30 enero, 2013

"El país imaginado", libro del año para Radio 3 RNE



"El país imaginado" ha sido elegido "Libro del año" (mejor libro del año 2012) por Radio 3 RTVE, España
Vamos a darle los máximos vapores de este 2012 a la última novela del escritor Eduardo Berti publicada por Impedimenta y ambientada en la China de los años 30: El país imaginado. Una de esas raras obras tan bien hiladas, ambientadas y narradas que, de cuando en cuando, el lector se descubre comprobando el nombre del autor, como si no terminara de asumir que es un bonaerense de la cosecha del 64.


29 enero, 2013

Ibrahim Maalouf




Ibrahim Maalouf, compositor, y trompetista francolibanés (nació en 1980, en Beirut), acaba de editar un nuevo álbum. Es el cuarto que lanza como solista, se llama Wind y se trata de una verdadera delicia.

Cada tema –cosa muy típica de él– parece una banda sonora en busca de una película. Ecos del Miles Davis de Un ascensor para el cadalso  ("Doubts", "Waiting") se dan la mano con patrones rítmicos al borde de lo insólito ("Questions & Answers"), con aires entre latinos y orientales ("Sensuality"), con raptos de free-jazz ("Excitement") y mucho más.

El sonido de Maalouf es tan particular como el instrumento que emplea: una trompeta con cuatro pistones que le permite tocar cuartos de tono (en vez de semitonos como, tengo entendido, ocurre en el caso de las trompetas clásicas) y aproximarse, de este modo, al timbre de las flautas orientales.

Fue su padre, el también músico Naasim Maalouf, quien inventó ese intrumento. Y vale la pena ver este video donde explica las características y la historia de la trompeta árabe:





Sitio oficial de Ibrahim Maalouf, aquí.


27 enero, 2013

Un Quijote chino


Lin SHU

La primera traducción al chino de Don Quijote fue obra del escritor Lin Shu y de su ayudante Chen Jialin. Como Lin Shu no conocía ninguna lengua extranjera, su ayudante lo visitaba todas las tardes y le contaba episodios de la novela de Cervantes. Lin Shu la traducía a partir de ese relato. Publicada en 1922, con el título de La historia de un caballero loco, la obra fue recibida como un gran acontecimiento en la historia de la traducción literaria en China. Sería interesante traducir al castellano esa versión china del Quijote. Por mi parte, me gustaría escribir un relato acerca de las conversaciones entre Lin Shu y su ayudante Chen Jialin mientras trabajan en su transcripción imaginaria del Quijote.

Fragmento del diario de Ricardo Piglia, publicado en Babelia (enlace original

25 enero, 2013

Libros para el verano



En la revista "7 Días", que acompaña al diario Tiempo Argentino, de Buenos Aires, Mariana Merlo le pidió a diez escritores que recomienden un libro "clásico del siglo XX" para este verano austral.

Guillermo Martínez recomienda "Cosmos", de Witold Gombrowicz:
En sus novelas los adultos siempre manipulan a los adolescentes para que actúen y representen esa vida perdida. Pero en Cosmos se añade una dimensión filosófica (o epistemológica): puede leerse como una novela policial en que una investigación casi absurda para explicar un hecho mínimo (un palito colgado de un árbol) genera por intensificación de la búsqueda, por exacerbamiento de lo racional, una telaraña de causalidades, un cosmos perverso, que desemboca en el hecho máximo de un crimen. Además de todo (de su inteligencia, de su profundidad, de su talento literario), Gombrowicz es un autor divertidísimo.

 Martín Kohan recomienda "Glosa", de Juan José Saer:
Glosa no es un libro que se lea rápidamente, exige concentración, requiere una lectura tan minuciosa como lo es la escritura de Saer. No obstante, si eso la hace poco propicia para determinado tipo de vacaciones, lo que yo creo es que hay que cambiar de vacaciones.

 Federico Jeanmaire recomienda "Zama", de Antonio di Benedetto
Para mí, la mejor novela argentina de todos los tiempos. La leí en España, a
finales de los años setenta. Y su lectura me llevó a devorarme bastante rápido toda la obra del mendocino que almacenaba mi tía Lía en su biblioteca de Madrid. Una obra singular, con mucho renglón cortado, mucho punto y aparte, mucho blanco, en una época en la que los blancos, las ausencias de palabras que se seguían las unas a las otras en negro, sin descanso, no estaba muy bien visto.

Eduardo Berti (sí, yo) recomienda "El corazón de las tinieblas", de Joseph Conrad:
Es una pena limitarse a leer Conrad como un mero contador de aventuras. Muchos lectores lo vinculan con Stevenson o con Kipling, cosa que no es del todo disparatada (y, lo confi eso, así abordé yo este libro hace ya tiempo, en mi primera lectura), pero al hacerlo pasan por alto sus vínculos –más asombrosos y, ante todo, más trascendentes– con Henry James, por un lado, y con autores de una tradición contraria (Kafka o incluso Marcel Proust), una tradición más ligada a la espera, a la quietud inquietante o a la indagación de la memoria y del pasado.

 Hernán Ronsino recomienda "Un dique contra el Pacífico", de Marguerite Duras:
Siempre digo que después de leer a Marguerite Duras me dan ganas de escribir. Hay algo en su escritura, un ritmo pero también atravesado con ese ritmo un impulso vital, creador, que me contagia y me pone en estado de escritura.

Ana María Shúa recomienda "Boquitas pintadas", de Manuel Puig:
Hasta ese momento, nuestras mejores novelas eran libros enormes, geniales y caóticos, curiosamente desestructurados. Sábato con Sobre Héroes y Tumbas, Cortázar con Rayuela, Marechal con el Adán Buenosayres, nos habían escrito las grandes novelas urbanas de los ‘50 y ‘60. Boquitas Pintadas no es un símbolo ni una metáfora ni un microcosmos de nada. Es una historia pequeña, íntima, que no alude más que a sí misma. Sus personajes intensos y creíbles no necesitan ser intelectuales de izquierda para tener voz propia, como los de Cortázar. La novela trata sobre gente común, que no busca la pureza absoluta ni la maldad atroz, como los personajes de Sábato. Puig no pretende explicar, definir o entender el país, como Marechal. Por sobre todas las cosas de este mundo, Boquitas Pintadas no es una novela de tesis. Por fin, por fin lo logramos. Por fin, con Boquitas Pintadas, un gran escritor argentino escribe una novela genial que no demuestra nada. Excepto la loca pasión por narrar.
 La lista sigue con Liliana Heker y "Los caminos de la libertad" (Jean Paul Sartre), con Liliana Bodoc y "Empresas y tribulaciones de Maqroll, el Gaviero" (Álvaro Mutis), con Sergio Olguín y "Pietr, el letón" (Georges Simenon), y con Leonardo Oyola y "Marc, la sucia rata" (José Sbarra).

