30 marzo, 2014

Las invenciones de Riley


 El hurganarices rotativo que incluye treinta tamaños diferentes de dedo índice y puede usarse en el sentido de las agujas del reloj o a la inversa. El autorrecogedor de caca para perros.  El artilugio para insertar en los sueños, minutos a minuto, las noticias financieras. La máquina para recoger, sin moverse del asiento, el control remoto del televisor. La laptop-tostadora que permite desayunar y navegar por Internet a la vez:
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La imaginación del dibujante y humorista Andy Riley es fértil y feroz, como puede verse en su libro Hágalo usted mismo (D.I.Y. Dentistry, 2008). Algunos de sus inventos (por ejemplo, el aparato para control de pasaportes de pájaros migratorios) son una muestra de cómo nos complicamos la vida y de cómo algunas ideas, más que aportar soluciones, generan nuevos problemas.

El libro ha sido traducido al castellano y publicado por Astiberri, una editorial de Bilbao, hace un par de años.

29 marzo, 2014

El pasado



Philip K. DICK


–¿Cómo cambias el pasado? —preguntó Joe.
 
—Pensando en él. Pienso en un aspecto concreto, un suceso, algo que alguien dijo, o  alguna cosa que ocurrió y que yo hubiera querido que no ocurriera. La primera vez que lo  hice, cuando niña...
 
—Cuando ella tenía seis años y vivía con sus padres en Detroit —interrumpió G.G. — rompió una estatua de cerámica, una antigüedad que su padre guardaba como un tesoro.
 
—¿Y tu padre, con su capacidad de precognición, no lo previó? —preguntó Joe Chip.
 
—Sí, lo previó —respondió Pat— y me castigó una semana antes de romperla porque  dijo que era inevitable. Ya sabe lo que es la facultad precognitora: se puede ver lo que va  a suceder pero no se puede hacer nada por cambiarlo. Después de que se rompiese la  estatua, o mejor, después de romperla yo, le di muchas vueltas al asunto, pensando en la  semana anterior al incidente, durante la cual me mandaban a la cama a las cinco y sin  postre. Pensé: “Dios mío —o lo que digan los niños en estos casos— ¿no habrá un modo  de evitar estos lamentables incidentes?” Las habilidades precognitoras de mi padre no  me parecían demasiado espectaculares, ya que no podían alterar el curso de los  acontecimientos; me inspiraban un cierto desdén. Pasé una semana entera tratando de  recomponer la maldita estatua con la fuerza de la mente; volvía en el recuerdo al tiempo  anterior a su destrucción y evocaba el aspecto que ofrecía cuando estaba entera... que  era horrible, por cierto. Hasta que un buen día me levanté y allí estaba. Entera, como si  no le hubiera pasado nada. —Se inclinó, tensa, hacia Joe y prosiguió con voz cortante y  decidida—: Pero mis padres no notaban nada. Les parecía perfectamente normal que la figura estuviera intacta; creían que siempre había estado así. Yo era la única que recordaba. 
 
Ubik, Philip K. Dick

27 marzo, 2014

Foto


 Photographie de Louis Braille écrivant à Samuel Morse qu’il n’a pas vu depuis longtemps.

Foto de Louis Braille escribiéndole a Samuel Morse, a quien no ha visto desde hace mucho tiempo.

Collection d’antonomases, de Hervé Le Tellier 

Más, aquí:
http://oulipo.net/fr/collection-dantonomases
 

26 marzo, 2014

El soldado Carroll Hart



El sargento Tietjen estaba conmigo el día que ocupamos el nido de ametralladoras en el bosque de Veuilly. Descubrimos que había muerto toda la banda, salvo un hombre corpulento y barbudo que estaba malherido. Justo cuando nos aproximábamos, el hombre metió la mano en el interior de su abrigo y hurgó en el bolsillo.
Creyendo que iba a lanzarnos una granada, descargué la pistola contra él. Su brazo se deslizó del interior del abrigo con un movimiento brusco e irregular y la palma de su mano se posó durante un instante en sus labios. La sangre que le llenó la garganta empezaba a asfixiarlo y soltó un suspiro ahogado. Los ojos se le pusieron en blanco y se le abrió la boca.
Me acerqué y le abrí la mano para ver qué sostenía. Era una foto de una niña alemana. Tenía la cara redonda y pecosa y sus cabellos ensortijados especialmente para la ocasión le caían sobre los hombros.
—Debe de ser su hija —dijo el sargento Tietjen.
Pasé aquella noche en vela pensando en ese soldado alemán.
Me revolví en la cama hasta que, hacia el amanecer, Tietjen vino a tenderse a mi lado.
—No sirve de nada sentirse culpable, compañero —me consoló—. Cualquiera hubiese creído que iba a lanzar una granada.

