29 abril, 2015

Métropolisson


Algunos ejemplos del proyecto Métropolisson del fotógrafo Janol Apin:  el nombre de cada estación del métro de París sirve de excusa o de disparador para una foto.

Un libro que reúne más de cien fotos acaba de salir a la venta:
http://www.janol-apin.com/photos/metropolisson







(Para los que no hablan francés: "Monceau" suena parecido a "mi balde", "pompes" son las flexiones de brazos y "anvers" suena parecido a "envers" que significa "reverso" o "al revés")

Más en
http://www.janol-apin.com/

26 abril, 2015

Criminal mambo


Marcel JOUHANDEAU


Mariana Enríquez comenta Tres crímenes rituales en Radar (Página/12, Buenos Aires)

En el notable prólogo que escribió para la edición en castellano de Tres crímenes rituales del francés Marcel Jouhandeau (1888-1979), Eduardo Berti –también traductor del libro– recuerda el ensayo Escritores delincuentes de José Ovejero y apunta que ahí se investiga “la atracción, a veces identificación, entre intelectuales y delincuentes, más si estos últimos son cultos o muestran cierto refinamiento ideológico”. Y luego ubica a Tres crímenes rituales en la tradición de Souvenirs de la cour d’assises de André Gide o L’affaire Dominici de Jean Giorno, “crónicas judiciales que no excluyen un examen de las posibles motivaciones de los delincuentes”. A la tradición podría agregarse, como ejemplo más contemporáneo, El adversario de Emmanuel Càrrere, crónica de los asesinatos –de su esposa, sus hijos, sus padres– del mitómano burgués Jean-Claude Romand que durante años fingió ser médico investigador en la OMS.

Pero hay algo diferente en este breve y malsano libro. Son tres los casos expuestos de manera escueta aunque minuciosa. Todos los crímenes habían sido cubiertos profusamente, en su momento, por la prensa roja francesa de los años ’50. El primero lo comete Denise Labbé, que ahoga a su hija de dos años en un recipiente para lavar la ropa supuestamente por orden –en un pacto sacrificial– de su novio, Jacques Algarron. El segundo –del que también escribió Marguerite Duras– es el asesinato de Márie-Claire Évenou, esposa de un respetado médico, Yves Évenou, quien le habría ordenado la ejecución a una de sus pacientes, Simone Deschamps. El tercero es el más impactante: un cura de provincias, Guy Desnoyers, asesina a su amante embarazada de nueve meses, Regine, le arranca el hijo del vientre y le desfigura la cara además de apuñalarlo. Jouhandeau asiste a los juicios, fascinado, y ubica un elemento común: los llama crímenes rituales. Se complace, con saña, en los detalles –es escalofriante y demuestra el poderío de Jouhandeau como narrador la descripción del cura degollando al bebé– y en cada línea queda claro eso diferente que pone a Tres crímenes rituales en un lugar distinto dentro de la tradición: el autor es un hombre obsesionado con el pecado, con el Mal. Es un católico que peca, un místico que encuentra elementos escabrosos en el éxtasis. “Como el cielo, sin duda, siempre sentí debilidad por los culpables”, escribe, y también está hablando de él mismo, que en su vida fue devoto y voluptuoso, eufórico y suicida.

Casado con una bailarina, tenía relaciones con hombres en boliches de Pigalle y se enamoraba de varones con frecuencia. Fue acusado de antisemita y colaboracionista y escribió un libro cuyo título dice todo: El peligro judío (1937). El y su mujer denunciaron a varios judíos y resistentes y hasta fue invitado por Goebbels a un congreso en Weimar.

Su obra, vastísima e inabarcable, contiene más de 130 libros y fue admirada por Cocteau, Genet y hasta Walter Benjamin. Se especializó en los relatos sobre Chaminadour –un pueblo inventado pero idéntico a Guéret, el suyo– y la vida de provincias pero lo hizo de manera cáustica, chismosa, también fotográfica. La misma que usa para la descripción de los crímenes, especialmente en la cobertura del juicio al sacerdote con los escalofriantes diálogos de la sala de audiencias. Son los horribles asesinatos del cura los que más fascinan a Jouhandeau, por lejos. Escribe: “He notado a menudo que la fe y el pecado no se excluyen necesariamente. Se puede ser el más abyecto de la tierra y, al mismo tiempo, el más convencido de todos los creyentes”. No sólo excita particularmente su fascinación el brutal choque de lo piadoso y lo criminal en el caso del cura asesino: es que en los otros casos las asesinas son mujeres y la misoginia de Jouhandeau es tan pronunciada (¡aunque él la niega en un párrafo!) que ni siquiera puede adjudicarles la diabólica atracción del Mal, o sólo puede hacerlo en sorprendidas ráfagas. De Simone Montespan, que acuchilló a la esposa de su médico siguiendo una orden dice “su cuerpo delgaducho tiembla en presencia de los jueces, desprovisto de toda personalidad, casi de toda existencia. Uno se pregunta cómo fue que pudo él, por un rato, convertirse en un personaje fastuoso, fabuloso”. También lo horrorizan las mujeres del jurado, no las cree aptas para la tarea: las llama Erinias “cuya sed de castigo es prácticamente insaciable”. También quiere que sean sancionadas las mujeres que dan testimonio “por la violencia que a menudo aportan”.