24 enero, 2013

Rockología


Hace muchísimo tiempo (allá por 1989) publiqué un libro llamado "Rockología", dedicado al así llamado "rock nacional": la música joven en la Argentina, que tan determinante fue como espacio de libertad y resistencia durante la horrenda dictadura militar de Videla y compañía.


El libro acaba de ser reeditado por Galerna (Buenos Aires) con el añadido de dos textos adicionales y con un prólogo especialmente escrito por Miguel Cantilo (un verdadero honor).

En este sitio (enlace) me entrevistan acerca del libro y digo, por ejemplo:

Una de las cosas en las que más se insiste en “Rockología” es con el gran cambio, con el gran salto de masividad que hubo tras la guerra de Malvinas. La guerra es un punto claro de inflexión. Pero, desde luego, la cosa no puede explicarse por una guerra. Ni, mucho menos, atribuirse a una guerra. El rock local estaba creciendo ya antes de Malvinas y la futura masividad estaba incubándose, pienso yo y no soy el único que opina esto. Hay que recordar, por ejemplo, que bandas como Serú Girán convocaban cada vez más público y que el concerto gratuito que dieron en la Rural, antes de Malvinas, desbordó todas las previsiones de los propios organizadores. Es riesgoso hacer ciencia ficción e imaginar “ucronías”, pero suelo pensar que el rock argentino hubiese conquistado la misma masividad (tal vez en forma más lenta, eso sí) de no haber existido la guerra de Malvinas en la que se prohibió de repente la música en inglés (la música del “enemigo”, sin importar si el cantante era pacifista, anarquista, opositor a Thatcher, antimonárquico, irlandés antibritánico o lo que fuera…) y, por lo tanto, para poner otra música, para llenar ese “bache”, hubo que echar mano a los mismos discos que estaban en la lista negra de los militares y a los mismos músicos argentinos que, hasta el día anterior, eran los “enemigos” internos. Luego vino la democracia y vino el definitivo profesionalismo del negocio del rock, que empezó a tener sus suplementos en los diarios, sus radios, sus jefes de prensa, sus sponsors, etc. Es un tema complejo… Yo le dedico todo un libro, imaginate, y sigue habiendo tela para cortar.

Por último, este es un fragmento de mi nueva introducción a la nueva edición: 

Los calendarios serán ilusiones, pero el tiempo no. El tiempo es veloz, como cantaba David Lebón, y ya han pasado más de veinte años de este libro. Como Daniel Melero, yo tampoco estoy de acuerdo con todo lo que se dice aquí, pero no necesito estarlo para reeditar Rockología y mucho menos he querido modificar lo que pensaba entonces porque ahí está la gracia –si es que la hay– : en que este documento de los ochenta también es, fatalmente, mi documento de los veinte. Y el de una generación… De aquel amor de pop y rock nada nos libra, pero algo queda. El rock, claro está, no ocupa más un lugar central en mi vida. ¿Tampoco ocupa ya un lugar tan central en los medios, en la industria cultural o en el imaginario de la juventud? ¿O es mi desapego el que me hace pensar esto? Ya vendrán nuevos y mejores rockólogos a dar estas y otras respuestas, a plantear estas y otras preguntas.

23 enero, 2013

Tres "remarques"



1.

El astrólogo ahora exige la fecha y la hora de la muerte para hacer impecablemente sus cálculos.


2.

Debido a un error de cálculo, el último avión es tan grande que no entra en el cielo.


3.

El deseo que pido, cuando veo una estrella fugaz en el cielo, siempre se cumple: que la estrella desaparezca.


René Belletto, "Remarques". P.O.L. éditeur, 1991. (La traducción es mía).

22 enero, 2013

Razones personales


En "Mil bosques en una bellota" (Duomo), Valerie Miles ha invitado a veintiocho escritores de lengua española a que seleccionen ellos mismos el fragmento (o los fragmentos) de su obra que "mejor representan sus preocupaciones o aspiraciones literarias" y, más aún, les pidió que explicaran los criterios para esta selección.

Hace muchas décadas, allá por los años cuarenta, había hecho algo parecido en los Estados Unidos el escritor y editor Whit Burnett (fundador de la revista "Story") cuando les propuso a unos ciento cincuenta escritores norteamericanos que escogieran su propio relato predilecto. El resultado se llamó This is My Best. Over 150n self-chosen and complete masterpieces, and the reasons for their selection.


Aquella antología de Burnett fue la inspiradora de Miles. "Me pareció fascinante no sólo por el singular contexto histórico de los textos escogidos, pues resulta una suerte de friso de la literatura y el pensamiento estadounidenese en un periodo crucial, sino también porque al comparar las voces de los escritores que presentan su propia obra, se aprecian las enormes diferencias de estilo y de manera en que cada uno se dedicó a la literatura".

En la magnífica antología de Miles, organizada con criterio cronológico, Ana María Matute selecciona un pasaje de "Olvidado Rey Gudú", Rafael Sánchez Ferlosio recurre a "El testamento de Yarfoz", Aurora Venturini se inclina por "Las primas", Eduardo Mendoza por "La verdad sobre el caso Savolta", Rafael Chirbes por "Crematorio", Abilio Estévez por "El navegante perdido" o Alberto Ruy Sánchez por "Los nombres del aire". 

"He escogido estos fragmentos de Terra Nostra porque tienen la mala costumbre de resumir mi idea de la narración", sostiene Carlos Fuentes en un apartado que Valerie Miles denomina "La tortura del Dr. Johnson". El famoso Samuel Johnson dijo una vez que a "todo hombre al que un autor le pide la opinión sobre su obra se le somete a una tortura y no está obligado a decir la verdad". Segun Miles, "la tortura deviene más tortuosa cuando es el escritor el que debe decir la verdad sobre sí mismo y su propia obra".

"Escogí este fragmento porque en él se despliega un tema central de mi obra, el conflicto entre la apariencia y la realidad", explica Juan Marsé acerca del pasaje que ha escogido de Últimas tardes con Teresa

"La Nena fue el primer relato de la máquina de contar historias de La ciudad ausente. Por eso lo elijo", arguye Ricardo Piglia.

