27 septiembre, 2013

Tumbas etruscas




-¿Adónde vamos? -preguntó Giannina.
Marido y mujer iban sentados delante con la niña en el medio. El padre apartó la mano del volante y la puso sobre los morenos ricitos de su hija.
-Vamos a echar un vistazo a unas tumbas de hace más de cuatro o cinco mil años -respondió, con el tono de quien empieza a relatar un cuento y, por esa razón, no vacila en exagerar con las cifras-. Tumbas etruscas.

(...)
-Papá -preguntó otra vez Giannina-, ¿por qué dan menos tristeza las tumbas antiguas que las más recientes?
Un grupo más numeroso que los otros, que ocupaba buena parte de la carretera, y cantaba en coro sin pensar en ceder el paso, había obligado al automóvil casi a detenerse. El interpelado metió la segunda.
-Es lógico -respondió-. Los muertos de hace poco están más cerca de nosotros y precisamente por eso los queremos más. Los etruscos, verdad, hace tanto tiempo que
murieron -y de nuevo estaba relatando un cuento-, que es como si no hubieran vivido nunca, como si siempre hubiesen estado muertos.
Otra pausa, más larga, al término de la cual (estábamos ya muy cerca de la explanada contigua a la entrada de la necrópolis, llena de automóviles y autocares) fue Giannina quien dio su lección.
-Pero, ahora que dices eso -dijo con dulzura-, me recuerdas que también los etruscos vivieron y que los quiero también a ellos como a todos los demás.


El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani.

24 septiembre, 2013

Mollat





Vitrina de la librería Mollat, de Burdeos (Francia). Según muchos, la librería más grande en superficie de toda Francia. Según algunos, una de las tres más grandes de toda Europa.


21 septiembre, 2013

El reino del revés




Bojana Danilovic, una joven de Serbia, sufre de una extraña condición que ha dejado a los médicos y los científicos desconcertados. Licenciada en economía y con 28 años esta chica ve todo al revés.
Los expertos que examinaron a Bojana Danilovic dicen que ella sufre de una enfermedad cerebral rara, llamada "fenómeno de la orientación espacial. En términos simples significa que sus ojos ven las cosas de la manera correcta, pero por alguna razón su cerebro los cambia.

Los problemas extraños de Bojana continuaron cuando comenzó a escribir. Ella tomaba un papel en blanco y empezaba desde la esquina inferior derecha y terminar en la esquina superior izquierda. En casa, se tiene que encender el televisor de cabezas para ver su programa favorito, mientras que su familia tiene que usar otro. Ella siempre tiene su teléfono móvil y el periódico al revés, y muchas veces se acercan personas que le dicen que lo está leyendo mal. "Yo nací de esta manera. Es sólo mi forma de ver el mundo." Su mayor lamento es que no puede obtener una licencia de conducir.

19 septiembre, 2013

La corona de los días


El ZOHAR, primera edición impresa: 1558


Los días que han de constituir la vida del hombre están todos unidos en el momento del nacimiento. Luego bajan aquí, a la tierra, uno después del otro, y cada uno exhorta al hombre a no pecar en su día. Cuando un día ve que el hombre no lo va a escuchar, pues está dedicido a pecar, se llena de vergüenza. Entonces regresa a las regiones superiores a dar testimonio de las acciones del hombre. Pero queda completamente separado para siempre del resto de los días. Sin embargo, si el hombre se arrepiente, ese día que ha sido excluido del cielo a causa de los pecados del hombre recibe permiso para volver. De otro modo, el día viene aquí, a la tierra, y se posesiona de un cierto hogar. Después de tomar la forma de hombre, trata de inducir al mal al dueño del hogar. Pero si el dueño hace sólo el bien, entonces el día es forzado a hacer el bien.

Al final de los días, cuando el rey supremo pasa lista a los días del hombre, este día se pierde, y como la corona de días está incompleta, el hombre no puede ser coronado.

Del "Zohar" (o "Libro del esplendor"), escrito por Moisés de León entre 1280 y 1286. Traducción de Ariel Bension.

17 septiembre, 2013

May I?


Salí a pasear por la calle, en busca de un lugar para comer. Encontré un cafecito donde había una chica. Le dije: "¿Puedo sentarme y mirarte un rato? Me gustaría la compañía de tu sonrisa. No tenés que decir nada. Como una canción sin letra..."


