro como en otros. Haber nacido en Atenas, haber vivido en París los años felices de la juventud, en plena sintonía con las vanguardias de entonces; haber estado luego en Florencia y en la campiña toscana, para terminar, Segunda Guerra Mediante, en Roma no es un itinerario banal o que pueda darse por descontado. Por dos razones. El mundo grecorromano atraviesa toda su obra e irrumpe también en esta Nueva enciclopedia . Los presocráticos -con su halo de virginidad y arcaísmo filosóficos- son una fuente que está a la par de los pintores, músicos y poetas del siglo XX. Es decir, la ruptura de las vanguardias convive con la eclosión de lo clásico. La experiencia francesa, en cambio, funciona como contrapartida de esa primera onda civilizadora y le sirve a Savinio para defender la idea de una Europa amenazada por la ocupación nazi o, lo que es áun peor, por el aluvión germanizador, verdadera catástrofe de Occidente. La visión aterrorizada de los alemanes camuflados que merodean su villa en Toscana, en el período de la ocupación, es casi el eje del texto. Esta imagen vuelve obsesivamente como una pesadilla. Representa, en conclusión, la lucha entre dos identidades europeas: la mediterránea, síntesis material entre Oriente y Occidente, aun con todas sus contradicciones, y la nórdica, con su centro en Alemania, síntesis brutal de los impulsos violentos y autodestructivos del hombre, metafísica ilusión totalizadora.

El redescubrimiento de Savinio en los años 70, por iniciativa editorial de Roberto Calasso, que publicó prácticamente toda su obra en los últimos años, asoció la figura del autor a las vanguardias de las décadas de 1910 y 1920. En consecuencia, la crítica se dedicó a definir el modo en que Savinio participó, incluso como teórico, del surrealismo y de la pintura metafísica, junto a su hermano, Giorgio De Chirico. A decir verdad, toda colocación estética de Savinio resulta incompleta o bien falaz y equívoca. Porque su literatura flirteó con ese filón de la literatura "como escándalo", que en Italia abarca desde los escritores de la bohemia milanesa de fines del siglo XIX hasta Carlo Emilio Gadda, Juan Rodolfo Wilcock y Giorgio Manganelli.

Por Alejandro Patat
LA NACION


11 febrero, 2011

Informe del Cielo y del Infierno


Por Silvina Ocampo

A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

Si el viento ruge, para ti, como un tigre y la paloma angelical tiene, al mirar, ojos de hiena, si el hombre acicalado que cruza por la calle, está vestido de andrajos lascivos; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es un trapo desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu mujer es un leño descascarado y furioso: tus ojos y no Dios, los creó así.

Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cualquier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de tu vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; haciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos, llamada también silla de reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.


09 febrero, 2011

Pequeñas palabras



Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.

Ernesto Sabato, Heterodoxia

07 febrero, 2011

Saber


Alguien dijo: "Los escritores muertos nos parece remotos porque sabemos tanto más que ellos". Precisamente, y ellos son lo que sabemos.

Some one said: "The dead writers are remote from us because we know so much more than they did." Precisely, and they are that which we know.

T.S. Eliot, "La tradición y el talento individual" (incluido en
El bosque sagrado/ The sacred wood).


04 febrero, 2011

Escribir según Gao Xingjian


Considero que el escritor sólo es responsable ante su lenguaje.

Sólo me rijo por un principio: soy el que se sirve de la lengua y no la lengua la que se sirve de mí. Si busco un lenguaje propio es para expresar con mayor precisión mis sensaciones y no para permitir que el lenguaje juegue conmigo.

La lengua literaria debería poder leerse en voz alta, es decir, tendría que depender no sólo de la letra, sino del oído, pues el sonido es el alma de la lengua: aquí radica la diferencia entre el arte del lenguaje y el oficio de la composición literaria.

No creo que para innovar haya que negar la tradición; la tradición está ahí, y todo depende de cómo se entienda, de cómo se emplee.

La literatura no es una simple copia de la realidad, pues atraviesa las capas superficiales para penetrar hasta su mismo fondo; revela lo que es falsa apariencia y, remontándose a las alturas, navega por encima de las ideas comunes para mostrar, con visión macroscópica, las particularidades y pormenores de la situación.

La literatura no intenta en absoluto subvertir, sino descubrir y revelar la verdad de un mundo que el hombre o bien raramente puede conocer, o bien apenas conoce, o bien cree conocer y en realidad no conoce.

Gao Xingjian: "En torno a la literatura" (El Cobre, 2003). Traducción de Laureano Ramírez.