No todos los invitados por Miles escogieron un único fragmento de una única novela. Antonio Muñoz Molina recurrió a "El jinete polaco" y "Sefarad"; Javier Marías a pasajes de "El hombre sentimental", "Mañana en la batalla piensa en mí" y "Negra espalda del tiempo" (además de "Cuando fui mortal") y Mario Vargas Llosa optó por unas páginas de "El paraíso en la otra esquina" y "La fiesta del chivo".

Algunas explicaciones son especialmente conmovedoras. Me quedo con la de Sergio Pitol, al hablar de "Nocturno de Bujara": "Fue gracias a este cuento que pude volver a escribir después de una larga temporada de parálisis creativa". Y con Esther Tusquets, cuando dice de "La bellota": "Es uno de mis pocos textos en los que no cambiaría nada".
 

21 enero, 2013

Los países imaginados


Alberto Manguel, en su prólogo a El país imaginado, la novela de Eduardo Berti, recuerda una leyenda china en que una joven que vive en el pueblo con sus padres se enamora tan locamente de un viajero que, incapaz de saber si debe de seguirle o no, se desdobla en dos. Una de ellas continúa viviendo en el pueblo con los suyos, mientras la otra viaja por el mundo con su amante. Pasan los años y un buen día ésta siente tanta nostalgia de lo que dejó atrás que decide regresar a su pueblo. Y cuando lo hace, se encuentra con aquella de la que se separó al marcharse y vuelven a juntarse y a ser una sola mujer.

Esta fábula bien podría ser una metáfora de lo que nos pasa al vivir, ya que siempre somos dos, el que vive en el mundo real entregado a sus ocupaciones, y el que somos por las noches cuando los demás duermen. El que se queda en casa y el que no deja de buscar a esos hermanos y hermanas perdidas que viven en sus sueños.


Eduardo Berti habla en El país imaginado de todo esto. Su novela es en realidad un cuento de fantasmas, pues ese país imaginado al que se refiere su título no es otro que la muerte. Su protagonista es una joven que se enamora de otra muchacha con la que se encuentra en un parque, donde lleva a su pájaro para que aprenda a cantar. La novela habla del deslumbramiento del amor adolescente, pero es también un diálogo entre la muchacha y su abuela muerta. El mundo está mal hecho, le dice la protagonista a su abuela. Y ésta le contesta: El mundo no está terminado de hacerse, nunca lo hace. Nada es una sola cosa en esta delicada novela y así no tardaremos en descubrir que ese país imaginado en que las dos jóvenes se encuentran es a la vez el país de la muerte y el país del amor. Esa duplicidad es una característica de todos los países imaginados. Eduardo Berti habla en su libro de una provincia del sur de China donde existió una escritura que solo usaban las mujeres. La escritura de los hombres les estaba vedada y ellas inventaron una lengua suya y secreta, que se transmitía de madres a hijas, o entre las cuñadas, y de la que se servían para hablar de aquellas que eran a espaldas de sus maridos y padres. Esa lengua perdida es la lengua de la literatura, la lengua que utilizan esos otros que somos para hacerse escuchar.

Fragmento de "Los países imaginados", la columna de opinión que ha publicado ayer Gustavo Martín Garzo en "El País", de España.
El texto completo: http://elpais.com/elpais/2013/01/17/opinion/1358434521_745613.html

19 enero, 2013

Dos diccionarios





Dos libros con un mismo espíritu: por un lado, Colette Guillemard y un diccionario acerca de la palabras y expresiones de origen culinario en el idioma francés; por el otro, Jacques Jouet y un diccionario del cuerpo humano en las expresiones de la lengua francesa.

En Les mots d'origine gourmande, Guillemard recopila, por ejemplo, desde una acepción de "bechamel" como sinónimo de miseria o de mala situación, hasta la polémica expresión "tonto como un coliflor", que Flaubert solía emplear y que Marcel Proust juzgaba tan injusta como arbitraria.

El diccionario de Jouet (miembro de Oulipo) se llama À bouche que veux-tu y forma parte de la coleccion "Le Souffle des Mots", de Larousse, donde hay otros libros muy interesantes como, por ejemplo, Abracadabrantesque, diccionario de las palabras inventadas por los escritores del siglo XIX y XX, de Maurice Reihms.

Cuenta Jouet, por ejemplo, que la expresión "langue de bois" (lengua de madera), usada para describir el lenguaje acartonado y excesivamente cauteloso de los políticos, por ejemplo, empezó a usarse después de Mayo 68 o, a lo sumo, muy poco antes. Mientras que la expresión "lengua de serpiente" (lengua viperina, lengua filosa) puede encontrarse mucho antes, ya en el siglo XIX.

Acerca de "pequeña muerte" (petit mort) como sinónimo de orgasmo, Jouet se muestra bastante de acuerdo con Georges Bataille cuando afirmaba que dicha expresión llevaba agua al molino de los tabúes y las culpabilidades sexuales. 
 

17 enero, 2013

Pero a veces sí





No me gustaría vivir en América pero a veces sí
No me gustaría vivir bajo un cielo y sin techo pero a veces sí
Me gustaría vivir en el cinquième de París pero a veces no
No me gustaría vivir en un depósito militar pero a veces sí
No me gustaría vivir entre expedientes pero a veces sí
Me gusta vivir en Francia pero a veces no
No me gustaría vivir en el Gran Norte pero a veces sí 
No me gustaría vivir en una histórica aldea pero a veces sí
No me gustaría vivir en Issoudun pero a veces sí
No me gustaría vivir entre juncos  pero a veces sí
No me gustaría vivir en un ksar pero a veces sí
Me habría gustado ir a la Luna pero es un poco tarde
No me gustaría vivir en un monasterio pero a veces sí
No me gustaría vivir en el Negresco Hotel  pero a veces sí
No me gustaría vivir en Oriente pero a veces sí
Me gusta vivir en Paris pero a veces no
No me gustaría vivir en Québec pero a veces sí
No me gustaría vivir en un risco pero a veces sí
No me gustaría vivir en un submarino pero a veces sí
No me gustaría vivir en una torre pero a veces sí
No me gustaría vivir con Ursula Andress pero a veces sí
Me gustaría vivir la vejez pero a veces no
No me gustaría vivir en un wigwam pero a veces sí
Me gustaría vivir en Xanadu pero no para siempre
No me gustaría vivir en Yonne pero a veces sí
No me gustaría que viviéramos todos en  Zanzibar pero a veces sí


Georges Perec:  « De la difficulté qu’il y a d’imaginer une cité idéale », Penser/Classer, pp.127-129. (Traducción mía, con algunas libertades)

15 enero, 2013

La absurda monumentalidad


En ocasión de los cien años del hundimiento del Titanic, la editorial madrileña Gadir rescató en un único volumen (Titanic, con prólogo de Fernando Baeta) los dos textos que Joseph Conrad escribió en 1912 para la English Review y que más tarde integaron el libro Notes on Life and Letters (1921). Allí, el escritor arremete con furia contra lo que denomina "una perfecta muestra de la moderna confianza ciega en los materiales y artilugios".