William March, "Compañía K" (Libros del Silencio, 2012. Traducción de Bianca Southwood)

23 marzo, 2014

La bella durmiente



 El príncipe despertador besó a la bella durmiente, que despertó mientras él se dormía, y ella entonces lo besó a él, que despertó mientras ella volvía a dormir, entonces él...

"La bella durmiente", José de la Colina

20 marzo, 2014

Tres crímenes rituales


Los tres crímenes de los que se ocupa Marcel Jouhandeau (1888-1979) en este libro fueron célebres en su tiempo y figuraron en las páginas más visibles (y a veces más amarillas) de la prensa francesa de los años cincuenta. El primero de los tres crímenes condujo al proceso civil más escandaloso de la posguerra francesa, a tal extremo que Jean Cocteau habló del “juicio del siglo”: Denise Labbé ahogó a su hija de dos años (Catherine) en un recipiente para lavar la ropa, y a su novio (Jacques Algarron) se lo acusó de haber instigado el crimen con unas cartas ardientes en las que hablaba de plasmar su amor mediante el sacrificio de la niña.   

El segundo caso que ocupa a Jouhandeau fue cubierto en su oportunidad por decenas de cronistas: desde un corresponsal de la revista Time, que comentó la noticia el 17 de junio de 1957, hasta la mismísima Marguerite Duras, quien consagró al hecho un artículo publicado en France-Observateur y recogido más tarde en su libro Outside bajo el titulo “Horror en Choisy-le-Roi”. “Pido excusas por no estar acostumbrada a las audiencias criminales”, afirmaba Duras. “Yo no sabía que le cortaran la palabra a los acusados hasta este punto. No pueden hablar, si no se les pregunta. Y cuando se levantan para hablar, no se les deja tiempo para hacerlo”.

El tercer y último crimen, conocido en su momento como “el caso del cura de Uruffe”, involucró al sacerdote católico Guy Desnoyers (1920-2010). Nacido en Haplemont, en el seno de una familia campesina, Desnoyers tenía 26 años y era el flamante vicario de la ciudad de Blâmont (en la región de Lorena) cuando vivió su primera aventura con una mujer, una tal Madelaine con quien se siguió viendo durante una década. En 1953 concibió  allí un hijo con una adolescente de quince años, Michèle o Michelle Léonard, a quien convenció de parir a escondidas y abandonar al bebé. Tres años más dejó embarazada a la joven Régine Fays, también habitante de Uruffe, a quien asesinó en el octavo mes de gestación. Al matarla, también mató al bebé. 

Tres crímenes rituales se inscribe, ante todo, en la tradición de Souvenirs de la cour d’assises de André Gide o, incluso, de L’affaire Dominici de Jean Giono: crónicas judiciales que no excluyen un examen de las posibles motivaciones de los delincuentes. Los tres crímenes que interesan a Jouhandeau no solamente conducen a las reflexiones de su epílogo, sino que asimismo dialogan con algunos de los pilares de su obra narrativa: el sacerdocio y la moral de los pequeños pueblos, dos asuntos que vivió y sufrió en carne propia, y también el análisis puntilloso de las relaciones amorosas, algo que exploró en clave autobiográfica en las Chroniques maritales o en las Scenes de la vie conyugal.

Hasta los diecisiete años de edad, Jouhandeau aseguraba a todos que sería sacerdote. “Creo que me quedó algo de esa vocación. (…) En la doble tarea que me he arrogado, la de enseñar y la de escribir, no he cesado de sentirme, en forma apenas consciente, revestido de un carácter sagrado”, diría décadas más tarde quien se definía a sí mismo como una extraña combinación de católico torturado con moralista libertino. “El tono, el doble registro que parece convenirle a mi persona es la mezcla de misticismo e ironía”, indica en un bello libro llamado Le Moi-Même, donde toma como punto de partida unos cincuenta retratos suyos, todos hechos por el mismo fotógrafo (Daniel Wallard), como excusa para una serie de textos donde indaga su personalidad y también su aspecto físico. Nacido con un defecto en el labio superior (una marca que le hacía afimar que, al llegar al mundo, lo había herido el beso de Dios en la boca), Jouhandeau se quebró la nariz cuando tenía unos 10 años de edad y la deformación en su tabique nasal le dejó para siempre una voz “como amortiguada”.