02 febrero, 2011

Un misántropo incorregible

Silvina Friera comenta en Página/12 los "Cuentos glaciales", de Jacques Sternberg.



Por Silvina Friera

El cuentista francés más prolífico de su época fue un misántropo incorregible de un humor negro tan despiadado que sus ideas-látigos, sus textos minúsculos y proverbiales –llámese cuentos breves, microrrelatos o ficciones súbitas– golpean al lector. Lo que maravilla al mismo tiempo envenena con alta dosis de desesperación. Si “provocador” resulta una palabra inconveniente, para el “caso” de Jacques Sternberg se la podría aplicar como un comodín que repara sentidos oxidados por el tiempo. Sus Cuentos glaciales (La compañía), traducidos por Eduardo Berti y con posfacio de Hervé Le Tellier, revelan la agudeza siempre incómoda de un escritor que interpela con un sarcasmo excepcional las convenciones sociales. Nada queda en pie; se derrumban momias sagradas como la patria, la virtud, Dios, el heroísmo, la voluntad y el deber, entre otras cuestiones que detestaba con perfidia militante.

De la carcajada al espanto, de la transparencia de lo cotidiano a capas de densidad absurdas cuando no desconcertantes. Este es uno de los caminos posibles –no el único, claro está– de la experiencia que puede generar este autor prácticamente desconocido por las tierras de la lengua castellana, que escribió trece novelas, ¡mil quinientos cuentos!, diversas obras de teatro, dos guiones de cine –Je t’aime, je t’aime a pedido del maestro de la nouvelle vague Alain Resnais–, varios ensayos y panfletos, y una revista fundada con sus amigos del grupo Pánico: Topor, Arrabal y Jodorowsky. Pero si los antecedentes no alcanzan, otro dato: André Breton amaba los textos de Sternberg.

“Era tan educado que, antes de cruzar las puertas de la muerte hizo que su esposa entrara en primer lugar”, se lee en la corrosiva “La educación”, apenas dos líneas. “La bondad” es una granada que estalla en los ojos: “La dama de caridad miró piadosamente al ciego. Y, llena de conmiseración, sin dudarlo un solo instante, depositó sus ojos en el plato del inválido”. Hasta hay un breve texto de Sternberg, “El campeón”, que podría servir de biblia para el hincha enojado con alguna “promesa” de jugador fallida. Cada lector podrá elegir a quien considere digno representante de la semblanza. Candidatos –se intuye– sobran. “Lo tenía todo para ser el astro más importante: llevaba el talento futbolístico en la piel. Dotado de la agilidad de los felinos, de una gran destreza técnica, de singulares reflejos y de una musculatura privilegiada, podría haber sido el mejor jugador de todos los tiempos. Sin embargo, era víctima de un pequeño defecto: como tenía una pésima memoria, nunca lograba recordar para qué equipo jugaba.” En qué jugador francés habrá pensado este adorable cretino que nació en Amberes (Bélgica) en 1923, en el seno de una familia judía de origen ruso. Poco importa esta curiosidad de época. La leyenda de Sternberg ofrece mucha tela para cortar. Parece que recorrió más de 300 mil kilómetros en su bicicleta motorizada Solex y 30 mil millas náuticas en su velero.

El berretín de la escritura se instaló temprano, a los 19 años. Pero estalló la guerra. Y comenzó la carrera por encontrar un refugio seguro en París, Arcachon, Biarritz y Cannes, donde Sternberg descubrió una de las pasiones de su vida: la navegación. Allí –en Cannes– leyó a Katherine Mansfield, Erskine Caldwell, Waldo Frank y William Faulkner, entre otros autores. En 1942, los Sternberg abandonaron la Costa Azul y viajaron a España. La muerte les mordía los talones. En Barcelona los detuvieron; después de tres meses de prisión el destino fue, otra vez, Francia: el campo de concentración de Gers. En ese azar cruel que dividía la frontera entre el sobreviviente y el condenado, la madre y la hermana lograron salir. Pero el padre murió en Majdanek. Jacques también se salvó del horror. Se escapó en 1943, durante un traslado. Pronto adoptó una palabra de cabecera en francés, sursitaire, “beneficiario de una prórroga”, que utilizaba para definir su suerte. Luego del infierno, regresaba a la vida con la intención de contar sus experiencias emulando el estilo de Henry Miller o Louis-Ferdinand Céline. Destruyó seis novelas escritas al calor de ese arrebato. Evidentemente, no había encontrado aún la horma de su zapato narrativo. En 1948 se produjo esa epifanía con la que elaboraría un estilo, donde lo extraño, lo insólito y lo absurdo se despliegan en un mundo con frecuencia ordinario y absolutamente banal. Comenzó a escribir sus microrrelatos, que leía dos veces por semana en el cabaret literario La Poubelle. Algunos de esos textos están incluidos en Cuentos glaciales.