 
El Titanic encarna para Conrad una absurda monumentalidad: un "Ritz de los mares", más que un buque, puesto a navegar "con una población elegida al azar, sin botes suficientes, sin marineros suficientes", pero -eso sí- "con un café parisino y cuatrocientos pobres diablos de camareros". El escritor plantea la "necesidad de que los barcos sean manejables" y no se asombra al saber que todos los pasajeros viajaron con una sensación de falsa seguridad: que la gente haya sido "reacia a subir a los botes" de salvamento demuestra, a los ojos de Conrad, "la fuerza de la mentira" que los empresarios y los medios periodísticos se encargaron de instalar. "Aquella gente parecía pensar que se tataba de algo opcional" subir a los botes, pese a que "la orden de abandonar el buque tuvo que ser una orden firme, que ha de obedecerse sin ser cuestionada".

Si en el primero de los textos Conrad reflexiona sobre el naufragio, el segundo texto ("Ciertos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic") contiene algunas de sus opiniones y conclusiones más rotundas. Se indigna contra "los servidores del ridículo oráculo" que repiten, aun después de la tragedia, que "no es posible resistirse al progreso". Les responde: "El simple aumento de tamaño no es progreso". Ruega: "No vendan tantos pasajes". Clama: "Tiene que haber botes suficientes" porque "la gente, incluso de tercera clase (perdonen que hable tan claro), no es ganado". Se pregunta si realmente existía, previamente al Titanic, la demanda de un "hotel marítimo de lujo". Sospecha que "el público no es del todo culpable" y que si mañana se eliminasen esos "lujos banales", la gente seguiría viajando. Advierte: "No estoy atacando a los armadores", sino a "la insensata arrogancia", a los "aires de superioridad". Lo ocurrido es culpa, ante todo, de los "valiosos especialistas que construyen 'buques insumergibles'", concluye con sarcasmo.

"Todas las cosas tienen su razón. No se puede hacer un buque de 50.000 toneladas tan resistente como una lata de galletas", escribe Conrad. Las consecuencias de la "estúpida catástrofe" no pueden ser sino atroces. Hundirse encerrado bajo la cubierta es algo excesivo, dictamina. "No hay nada que se aproxime a ese horror, salvo ser quemado vivo en una cueva o dentro de una mina."

14 enero, 2013

El escritor y su máquina de escribir

Paul AUSTER y su Olympia SM9, según Sam Messer.

Allá por 1904, Mark Twain dio a conocer un ensayo proclamando que había sido el primer escritor en usar profesionalmente una máquina de escribir, la que empleó –según parece– para volcar el manuscrito de Las aventuras de Tom Sawyer (1876). La máquina que empleó fue una Sholes & Glidden, en 1874. Desde entonces, fueron muchos los escritores que usaron directamente una máquina de escribir o que adquirieron una que pusieron a disposición de una dactilógrafa profesional o de una esposa (o una hija, por qué no...) que se consagró a dicha función.

Existen diversos sitios en Internet dedicados a la historia de la máquina de escribir. Uno de ellos (ver enlace) aporta una extensa lista de escritores y su modelo favorito de máquina de escribir. En la lista aparecen, por ejemplo:

Jorge Amado: Royal portátil
Isaac Asimov: pink Selectric
Ray Bradbury: 1947 Royal KMM #3756210
Blaise Cendrars : Remington No. 1 portátil
Agatha Christie: Remington Portable No. 2 y Remington Victor T
e.e. cummings: 1940s Smith-Corona Clipper
Don Delillo: Olympia SM3 DeLuxe  
Stephen Dixon: Hermes Standard
Douglas Fairbanks: Underwood 5
Dashiell Hammett: Royal De Luxe 
Hermann Hesse: Smith Premier No. 4 (entre 1908 y 1942); Remington Noiseless; Remington Quiet-Riter 
Ring Lardner: Royal No 10
Flannery O'Connor: Remington Deluxe Noiseless Portable
Dorothy Parker: Smith Corona black matte Sterling (según una foto de 1941)
Robert Louis Stevenson: Hammond
John Updike: Olivetti MP1 portable; Olivetti Linea 88; Olympia 65C electric #183017 



Algunas de estas máquinas forman parte, en la actualidad, de la curiosa colección de Steve Soboroff que también incluye (ver esta nota) la Royal Model P con la que Ernest Hemingway escribía cartas desde Cuba, la pequeña Imperial Good Companion Model T (foto de arriba) en la que John Lennon escribió algunas de las primeras letras de los Beatles o la Corona Junior 1936 de Tennessee Williams.

Un par de sitios dedicados a la historia de la máquina de escribir, la mayoría en inglés:

 The Virtual Typewriter Museum: http://www.typewritermuseum.org/index.html
The Typewriter Database: http://typewriterdatabase.com/
Typewriters Illustrated Encyclopedia: http://pwp.paetec.net/~jrespler/indexTW.html


13 enero, 2013

Aforismos y ocurrencias de Courteline


J'ai connu une femme qui voulait divorcer pour ne pas rester l'épouse d'un mari trompé.

Conocí a una mujer que se quería divorciar para no ser la esposa de un marido engañado.


 Le dédain de l'argent est fréquent, surtout chez ceux qui n'en ont pas.

Desdeñar el dinero es algo frecuente, sobre todo en el caso de quienes no lo tienen.


L'alcool tue lentement. On s'en fout. On n'est pas pressés.

El alcohol mata lentamente. No nos importa. No estamos apurados.
 

Il ne faut jamais gifler un sourd. Il perd la moitié du plaisir. Il sent la gifle mais il ne l'entend pas.

Nunca hay que abofetear a un sordo. Se pierde la mitad del placer. Éste siente la bofetada, pero no la oye.


Georges Courteline (1858-1929), escritor y autor dramático francés que, en forma satírica, retrató a la pequeña burguesía de su época. Se llamaba en verdad Georges Moinaux y era hijo del humorista Jules Moinaux. Entre sus obras más festejadas se encuentran  Gaietés de l'escadron (1886), Boubouroche (1893) o Monsieur Badin (1897).