Los periodistas, sin distinción de género, caen también bajo su censura. Para Jouhandeau hay una regla que debe adoptar cada juicio por jurados –y en este punto su libro excede la aparente intención de crónica–: “Si el objetivo profundo de la literatura, el único que justifica plenamente su existencia, es el conocimiento del ser humano, y si tomamos en cuenta que en ningún sitio esto puede estudiarse mejor que en una sala de audiencias, ¿no sería conveniente que, a modo de principio general, la conformación de todos los jurados incluyera a un escritor?”.

Tres crímenes rituales es, entonces, un estudio del horror y el secreto humanos en dos direcciones: hacia afuera, con la descripción de crímenes teatrales y terribles, y hacia adentro, con la exposición de la amargura infinita del autor y su punto de vista intenso y diseccionador. Como escribe en su crónica del juicio a la joven filicida, “no recorremos esos senderos que bordean los abismos sin despertar ciertos poderes malignos que ignorábamos tan a nuestro alcance” y no se refiere, únicamente, a los crímenes que documenta.

Enlace original:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5573-2015-04-19.html

25 abril, 2015

De los diarios de Tolstoi


 
Qué difícil es para un hombre mejorar cuando sólo tiene malas influencias... ¿Llegará algún día en que ya no dependa de las circustancias? A mi entender, la perfección consiste en eso.
 

Mi principal error... es que he confundido el perfeccionamiento con la perfección. Hay que empezar por conocerse bien a uno mismo, conocer us defectos e intentar corregirlos, en lugar de proponerse como meta la perfección, que no sólo es imposible de alcanza en un punto en un punto tan bajo como en el que estoy, sino que... te priva de toda esperanza de poder alcanzarla.

Fragmentos del diario de León Tolstoi, citados por Tatiana Tolstoi en Sobre mi padre (Nortesur, Barcelona, 2010), traducción de Julia Escobar.
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06 abril, 2015

Conversaciones ficticias




 Alberto LAISECA


Ignasi Duarte ha puesto en marcha, hace algún tiempo, las “conversaciones ficticias”. Se trata de una de serie de entrevistas con escritores cuya mecánica es tan simple como original: un escritor responde en escena, frente a un público, una serie de preguntas tomadas de sus propios libros; preguntas que él escritor puso en boca de los personajes de sus obras.

Mediante esta mecánica, Duarte ha conversado ya, entre otros, con Juan Villoro, Horacio Castellanos Moya, Claudio Magris, Alberto Laiseca y, más recientemente, con Eduardo Halfon y Álvaro Enrigue, en la última edición del Festival Passa Porta Bruselas. 

Parte de su conversación ficticia con Alberto Laiseca transcurrió de esta manera:


–¿Estás contento? (La hija de Kheops, p. 277)
–¿Con las cosas en general? ¡No! Me pasan demasiadas cosas jodidas.

–¿Se entiende el porqué de la desesperación? (Los Sorias, p. 24)
–Yo lo entiendo, sí… (Risas) Porque miro las cosas que me pasan. Y me desespera no poder cambiarlas. Ni solucionarlas. Cada tanto he podido solucionar algo y eso me hizo muy feliz, pero… Son felicidades que duran poco tiempo, lamentablemente.

–¿Qué cosa viste? (Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, p. 75)
–A los del otro lado, a los muertos. ¿Vos no los ves? ¿No? Pues no sé si envidiarte… Se te aparecen… ¡Los ves aunque no quieras! ¡Me extraña mucho que vos no los veas!

–¿Visiones? (La hija de Kheops, p. 244)
–Sí, los veo. Y los escucho. Cada vez hay más. Entonces se te hace todo muy difícil. Ah, ellos hablan todo el tiempo… Hay tantos y están tan acá... El problema es que la gente cree que se protege no mirando… Pero eso es mentira. Si no los ves te atacan igual. Y mientras mejor persona seas más van a atacarte. Son enemigos del bien.

–¿Te has dejado poseer por la Diosa de la Locura? (La hija de Kheops, p. 245)
–No… No... Te confieso que hubo una época muy lejana en la cual estaba bastante loquito. Haber estado loco y salir de ahí tiene una cosa muy buena: ¡que nunca más vas a estar loco! ¡Nunca! Porque ese lado ya lo conocés. Es horrible… ¡Nunca más!

–¿Y después? (Su turno, p. 90)
–¡Vivir! ¡Vivir!

–¿Qué puedo esperar de los demás? (Su turno, p. 45)
–En general, la traición, pero… con toda honestidad, no creo que sea siempre así. Sería muy feo de mi parte pensar eso. Ahora, la traición inesperada la he conocido de cerca. Una vez un tipo que ya murió me dijo: “Lai, lo que más abunda en este mundo es la traición y la muerte”. Ese tipo me traicionó.

–¿Y las mujeres? (Su turno, p. 66)
–Hubo una sola que me quiso matar… ¡No, miento! ¡¡Dos!!

 
En la web del proyecto hay más información acerca de estas conversaciones: www.conversacionesficticias.com

01 abril, 2015

Una estrategia


...habían logrado la hazaña de debilitar a ejércitos enemigos sembrando un falso rumor. Bastaba con sobornar a algunos consejeros del país donde se hallaban para que estos le murmuraran a su rey que los jefes de las tropas complotaban contra él. Con urgencia, el rey reestructuraba el estado mayor nombrando a unos individuos de confianza, pero nada competentes. Estos últimos conducían a las tropas a una clara derrota.

Éric Faye, Devenir immortal, et puis mourir