En estos relatos brevísimos se podrán rastrear atmósferas o situaciones kafkianas, una veta juguetona emparentada con las tendencias surrealistas –pero también con Cortázar–, así como hilachas del absurdo en consonancia con Ionesco y Beckett. “No sin asombro se halló, colgado en la puerta de un panteón, este cartel: ‘Vuelvo enseguida’.” Esta microficción glacial podría ejemplificar, según como se la lea, alguna de esas filiaciones. Pero como las conexiones que se pueden entablar afortunadamente son elásticas, corresponde agregar una pata fantástica con resonancias de Frederic Brown. Sin embargo, Le Tellier desglosa cierto reparo en esta dirección cuando recuerda que con ánimo de catalogar o de simplificar, la crítica clasificó a Sternberg entre los autores fantásticos o de ciencia-ficción. En el trampolín de su consolidación como escritor están La sortie est au fond de l’espace (1956), una novela vanguardista de ciencia ficción, y libros como Entre deux mondes incertains (1958). Jacques, no obstante, en la hipótesis de Le Tellier, parece indiferente a las costumbres de fantasmas y vampiros, no le importan los sudarios ni la sangre.

El batallón de Cuentos glaciales (Contés Glacés, 1974) está integrado por 270 relatos, recopilados por el propio Sternberg, escritos entre 1948 y la década del ’70. Incluye un prólogo del autor a la primera edición, en el que con el afán de echar más leña al fuego toma partido por el “patito feo” de los géneros narrativos. “Escribir una novela de más de 250 páginas está al alcance de cualquier escritor más o menos dotado. Puede hacerse en 25 días a razón de 10 páginas diarias –calculaba–. Escribir 270 cuentos, en su mayoría breves, es otra historia. No se trata de un asunto de ritmo, sino de inspiración: hacen falta 270 ideas. Y eso es mucho. No se las tiene en un mes, ni siquiera en un año.” En Sternberg hay un trabajo de captura fina y “traducción” aguda de las ideas. “La timidez” es uno de los cientos de ejemplos con los que se topará el lector: “Tanto temía causar molestias que cerró la ventana a sus espaldas luego de arrojarse al vacío desde el sexto piso”. Vuela alto cuanto más económico y despojado es un texto. “Dirigía un orfanato en decadencia por falta de huérfanos. Para que prosperase su institución, cada noche se internaba en los barrios pobres y mataba a algunos padres.” Lo que toca Sternberg –en presente, a pesar de que murió a los 83 años, en 2006– lo transforma; obliga a revisitar objetos, sujetos, oficios y situaciones para digerirlas lentamente después de la primera impresión.

Quizá el punto más flojo de Sternberg sea “El resto es silencio” y “Marea baja”, dos cuentos extensos que irrumpen con la expectativa por las nubes, pero que van perdiendo consistencia y altura hasta tornarse un tanto previsibles en las peripecias y los remates. Dos relatos “erráticos”, no obstante, jamás podrán eclipsar la potencia de los 268 restantes. La Compañía, con Eduardo Berti a la cabeza, está cumpliendo con una formidable empresa: incorporar en las bibliotecas de cientos y miles de lectores de la lengua castellana a un escritor que erosiona los lugares comunes del pensamiento.

Enlace original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-20654-2011-02-02.html


01 febrero, 2011

Experiencia

Henry JAMES


La facultad de adivinar lo invisible partiendo de lo visible, de seguir las consecuencias de las cosas, de juzgar una pieza completa por el dibujo, la condición de sentir la vida en general de un modo tan completo que le permite a uno adelantar en el camino de conocer cualquier recoveco particular de la misma; todo este conjunto de dones puede decirse que constituye la experiencia (...). Si la experiencia consiste en las impresiones, podría decirse que las impresiones son la experiencia, del mismo modo que son como el aire que respiramos. Por eso, si yo le dijese a un escritor novel: “Escriba desde su propia experiencia y sólo desde su propia experiencia”, tendría la sensación de que ese es un consejo perturbador, a menos que agregase
de inmediato: “¡Procure ser una de esas personas a las que nada se les pasa por alto!”

Henry James, "El arte de la novela"