11 enero, 2013

Cinco libros: Leila Guerriero


 
Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.
 

El voto de Leila Guerriero:
 
 
 
Una lista tan desquiciada como arbitraria y espontánea. Tres de estos libros -el de Sue Kaufman, el de David Gates, el de Maeve Brennan- son libros que he descubierto hace poco (a Gates lo compré por el prólogo de Fresán; a Sue Kaufman porque me deslumbró la primera página; a Maeve Brennan porque vi el libro en casa de Matías Rivas, poeta y amigo chileno y lector bestial, y confié en que valdría la pena). Los otros son dos amores antiguos, dos deslumbramientos en los que he estado pensando mucho últimamente. Hace dos semanas releí las primeras docientas páginas del libro de Chabon, que me hicieron muy feliz, así que decidí incluirlo. Y McGrath, bueno, es una de esas religiones poco conocidas que conviene difundir.
 
 
Jernigan, de David Gates (Libros del Asteroide, 2010)
 
Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman (Libros del Asteroide, 2011)
 
Crónicas de Nueva York, de Maeve Brennan (Ediciones Alfabia, 2011)
 
Port Mungo, de Patrick Mc Grath (Random House, 2004)
 
Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael Chabon (Random House, 2000)
 
 
Lei­la Gue­rrie­ro es periodista, argentina. Publica en La Nación, Rolling Sto­ne y Orsai, de Argenti­na; El País, de España; El Mercurio, de Chile, y Gatopardo, de México, entre otros medios. Es autora de los libros de no ficción Los suicidas del fin del mundo (Tusquets Argentina y España, 2005 y 2006), y Frutos extraños (Aguilar Colombia y Argentina, 2010; Alfaguara España 2012). En 2010 su texto El rastro en los huesos, publicado en El País Semanal y Gatopardo, recibió el premio CEMEX-FNPI. Su trabajo ha formado parte de antologías como La Argentina Crónica (Planeta, 2007), Mejor que ficción (Anagrama, 2012) y Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012). En 2011 editó el libro Los malditos (Editorial Universidad Diego Portales, Chile), diecisiete perfiles de escritores malditos latinoamericanos realizados por periodistas y escritores de todo el continente. En 2012 editó, también para la Editorial Universidad Diego Portales, el libro Temas lentos, del escritor argentino Alan Pauls. Es editora para cono sur de la revista Gatopardo y dirige la colección Mirada crónica, de editorial Tusquets argentina.

09 enero, 2013

Métodos para seducir mujeres (y recuperar el iPhone)



NUEVA YORK , The Associated Press— Un músico de la ciudad de Nueva York recurrió a una combinación de tecnología, seducción, un martillo y un soborno para recuperar su iPhone robado de manos de un ladrón confundido.

El trombonista de jazz Nadav Nirenberg dijo que olvidó su iPhone en un taxi en vísperas de Año Nuevo. De acuerdo con Nirenberg, de 27 años, la mañana siguiente se enteró por medio de un mensaje en correo electrónico que alguien estaba enviando mensajes sucios a mujeres mediante una aplicación de citas instalada en el teléfono.

El trombonista se conectó entonces al servicio y, fingiendo ser mujer, le ofreció una cita al hombre. Para ello recurrió además a la fotografía de una chica atractiva. Cuando el sospechoso llegó al apartamento de Nirenberg en Brooklyn, con todo y una botella de vino, el músico lo recibió con un billete de 20 dólares, pero sosteniendo un martillo en la otra mano, por si acaso. Al final, el ladrón prefirió devolver el aparato y partió sin decir palabra.

08 enero, 2013

El libro del olvido




Hace falta que aprenda mi idioma para poseerlo, pero ¿no hace falta que lo olvide para que me posea?

Cuando obedece a la memoria, la escritura reproduce; cuando se orienta hacia el olvido, inventa.

Los libros son a la vez el olvido y la memoria, pero esta última, en ellos, no es la misma que la que memoriza: trabaja con el olvido. Cuando entramos en un libro, ya no necesitamos saber lo que sabemos.


Tres fragmentos de "Le Livre de l'oubli", de Bernard Noël (P.O.L., 2012), un cuaderno de notas que Noël escribió en 1979 y rescató del olvido –precisamente– hace pocos meses.

Para terminar, Noël lee (en francés, claro) un fragmento del libro:


06 enero, 2013

Dictation



En su espléndido relato "Dictation" (2008), la estadounidense Cynthia Ozick pone en escena a las dactilógrafas de Henry James y Joseph Conrad, quienes se conocen un poco por azar, discuten al principio acerca de cuál de sus jefes es "el mayor escritor de la época", pero se hacen después amigas o, más que eso, audaces cómplices, ya que urden un plan inquietante: intercambiar una frase de The Jolly Corner (James) por una de The Secret Sharer (Conrad).

El cuento mezcla realidad y ficción, apoyándose en hechos innegables. Conrad y James se encontraron en más de una oportunidad. Jessie Conrad asegura que la primera vez fue en 1897: Conrad fue a almorzar a la casa que James tenía en DeVere Gardens, Londres, y regresó con un ejemplar de Los despojos de Poynton. Miraba con emoción, cuenta su esposa, la "cariñosa dedicatoria" escrita por James. "Dictation" parece basarse en el segundo encuentro, una tarde de junio de 1901, en cierta casa suburbana que James tuvo en Rye, y resume así los mutuos sentimientos entre los dos escritores, de estilos tan diferentes: para el más sobrio y perfeccionista James, Conrad era -escribe Ozick- "un matorral de incontrolada profusión"; para el más desmesurado Conrad (que, de acuerdo con Madox Ford, se apresuraba para poner punto final a sus textos), los personajes de James eran "demasiado acabados", tan tallados que podían a veces parecer de piedra.

La dactilógrafa y secretaria de James (Theodora Bosanquet) no solamente existió y asistió al "Maestro" hasta su muerte en 1916, sino que además publicó un breve libro de memorias (Henry James at Work, 1924) que, a todas luces, fue una de las mayores fuentes que empleó Ozick. En cuanto a la dactilógrafa de Conrad, Lilian Hallowes, en ocasiones llevaba al hijo mayor, Borys, a la escuela y solía decir -según Jessie en sus memorias- que al morir le encontrarían "varios manuscritos grabados en el corazón".

La elección de Ozick dista de ser inocente: Conrad y James fueron, sin discusión alguna, dos autores bisagra entre los siglos XIX y XX, acaso los dos novelistas que más influyeron en la narrativa moderna, no únicamente en lengua inglesa. Que ambos empleasen dactilógrafas puede entenderse como un detalle bien aprovechado por Ozick, pero también como un signo de sus tiempos e incluso como un emblema de sus novedades técnicas, fundamentales en el campo del enfoque narrativo.