(Hace rato que postergo este simple tributo a Kevin Ayers, fallecido en febrero pasado)

16 septiembre, 2013

Un hombre en una isla



John Donne, poeta inglés de los llamados metafísicos, muerto en 1631, es el autor de un texto que daría al novelista norteamericano Ernest Hemingway, tres siglos más tarde, la clave de lo que se proponía decir en una larga narración dedicada a la guerra, la muerte y la esperanza: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra (...) la muerte de cualquier hombre me 
disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas
preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”, escribió Donne, en una de las
más conmovedoras síntesis que nos legara el naciente humanismo moderno.
 
Daniel Defoe, inglés como Donne, murió en 1731, justo cien años después de que lo hiciera el poeta. Dos siglos antes de que Hemingway escribiera Por quién doblan las campanas, Defoe concibió la novela más clásica sobre la soledad física y espiritual de un hombre en una isla, Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante (1719). En aquel relato el novelista inglés se proponía trabajar, entre otras tesis, la de que a pesar de la inteligencia y la voluntad que le permitieron sobrevivir, prosperar y hasta alcanzar un estadio muy cercano a la felicidad, el náufrago solitario nunca dejó de pensar en su regreso a la sociedad. Robinson Crusoe constató, con su dolorosa experiencia, que todo hombre está ligado a un destino colectivo y su vida es el resultado de otras muchas vidas que lo antecedieron o lo acompañan en su tiempo, que lo completan con ser social. Porque
un hombre es, siempre, un continente, y así parece pensarlo este célebre personaje,
sentado en la playa de una pequeña isla despoblada, con la vista fija en el mar inescrutable.

Leonardo Padura sobre Robinson Crusoe. Fragmento del texto que acompaña las maravillosas ilustraciones de Ajubel (más dibujos, acá).

15 septiembre, 2013

Leiser


Leiser y Alberto Luis Grimoldi, hace tres años.

La conmovedora historia de la berlinesa Liselotte Leiser de Nesviginsky, sobreviviente del nazismo, y del zapatero argentino Grimoldi, narrada por ella misma en el diario Clarín, de Buenos Aires:

La cadena de zapaterías de mi familia, “Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien fundó esa empresa en 1895. Alberto había venido para aprender en los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la venta de calzado al público, la comercialización del producto. Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma.
Ninguno de nosotros podía imaginar la importancia que tendría ese hombre que de tal modo se cruzó con nuestras vidas para siempre.
Pasaron los años y la oscura estrella de Hitler siguió ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible. En el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y, como consecuencia de ese despojo cruel y racista, mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva con una persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En noviembre de 1938 se produjo la tristemente célebre noche de los cristales rotos, esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre de Kristallnacht .
A partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez más duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más lejos, ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas hasta que a la edad de catorce años fui notificada por una profesora diciéndome, con una sonrisa entre cínica y fría, pero también como un alerta de lo que se venía, que debía buscar inmediatamente otro lugar ya que por ser judía no podría continuar estudiando en ese liceo.
Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar un lugar más seguro y tranquilo. Recuerdo ese momento crítico y angustiante con el mayor detalle que mi débil memoria permite. Íbamos a embarcarnos, creo, en un avión de la línea Lufthansa. En la aduana los SS nos desnudaron por completo para comprobar que no lleváramos joyas escondidas en el cuerpo (…)
En mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial obviamente ficticia y con la promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la Guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También –aunque yo era muy joven para conocer el detalle– sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió dinero a él con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería. Y así fue. A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio a los valores permanentes de la condición humana.
Lo que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para mí. Un día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había salido a bailar con unos amigos en un bar de las cercanías cuando llegaron los de la Gestapo. Debo advertir que un poco antes de eso, en un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes costarricenses. Fueron otorgados por el conde Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz. Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio grandote donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y finalmente terminamos alojados en el campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito en realidad. Fue el mismo donde estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario íntimo, antes de ser trasladada a Auschwitz para matarla como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su pequeña hija.
En Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados como animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del otro a las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas asquerosas, simples agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos con papel de diario cuando había. Las camas, de dos o tres pisos de alto, eran de hierro y con colchones de paja.
Por las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos bebederos que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí. Secretamente me hice una almohadita rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los lugares por donde anduve en la vida. Aún hoy la conservo… Dentro de todo, y en comparación con los demás, tuve suerte porque una prima mía ya estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los médicos que trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier, también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del lugar. Yo, usando un brazalete que todavía conservo al igual que la estrella amarilla que nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé en el hospital como cocinera. Para alimentar a mis padres y a otras personas juntaba a escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y con eso, más algunos huesos que encontraba por ahí, preparaba una especie de sopa horrible que sin embargo sirvió de alimento para muchos.
Lo que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada liberación. Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la Bourboule. Una semana después se produjo el desembarco en Normandía y, qué emoción me da contarlo ahora, nos abrazamos todos llorando y corrimos hacia los alambrados de púas, los cortamos casi con los dientes y gritamos la palabra libertad, libertad, libertad, una, dos, cien veces. Una nueva vida empezaba para mí en ese instante. Y lo vivido entonces fue inolvidable para mí, para mis padres y para las demás víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir a una vida espantosa en el mejor de los casos … o a una muerte segura.
Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas: sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los judíos durante esa época. Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces por Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi familia conoce muy bien y que rescato en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno.
 La versión completa, aquí.