Este adjetivo, “amortiguado”, resulta bastante útil para describir el tono de una obra que, sin excesivo énfasis, medio en sordina, ha abordado temas mucho más terrenales que celestiales.  Ocurre, como es sabido, que a la larga la vocación literaria se impuso sobre la vocación religiosa confirmando algo que él “presentía desde la infancia”: que “Dios sería derrotado por el Hombre”.

“Jouhandeau nos arroja a un mundo sometido no sólo a la doctrina cristiana, sino a múltiples dogmas que escapan a cualquier comprobación, un mundo que se tambalea sobre las brasas del infierno”, escribió Hugues Bachelot en el prólogo a la edición española de De la abyección, ensayo en el que Jouhandeau sostiene que “desde la caída el Hombre es un accidente patológico, una enfermedad, en el orden de la naturaleza”. Y también: “No puedo dejar de ser católico porque no puedo dejar de creer en el Infierno. Creo en la Iglesia porque nada es más importante para mí que el Hombre (…) Y cuando digo el Hombre, no digo la multitud. El número altera la unidad. Lo múltiple deshonra a lo singular. En cuanto veo a un hombre, quiero conocer su secreto.”

Fragmento de mi extenso prólogo a Tres crímenes rituales, de Marcel Jouhandeau (editorial Impedimenta)

19 marzo, 2014

Ticket to Ride


Si los Beatles hubiesen vivido en tiempos de Händel...

Cathy Berberian visita "Ticket to Ride". 
(Conocí esto gracias a Alfredo Arias y su magnifico espectáculo Hermanas)

17 marzo, 2014

La posteridad



Siete mil millones de hombres pueblan hoy el planeta. A principios del siglo XX eran menos de dos mil. Se estima que, en total, ochenta y cuatro millones de seres humanos han vivido y muerto desde la aparición del homo sapiens. Es poco. El cálculo es simple: si cada uno de nosotros escribiera tan sólo la vida de diez personas a lo largo de la suya, nadie sería olvidado. Nadie sería borrado. Todo el mundo pasaría a la posteridad.

Patrick Deville, Peste & Cólera (traducción de José Manuel Fajardo)

14 marzo, 2014

Fragmentos inéditos de Madame Bovary


El diario ABC de España informa que la revista cultural «Turia» publicará a finales de mes tres textos inéditos de la famosa novela de Flaubert: tres pasajes que el autor dejó en su momento afuera por razones estéticas.
El próximo día 24 llegará a las librerías de toda España el último número de la revista cultural «Turia». Lo hará con tres fragmentos, hasta ahora inéditos en español, de «Madame Bovary», obra cumbre de Gustave Flaubert (1821-1880). Los textos forman parte de la nueva edición del libro que en Francia acaba de publicar Gallimard y el responsable de su rescate en España es el traductor Mauro Armiño. «Hace tres o cuatro años, el Ayuntamiento de Rouen puso a disposición de los internautas todos los manuscritos que existían de “Madame Bovary”. Después, los estudiantes de letras de la Universidad de Rouen se dedicaron a hacer la transcripción. A finales del año pasado salió el último volumen de Gallimard en Francia. Ahí se recogen varios de estos fragmentos y era evidente que alguna edición española tenía que recuperarlos», explica Armiño. El traductor ha incluido los fragmentos inéditos como apéndice (se explica el lugar exacto que ocupaban en el manuscrito) en la nueva edición de «Madame Bovary» que en breve verá la luz en Siruela, pero como la publicación se está retrasando (la editorial quiere hacerla coincidir con el estreno de la enésima versión cinematográfica de la obra) Armiño decidió pasarle el material como aperitivo a la revista «Turia», con la que colabora habitualmente.
El texto completo, aquí:
http://www.abc.es/cultura/libros/20140304/abci-madame-bovary-201403041039.html

09 marzo, 2014

Chelsea - Algonquin


 Si hay dos hoteles literarios por excelencia en Nueva York, éstos son el Chelsea y el Algonquin.

El primero, inmortalizado a través de la canción de Leonard Cohen, se fundó en 1905, en el seno del primer edificio de Nueva York que se construyó de manera cooperativa (tras la quiebra de la cooperativa se convirtió en hotel), y aún conserva en sus paredes los graffitti de los artistas –no sólo escritores- que lo habitaron. 

Contrucción de ladrillos a la vista, con balcones de hierro forjado, el Chelsea albergó a Jimi Hendrix, Janis Joplin y Patti Smith, a Willem De Kooning y Sam Shepard, a Henri Cartier-Bresson y Milos Forman, entre muchos otros, según cuenta Nathalie de Sainte Phale en su libro “Hoteles literarios”. 