Son diversos los paralelos que pueden trazarse entre James y Conrad, dos extranjeros que adoptaron Gran Bretaña y acabaron adoptados por ella. Maestros en un método que Madox Ford tilda en su libro de "impresionista", tuvieron el mismo agente literario (James Brand Pinker) y uno y otro desarrollaron lo que el crítico Ian Watt describió como "el abordaje narrativo indirecto por medio de la inteligencia y la sensibilidad de uno de los personajes".

Harold Bloom considera que James y Conrad fueron, sin lugar a dudas, los novelistas cuya sombra más perduró en el siglo XX. Pero Bloom piensa, asimismo, que la originalidad de Conrad es más perturbadora que la de James, y que tal vez esto ayuda a entender "por qué fue Conrad, no James, la figura más influyente para la generación de novelistas estadounidenses que incluyó a Hemingway, Fitzgerald y Faulkner". Los universos de Fiesta, El gran Gatsby o Mientras agonizo provienen de El corazón de las tinieblas y de Nostromo más que de Los embajadores o de La copa dorada, ha escrito Bloom. Un personaje como el Darl Bundren de Faulkner es innegablemente conradiano porque, siempre según Bloom, "lleva el impresionismo al corazón de las tinieblas, consciente de que apenas somos un flujo de sensaciones con la mirada puesta en un flujo de impresiones".

En su Borges, Bioy Casares cita varias reflexiones del autor de "El aleph" acerca del que era, acaso, su novelista preferido. Dice que a Conrad, como a Kipling, le gustaba "describir ambientes muy alejados de las letras", rasgo que lo aparta de James. "Sospecha que Conrad durará más que Henry James", según un apunte de octubre de 1962. Y discute con Bioy acerca de las diferencias sustanciales entre ambos:

Borges: -En James, lo visual es magro. Importan la situación y las relaciones.

Bioy: -Salvo en The Turn of the Screw.

Borges: -¿Qué la parecerían a Conrad los cuentos de James?

Bioy: -Le parecerían abstractos y un poco falsos. Conrad es visual.

Borges: -Visual de un modo no deliberadamente decorativo. Todo parece real ?y necesario.

Algo semejante afirma Madox Ford en su remembranza. Novelista nato, Conrad se destaca a la hora de "transmitir la sensación de lo inevitable". Y, como ocurre en el caso de su muy apreciado Turgueniev, la prosa resulta concreta y "poco afectada", pues uno de sus axiomas era que el buen estilo "empieza con una palabra fresca, usual, y continúa con palabras frescas y usuales hasta el final". Si "el mar de Conrad es más verdadero que el mar de cualquier otro escritor", razona Ford, esto se debe a que Conrad supo evitar los tecnicismos.

05 enero, 2013

Conrad, el lado íntimo



 
Por Eduardo Berti

Era bajo de estatura y ancho de hombros. Solía emplear, inesperadamente, expresiones de sus tiempos de marinero. Se ponía un monóculo en el ojo derecho y, como los relojeros, escrutaba a la gente de muy cerca. Cada dos por tres perdía la billetera. Le gustaba jugar al dominó. Sufría en las conferencias y en las charlas públicas porque no pronunciaba bien el inglés.

Pocas personas conocieron a Joseph Conrad como su esposa Jessie y el escritor Ford Madox Ford. La primera llegó a publicar un manual de cocina que tuvo su momento de gloria ( A Handbook of Cookery for a Small House ) y, ante todo, dos libros consagrados a su esposo: Joseph Conrad As I Knew Him y Joseph Conrad and His Circle , el último de los cuales acaba de ser traducido por primera vez al castellano por la editorial mexicana Sexto Piso como Joseph Conrad y su mundo . En el caso de Madox Ford (coautor de Los herederos , Romance y La naturaleza de un crimen , y colaborador en otros escritos), publicó en 1924, escasos meses después de la muerte de su amigo, Joseph Conrad, a Personal Remembrance ( Joseph Conrad, un recuerdo personal ), que también acaba de traducirse por vez primera al castellano, en este caso por la editorial española Nortesur.

Que ambos libros hayan sido rescatados sin el impulso de un aniversario ni de ninguna conmemoración oficial es una prueba de la vigencia de Conrad. Su obra continúa frecuentándose y retraduciéndose (el año pasado, sin ir más lejos, la editorial Barataria relanzó sus primeras novelas), su influencia no ha perdido peso y los lectores se apasionan más y más con su singular biografía, que a él mismo lo llevó a decir que había vivido tres vidas: como polaco, como marinero y como escritor.

Sabido es que Józef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, Joseph Conrad, autor de El corazón de las tinieblas , Nostromo , Victoria , Bajo la mirada de Occidente y El agente secreto , entre otros títulos, aristócrata polaco, hijo de revolucionarios antizaristas y temprano huérfano, nació en Berdyczów (actual Ucrania) en 1857. Sabido es que su padre, Apollo Korzeniowski, había llegado a traducir a Victor Hugo y a Dickens, y que Conrad fue marinero francés y capitán de marina mercante de Gran Bretaña antes de consagrarse de lleno a la literatura. Mucho menos conocidos son los detalles que ofrecen su viuda y Madox Ford acerca de estas y otras circunstancias.

Madox Ford ratifica, por ejemplo, la historia de que Conrad dudó entre adoptar el francés o el inglés como idioma literario, y explica que, si bien su pericia con el francés era mayor, descartó al fin esta opción porque "en inglés no había estilistas o eran muy poco frecuentes", mientras que "el francés estaba repleto de ellos". Conrad solía contar que había perfilado su propio estilo traduciendo al inglés diversos pasajes de su admirado Flaubert. En su libro, Ford sostiene que varios trechos de La locura de Almayer fueron escritos en los espacios y las páginas en blanco de un ejemplar de Madame Bovary que poseía Conrad cuando aún era marinero, y que buena parte de ello ocurrió mientras su barco estaba atracado nada menos que en el puerto de Ruan, ciudad que sirve de escenario para la famosa novela. En su camarote, cuando alzaba la vista, "por el ojo de buey solía ver la posada en que Emma Bovary se encontraba con su amante", escribe Ford.