14 septiembre, 2013

Secretos que circulan




–Tras haberte contado este historia, me siento completamente vacío. Esta historia es mi secreto, ¿entiendes?
–¿Y ahora?
–A tí no puedo decirte "por favor, no la repitas"...
–Sí. Pero ahora tu secreto se ha convertido en mi secreto. Forma parte de mí y me comportaré con él como lo hago con todos mis secretos: dispondré de él cuando llegue el momento. Y se volverá el secreto de otro.
–Tienes razón. Es necesario que los secretos circulen...

Hervé Guibert, "La imagen fantasma".

12 septiembre, 2013

Un ladrón arrepentido


 Una noticia publicada en el sitio CNN (enlace original) y comentada por Jesús del Toro en el periódico Rumbo de Houston (aquí):
Hace 11 años, Keosovanh Xayarath y su hijo Somboon Wu fueron asaltados a punta de pistola en la tienda Interasian Market & Deli de la que son propietarios en Nashville, Tennessee. El delincuente les robó en ese momento $300, pero el gran susto y el malestar que sufrieron las dos víctimas fue sin duda mayúsculo.
El tiempo pasó y aunque el recuerdo de ese mal día persistió, los afectados superaron la traumática experiencia.
Hace unos días, según el relato de la televisora local WSMV, un hombre se presentó de improviso en la tienda. Con insistencia pidió que se recibiera un sobre que él traía consigo. El dueño del local dudó en aceptarlo, pero finalmente lo hizo mientras el hombre salía del lugar. Dudó nuevamente si debía abrirlo o no, e incluso consultó a un abogado. Y cuando finalmente lo abrió encontró cuatro billetes de $100 y una carta manuscrita, en el que un hombre contaba que había sido un adicto a las drogas y que 11 años atrás había entrado y robado $300 de ese establecimiento. Pero que ahora se habría regenerado y dejado las drogas y que sentía la necesidad de reparar los daños que había causado. Por ello les dejaba $400 junto a la carta.
 La familia propietaria de la tienda se sintió conmovida por la confesión del hombre, que se atrevió a dar la cara para reparar su falta, y reconocieron que todos merecen una segunda oportunidad. Luego colocaron una foto de la nota en los espacios en redes sociales de su restaurante para dar testimonio del hombre que se esforzó por recobrar el honor antes perdido.

10 septiembre, 2013

Laurent Perbos



 
El francés Laurent Perbos (nacido en Bordeaux, radicado en Marsella) también experimenta con lo que Colarusso llama "improbabilidades", sobre todo a partir de objetos y elementos propios del deporte, como la "pelota al cuadrado" y la "pelota más grande del mundo" (arriba) o como diferentes tipos de mesas de ping-pong y canchas de tennis (abajo).



http://www.documentsdartistes.org/artistes/perbos/repro.html

09 septiembre, 2013

Las improbabilidades de Colarusso


En la indudable tradición de los "objetos imposibles" de Jacques Carelman (de quien he hablado en este blog, aquí), el italiano Giuseppe Colarusso ha concebido su proyecto "Improbabilitá" ("Unlikely"), en el cual echa mano a la manipulación digital.




Más improbabilidades en el sitio web de Colarusso:
http://www.giuseppecolarusso.it/improbabilita_.html


06 septiembre, 2013

Maravilloso




Steinbeck tenía la costumbre de leerle a su mujer, apenas lo terminaba, cada capítulo de la novela que estaba escribiendo, pero con la condición de que su única respuesta fuese siempre: "Es maravilloso, querido".

Citado por Alberto Manguel en "Pequeñas historias de la literatura norteamericana".

05 septiembre, 2013

03 septiembre, 2013

Lo misterioso


 "Lo misterioso no es algo nuevo, sino algo ya conocido que regresa en una forma diferente, convertido en fantasma"

John Banville, "El mar"