Sarah Bernhardt se alojó en el Chelsea pero llevó con ella sus propias sábanas y frazadas. Mientras estaba en pareja con Marilyn Monroe, el dramaturgo Arthur Miller solía trabajar en uno de sus cuartos.  Y un asiduo ocupante de la habitación número 100, el bajista de Sex Pistols, Sid Vicious, encontró allí muerta a su novia Nancy Spungen. 

La fama del lugar comenzó con Mark Twain, reputado como su primer huésped literario, y continuó con O. Henry (solía inscribirse cada vez con un seudónimo distinto), con Dylan Thomas (su poema “Elegía” fue escrito en el cuarto 206), con Thomas Wolfe, Hart Crane, Tennessee Williams, Sherwood Anderson, Nelson Algren y los beats: Gregory Corso, Allen Ginsberg, etc. 

Lejos de la agitación del Chelsea (“asesinatos, suicidios, sobredosis”, enumeró William Burroughs, otro habitué), el Hotel Algonquin ha sabido encarnar la elegancia de las tertulias culturales neoyorkinas. 


 Edificado en el número 59 Oeste de la calle Cuarenta y Cuatro, el Algonquin abrió sus puertas en 1902 y fue regenteado en sus primeros tiempos por un cierto Frank Case que en 1927 se convirtió en su propietario y que, según parece, buscaba la compañía de actores y literatos. Deliberadamente, Case se ocupó de que el hotel fuese un centro de actividad artística y atrajo a personalidades como Douglas Fairbanks, John Barrymore y H.L. Mencken, para quien el Algonquin era “el hotel más confortable de los Estados Unidos”. 

El hotel tuvo, desde un inicio, una fuerte y prestigiosa clientela femenina: Gertrude Stein, Marian Anderson, Simone de Beauvoir y Eudora Welty, entre otras. Alrededor de 1919 comenzaron las famosas tertulias literarias (“The Algonquin Round Table”) que incluyeron a Dorothy Parker, George S. Kaufman, Robert Benchley y muchos más.

Tras la muerte de Case, en 1946, el hotel pasó a manos de Ben Bodne. Para entonces la leyenda del Algonquin ya estaba consolidada. A tal punto que, cuando cuatro años más tarde, al ser galardonado con el Nobel, William Faulkner escribió su discurso de aceptación del premio en una habitación del hotel, a muchos le pareció más que razonable. 

04 marzo, 2014

Incomprensión



He demostrado la existencia del alma. Sé que el alma existe porque tengo conciencia de que estoy muerto. Pero ellos no me creen, aferrados a la ilusoria materialidad de nuestros cuerpos, parodian la vida que alguna vez tuvieron. Y me abofetean, me pellizcan, y se ríen en mi cara porque no muestro dolor. Hace ya demasiado tiempo que no “muere” nadie aquí, pero se esmeran en ignorarlo.

Raúl Brasca, Las gemas del falsario (Cuadernos del vigía, 2012)

02 marzo, 2014

Cinco libros: María Rosa Lojo

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás. 

La elección de María Rosa Lojo


RAZONES: Inolvidables, para mi poética y para mi vida. (el orden es arbitrario):
1. Luis Cernuda. La realidad y el deseo.
2. Sara Gallardo. Eisejuaz.
3. Olga Orozco. La oscuridad es otro sol.
4. Jorge Luis Borges. El Aleph.
5. Voltaire. Candide.

María Rosa Lojo nació en Buenos Aires (1954), hija de padres españoles, exiliados tras la Guerra Civil. Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, es Investigadora Principal del CONICET. Publicó cuatro libros de cuento (Marginales, Historias ocultas en la Recoleta, Amores insólitos, Cuerpos resplandecientes) y siete novelas (Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, La pasión de los nómades, La princesa federal, Una mujer de fin de siglo, Las libres del Sur, Finisterre, Arbol de Familia). En microficción y poema en prosa publicó el álbum ilustrado O Libro das Seniguais e do único Senigual (Vigo: Galaxia, 2010), bestiario fantástico cuyas imágenes pertenecen a Leonor Beuter, y Bosque de ojos (2011), que reúne cuatro libros. Obtuvo, entre otros, el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires (1984), Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento (1985), y en novela (1986), Primer Premio Municipal de Buenos Aires “Eduardo Mallea”, en narrativa (1996), por la novela La pasión de los nómades. Recibió varios premios a la trayectoria: Premio Kónex (década 1994-2003), Premio Nacional “Esteban Echeverría” 2004, por toda su obra narrativa, la Medalla de la Hispanidad (2009), la Medalla del Bicentenario otorgada por la Ciudad de Buenos Aires (2010). Varios de sus libros de ficción han sido traducidos al inglés, italiano, francés, gallego y tailandés.