Jessie Conrad y Madox Ford fueron las dos asociaciones o parejas más constantes que mantuvo Conrad (en la vida y la creación literaria, respectivamente) y no solamente se apreciaban poco, sino que además la viuda consagra párrafos enteros de su obra a desmentir a Ford, tras quejarse de que éste no la nombra -es verdad- en todo su libro. A los ojos de Jessie, el joven Ford era "irrespetuoso y altanero", actuaba mayormente por interés y en sus memorias hay "grandes dosis de fantasía". Su marido "necesitaba un estímulo mental" y en los primeros tiempos Ford se lo proporcionó, pero Jessie se encoleriza con "su afirmación de que fue el padrino literario" de Conrad.

 

La señora Conrad


Jessie Emmeline George (1873-1936), la futura señora Conrad, conoció al señor Korzeniowski, quince años mayor que ella, a finales de 1893. Fue el primer extranjero que Jessie veía en su vida y quedó pasmada por la extravagancia y la "exagerada cortesía" del hombre, del que Ford cuenta que tenía "los ademanes de un francés". Poco después, recibió como regalo un ejemplar de La locura de Almayer , recién salido de imprenta, y tuvo el honor de leer, a pedido del autor, el manuscrito de su segundo libro: Un vagabundo de las islas.

En medio de una visita a la National Portrait Gallery, el señor Korzeniowski (que firmaba sus libros, claro está, como Joseph Conrad) le dijo sin preámbulos: "Más vale que nos casemos. Mira qué tiempo hace. Lo mejor es casarnos inmediatamente y marcharnos a Francia. ¿Cuánto tardarías en estar lista? ¿Una semana? ¿Quince días?". Le quedaba, añadió, "poco tiempo de vida". Como ella aceptó la propuesta, fueron a una especie de cafetería y comieron algo en mal estado que les cayó fatal. Al evocar esa escena, unos cuarenta años después, Jessie Conrad la define como "un preludio de la desmesura" que fue su vida en común Horas después de su boda, celebrada únicamente por civil (el 24 de marzo de 1896, en un registro de Hanover Square, Londres), yendo en tren hacia Southampton, Jessie y Joseph Conrad atraviesan un largo túnel. Sentada en ese oscuro vagón, Jessie oye una fuerte explosión y se paraliza de miedo. De pronto ha caído en la cuenta de la "ligereza" con que ha emprendido esta "aventura", ya que apenas conoce al hombre con quien se casó. ¿Y si es el miembro de una sociedad secreta?, cavila.

Con los años, Jessie Conrad comprende -y así lo escribe en el libro- que su misión en la vida es procurar a su hombre "una existencia tranquila y aislada". Será la salvadora o guardiana de cartas y manuscritos, la aplicada amanuense, la madre de dos hijos (Alfred Borys y John) y la cálida anfitriona de los visitantes que aparecen más o menos retratados en el libro: de Stephen Crane a André Gide, de H. G. Wells a Guillermo Hudson, de John Galsworthy a Bernard Shaw.



Mezcla de biografía y retrato social, Joseph Conrad y su mundo no sólo incluye páginas muy bien escritas, sino que también muestra, bajo la mirada de la intimidad, al autor de Lord Jim y El copartícipe secreto como un hombre de enorme sonrisa y "luminosos dientes blancos" que, al menos en una primera etapa, no tiene "la menor idea" de cómo se cuida a una esposa. Un hombre fácilmente irritable que a cada rato sufre ataques de gota y, cuando pierde los estribos, se pone a hablar en polaco para desesperación de su mujer que no conoce más que el idioma inglés.

Tan distraído es Conrad, según su viuda, que es capaz de dejar el abrigo en manos de un almirante al que confunde con el encargado de un guardarropa. Tan ceremonioso es Conrad que, al sufrir un accidente bajando una cuesta con su viejo automóvil Ford, tan pronto como el coche da una vuelta por los aires, embiste contra un poste y da tres giros completos, él se baja como si nada, cruza la calle y saluda con una de sus exageradas reverencias a las primeras dos mujeres que ve. Tan inmerso en su trabajo vive Conrad que, al cabo de tres semanas encerrado en su despacho (al que apoda "la cámara de tortura"), le escribe una carta a Jessie como si estuviera de viaje a cientos de kilómetros: "Querida mía, estoy deseando volver a verte. Espero que pases una buena noche. Qué gran consuelo es tener, en estos tiempos tan difíciles, a nuestros dos hijos en casa [...]. Buenas noches, queridísima mía, y espero que me dediques un momento de ternura antes de dormirte".

"Lo más grave para la seguridad familiar era, con todo, la inveterada manía de Conrad de tener siempre un cigarrillo en los dedos, por lo general durante pocos segundos, para dejarlo abandonado luego en cualquier sitio", llegó a escribir al respecto Javier Marías en sus Vidas escritas (1992). "Su mujer, Jessie, se resignaba a que los libros, las sábanas, los manteles y los muebles estuvieran llenos de quemaduras, pero vivió durante años en estado de alerta para evitar que fuera su marido quien se quemara en exceso, ya que Conrad, incluso después de acceder a sus ruegos y adquirir la costumbre de echar sus colillas en una gran jarra de agua dispuesta al efecto, tenía constantes contratiempos con el fuego".

El copartícipe no secreto


Novelista, crítico literario, editor, autor de la tetralogía El final del desfile y de la novela El buen soldado (cuyas primeras palabras suelen citarse como modelo de inicio: "Esta es la historia más triste que jamás he oído"), Ford Madox Ford era, al igual que Jessie, unos quince años menor que Conrad.

La colaboración autoral entre los dos comenzó alrededor de 1898, cuando Conrad tenía 41 años de edad. El polaco acababa de editar Tales of Unrest y empezaba a delinear lo que sería Lord Jim . A pesar de su juventud, Ford era más popular por entonces; ya contaba con dos libros infantiles ( The Brown Owl y The Feather ), una primera novela, un volumen de poemas y una biografía de su abuelo, el pintor Ford Madox Brown.

Apenas fundaron su sociedad artística, Conrad creyó que debían anunciarla de modo oficial. Para ello hizo subir a Ford a un coche y lo condujo a casa de H. G. Wells, quien había alabado La locura de Almayer . El autor de El hombre invisible no se entusiasmó con la noticia; es más, al día siguiente fue en bicicleta hasta la casa de Ford para persuadirlo de que no aceptase trabajar con Conrad. Temía que así se estropeara el "maravilloso estilo oriental" del polaco. "Es tan delicado como un aparato de relojería", dijo. "Usted lo echará perder metiendo sus dedos en él." En vano, Ford quiso argüir que aquello era idea y voluntad de Conrad. Desanimado, Wells se alejó pedaleando.

Pese a escenas como ésta y pese a lo que afirma el título, el libro de Ford excede la remembranza y evita la biografía clásica en beneficio de una técnica que el propio autor llama "impresionista" y que consiste, casi siempre, en la asociación de recuerdos. Hay toda una parte, además, en la que Ford explica cómo Conrad y él presentaban a sus personajes o cómo hacían que los diálogos sonasen verosímiles; posiblemente sea la parte que hizo decir a Sinclair Lewis que el de Ford era uno de "los mejores libros que he leído sobre la técnica de escribir una novela". Hay otra parte donde Ford muestra (con ayuda de cursivas) qué frases escribió cada uno en sus obras a cuatro manos. De las casi 75 mil palabras de Los herederos , leemos, menos de dos mil corresponden a Conrad. Pero con ellas daba el toque final y proveía el significado a cada escena, muchas veces gracias a un detalle certero.

Las diferencias de temperamento entre ambos eran grandes. Mientras Ford trataba de suprimir cualquier escena melodramática o cualquier frase sonora, Conrad era "valiente", "más concreto" y tenía un control "infinitamente mayor" sobre la arquitectura de la novela.

El lazo entre Ford y Conrad llegó a ser tan estrecho que éste último terminó alquilándole al primero una casa de campo en el sudeste de Inglaterra (Pent Farm) por la que debía abonarle veinte libras trimestrales que no siempre alcanzaba a reunir. Pero todo concluyó en 1909 con una furiosa pelea. Dos años más tarde, bajo el alias de David Chaucer, Ford escribió un libro en el que hacía un retrato poco amable del polaco.

Mientras duró, el vínculo fue cordial y distante, escribe Ford, sin muchas palabras de afecto. Pero "con Conrad a tu lado todo se alteraba extraordinariamente y se volvía más vívido", anota, para luego confesar que fue el polaco quien le "enseñó" a ver la ciudad de Londres. Pese al relativo fracaso de algunas de sus obras en conjunto, Ford siempre creyó que "el placer de la eterna discusión técnica con Conrad" justificaba con creces el tiempo que transcurrían juntos.

Conrad, que pasaba de la euforia a momentos de depresión (y que, para paliar esta última, llegó a asistir al mismo centro de hidroterapia al que acudió Maupassant), solía decirle a su joven copartícipe que el oficio de escritor era una ingrata tarea de resultados inciertos. Madox Ford concluye su remembranza con unas frases de Conrad al respecto, unas palabras en las que el marino y el escritor se dan claramente la mano: "Escribirás y escribirás...Nadie, nadie en el mundo entenderá ni lo que quieres decir ni el esfuerzo que te ha costado, la sangre, el sudor. Y al final te dirás: es como si hubiera remado toda mi vida en un barco, sobre un río inmenso, a través de una niebla impenetrable... Y remarás y remarás. Y jamás verás un letrero en las orillas invisibles que te diga si remontas el río o si la corriente te lleva".

Al igual que muchos lectores, Ford no tiene duda alguna: Conrad hizo mucho más que remontar la corriente. Su milagro fue que tomó el idioma inglés "por el cuello" y luchó talentosamente con él hasta conseguir, en tantas páginas inolvidables, que "obedeciera como les ha obedecido a muy pocos hombres".

Publicado originalmente en ADN Cultura.
Enlace:
http://www.lanacion.com.ar/1542297-joseph-conrad-el-lado-oculto-del-genio

04 enero, 2013

La reticencia


Claire KEEGAN

La literatura anglosajona le otorga al cuento un espacio más importante que la literatura francesa. ¿Por qué?

–Esto es algo que me resulta sorprendente, sobre todo porque ciertos autores franceses han escritos cuentos admirables: Maupassant, Balzac, Colette, Flaubert... pienso particularmente en "Un coeur simple". Pero es verdad que la literatura irlandesa muestra una predilección por el cuento. Se trata de una larga tradición: Joyce, Frank O'Connor, Liam O'Flaherty, Mary Lavin, Sean O'Faolain, John McGaher... Tal vez se deba a que, a diferencia de los franceses, no tenemos la costumbre de expresarnos por medio de discursos. No estoy diciendo que los irlandeses no hablan; pero tenemos siempre cierta voluntad de decir poco, de revelar lo menos posible. Es nuestro modo de hacer que la gente se mantenga un tanto a la distancia. Lo que necesitamos decir lo expresamos, a lo mejor, en forma más natural a través del cuento.

Entrevista a Claire Keegan por Julie Coutu, publicada en el último número de la revista francesa "La Matricule des Anges".

03 enero, 2013

Dos biblioclastas

 
Metrócles de Maronea, filósofo, quemó sus propios escritos tras considerarlos meras fantasías. Según otra versión, lo que incineró fueron las lecciones de su maestro Teofrasto. Sea verdad o no, se acordó de unas palabras de Platón y mientras encendía los papiros dijo: «Hefesto, ven pronto, Tetis te necesita». 

El filósofo y poeta Bión de Borístenes (h. 335-246 a.C.) fue, según las fuentes más autorizadas, uno de los pensadores más escandalosos de su tiempo, aspecto en el cual tuvo una competencia bastante reñida con otros hoy más famosos que él. Ostentoso, versátil, inepto por lo general, forjó un estilo de vida y de escritura basadas en la variedad y el fausto.


Hoy no queda un solo escrito suyo completo, pero hay fragmentos y se conocen los títulos de algunas de sus obras. Escribió Comentarios, Diatribas cínicas, Parodias y Sátiras. Inició todo un género durante su etapa de adhesión al cinismo e impulsó el Spoudogéloion, donde las anfibologías, las alegorías. las anécdotas y las paronomasias entretenían a lectores que buscaban moralejas más exhaustivas.
 

En algún momento de su vida sintió la necesidad de quemar libros y lo confesó abiertamente en una carta irónica, conservada por Diógenes Laercio, que puede servir como unaautobiografía de su juventud. La escribió para el general Antígono: "Yo, que no era un joven sin gracia, fui vendido a cierto orador, quien a su muerte me legó todo lo suyo. Y yo quemé sus obras y recogí todo, vine a Atenas y me dediqué a filosofar [...]"›.
 

Bión consideraba que quemar los libros del orador era un modo de decir que ya los había aprendido y no los necesitaba en su viaje a Atenas, donde se dedicaría a la filosofía. De hecho, fue un verdadero sabio. Uno de sus frases favoritas era: "El peor mal es no sufrir ningún mal en vida".


Fernando Báez, "Historia universal de la destrucción de libros (De las tablillas sumerias a la guerra de Irak)", Destino.